
Daniel Samper Pizano
La historia tardará en olvidar la escena del pasado 27 de julio, cuando una elegante dama alemana nacida en Bélgica aceptó, en nombre de la Comisión Europea (CE), un acuerdo por el cual Europa se arrodilló ante Estados Unidos bajo la amenaza de una guerra comercial.
Era apenas el preámbulo del mazazo colectivo del pasado jueves, cuando cayó sobre cientos de países del mundo una variada lluvia de cargas aduaneras que benefician a Washington. Nace así una nueva era mundial gobernada por el miedo, la insolidaridad y el capricho.
Cuesta entender que la risueña Ursula de Von der Leyen, presidenta de la CE, acatara mediante un apretón de manos con Donald Trump que Europa pague en Estados Unidos un arancel del 15 % por casi todas sus exportaciones. Y conviniera, de ñapa, invertir 600 mil millones de dólares en la economía gringa, adquirir 750 mil millones en ciertos productos energéticos made in USA y destinar el 5 % del PIB europeo a comprar armas, ojalá en los arsenales estadounidenses.
A la capitulación se añadió la humillación. Daba grima ver cómo la vieja Europa, madre de la civilización occidental y cuna de grandes filósofos, pintores, científicos, músicos, escritores y artistas, agachaba la cabeza ante un oligarca patán, producto del nefasto neoliberalismo que todo lo mide en dinero. El lugar del abuso fue un lujoso club de golf propiedad de Trump en Turnberry, Escocia, Si la cita hubiera sido horas antes, Donald quizás habría acudido vestido con la sudadera negra y la cachucha blanca que lució mientras recorría los prados pulidos con un taco de golf en la mano y una nube de carritos custodios alrededor.
Era una claudicación histórica: el rompimiento de una vieja y eficaz llave y la irrupción de una dictadura internacional. Trump repitió por enésima vez que Europa tradicionalmente había robado a Estados Unidos y que él iba a vengar a la víctima, ese país al que llegaron sus padres del Viejo Continente. Nada sugería que se trataba de regiones hermanas vencedoras de dos guerras mundiales, que impulsaron juntas, pese a múltiples diferencias y defectos, algo parecido a la democracia, la ciencia y el progreso.
El inolvidable retablo recoge el momento en que se liquida una alianza secular y un líder político reclama para sí un trono universal que no piensa compartir con nadie. Estados Unidos ha sido un imperio (bien lo sabemos los latinoamericanos), pero Trump sube un peldaño en la jerarquía de la perversión. Ya no es un emperador sino un césar, cumbre de una forma de tiranía llamada cesarismo. Dicen los libros: “el cesarismo es un sistema de gobierno en el que una sola persona concentra y ejerce influencia en todos los poderes públicos, a menudo con un fuerte componente autoritario”.
La Roma que coronó al césar, heredera de Grecia, fue el origen de Europa, y Europa lo fue de Estados Unidos. En sus comienzos estuvo el propósito de defender valores como la paz, la justicia, la libertad, el progreso, la democracia, la fraternidad y la búsqueda de la felicidad. En una palabra, la civilización. Según el filósofo suizo Jean-Jacques Rousseau, la sociedad se une para alcanzar metas comunes. Según otros pensadores, como el inglés Thomas Hobbes, el ser humano es esencialmente antisocial y, como dijo el comediógrafo romano Plauto (siglo III a.C.), “el hombre es lobo para el hombre”.
Después de conseguir avances en la unión de esfuerzos (no obstante grandes guerras y numerosos conflictos), los últimos seis meses apuntan a la demolición de lo logrado. Trump parece decidido a demostrar que él es el único lobo y que no le importa degollar a los corderos que lo rodean.
La atmósfera del nuevo orden está preñada de temor, amenazas, caprichos e injusticias. El 0,88 % de la población mundial (los 77 millones que votaron por Trump) prevalece sobre los 8.155 millones restantes. ¿Es esto democracia?
Los valores del césar del siglo XXI son sumisión, egoísmo, arrogancia, veleidad y fuerza, mandamientos que suscriben con bochornoso entusiasmo sus mediocres lugartenientes. Del programa desaparece toda consideración con los débiles o los pobres. En su segundo debut como abanderado del movimiento MAGA, Trump desmontó las agencias que extendían una mano a los más infortunados y concentra sus esfuerzos en perseguir y encarcelar a los inmigrantes. No tiene piedad con los países africanos a la hora de exigirles esfuerzos económicos, y a muchos ciudadanos, entre ellos a los de la vecina Haití, les prohíbe entrar a Estados Unidos. El viernes anunció que desde la víspera su país recibe miles de millones adicionales de dólares cada día. Y los demás, que se jodan.
Pocas son las barreras civilizadas que no ha quebrantado Trump con sus chantajes. Interviene en conflictos bélicos que promete liquidar y solo alarga con sus veleidades y su matonería. ¿Recuerdan cómo emboscó en la Casa Blanca al heroico Volodimir Zelenski?
Es cómplice del genocidio israelí en Gaza. Podría terminarlo con una llamada, pero, por el contrario, aprueba el régimen asesino de Netanyahu. MAGA: ¿Make America Genocidal Again?
Además de usar políticamente las tarifas aduaneras y empujar el comercio internacional a un precipicio de incertidumbre e injusticia, se entromete en asuntos internos de otros países, como el cobro arancelario del 50 % a Brasil para proteger a un reo golpista de ultraderecha.
Ante el pasmo de los demócratas, su propia patria sufre la embestida de un presidente que golpea a las mejores universidades, dinamita la investigación científica, irrespeta la división de poderes, ataca a la prensa. “Trump minó en forma quizás irreparable —afirma el Nobel de Economía Joseph Stiglitz— la democracia y el Estado de derecho en Estados Unidos”.
Y, añadamos, en buena parte del mundo.
Mientras tanto la tierra se quema, se inunda, se desordena y envenena el futuro de nuestros hijos.
