
Daniel Samper Pizano
La vida imita al fútbol. El 3 de septiembre de 1989 se enfrentaron las selecciones de balompié de Brasil y Chile en el mítico estadio carioca de Maracaná. Estaba en disputa una casilla para ir a las rondas finales de la Copa Mundo 1990 en Italia. El triunfo brasileño parecía una apuesta segura. Ocurrió entonces que un pequeño grupo vinculado al equipo chileno decidió montar una trampa que eventualmente permitiera la expulsión de Brasil de la ronda regional y allanara así el campo a la clasificación chilena.
Figura fundamental de la maniobra era el portero chileno Roberto el Cóndor Rojas, que, pese a una excelente actuación en el primer tiempo, había encajado un gol que eliminaba a su equipo. Faltaban veintitrés minutos para el pitazo final cuando una bengala enviada desde la tribuna cayó cerca de su portería en medio de abundante humareda. El momento había llegado. Gritando que lo había herido la pólvora, Rojas se desplomó en el césped como golpeado por un obús. Alarmados, el árbitro y los jugadores que se acercaron comprobaron que tenía el rostro ensangrentado y manchada de rojo la camiseta. Los jugadores visitantes protestaron, se retiraron indignados al vestuario y, alegando “falta de garantías”, se negaron a terminar el partido. En medio de la confusión y el alboroto, la delegación chilena exigía a la FIFA (entidad que gobierna el fútbol) que descalificara a los brasileños por la actitud violenta de los hinchas. Ahí estaba el portero sangrante para demostrarlo.
En ese instante, Chile era la víctima y Brasil el victimario.
Pero las cosas cambiaron muy pronto. Como sucede a menudo, la prensa dio el primer aviso. Minutos después del incidente, dos periodistas aseguraron que la bengala no había causado daño alguno a Rojas; ni siquiera lo había tocado. Las fotografías de un reportero argentino indicaban que el estallido del cohete se produjo a varios metros de distancia del jugador herido. Este, entretanto, yacía en el vestuario, al parecer inconsciente, y las hinchadas de los dos países se hallaban al borde de la guerra.
A las pocas horas el panorama era otro. Las imágenes y testimonios acusaban al jugador y sus compinches de fingir la herida. Pronto corrió la voz de que él mismo, con ayuda de un par de asistentes de campo involucrados en la triquiñuela, se había cortado la cara con una cuchilla aprovechando el humo y la confusión. Así, pues, el acusado —el público local— era inocente y la supuesta víctima era en realidad el autor de la emboscada.
Tres meses más tarde, la FIFA sancionó a Chile y expulsó del fútbol profesional al guardavallas (años después fue amnistiado). Algunos de sus compatriotas, que creían fielmente en su versión, insistían en que se cometía una injusticia.
Sin embargo, el 26 de mayo de 1990 Roberto el Cóndor Rojas confesó el engaño y destapó el móvil, que era buscar un tercer partido en cancha neutral.
Sus compañeros, que lo habían apoyado inocentemente, se sintieron engañados y los hinchas guardaron avergonzado silencio.
—¿Qué lo motivó a cometer semejante fechoría? —preguntaron a Rojas.
—Lo hice por ayudar a mi patria —respondió él.
El juicio a Álvaro Uribe repitió, con algunas variaciones, la historia que escribió el fútbol treinta y seis años atrás. Ambos episodios surgieron por una denuncia falsa que se retorció contra el autor. La justicia tardó siete años en llegar a una primera sentencia en el proceso al expresidente; el de la bengala tomó noventa y cinco días. Durante un tiempo hubo gente que protestó por lo que consideraba un atropello, pero la claridad de las pruebas se impuso. No hubo confesiones en el caso de Uribe. A diferencia del Cóndor, el expresidente no es hombre dispuesto a reconocer errores. La motivación que adujeron los dos fue conmovedora: pecaron por la patria, ese “eterno refugio de sinvergüenzas”, como dijo el doctor Samuel Johnson.
Aparte de la trascendencia histórica de la primera condena penal de un expresidente, el proceso al doctor Álvaro dejó varias consecuencias positivas. Conocimos a tres mujeres que, soportando toda suerte de presiones y amenazas, cumplieron con su deber: la jueza Sandra Heredia, la fiscal delegada ante la CSJ, Marlenne Orjuela, y la testigo Deyanira Gómez Sarmiento. Su ejemplo refresca, alivia, anima.
No menos ejemplar es el senador Iván Cepeda, siempre serio, moderado y valiente, que logró dar la vuelta a la infamia que pretendieron montarle. Añado a la lista otros dos nombres: el abogado Miguel Ángel del Río, quien batalló contra un costoso equipo de penalistas al servicio del expresidente y lo venció. Y, finalmente, un colega que mostró, en medio de circunstancias adversas, la importancia de la prensa como campana de aviso y fiscal del poder. Hablo de Daniel Coronell, nuestro compañero de Los Danieles, que no dejó de informar y vigilar desde hace años el desarrollo de este proceso que confirmó el autogol de Álvaro Uribe Vélez, el Nuevo Cóndor.
ESQUIRLA. La descalificación de una sentencia adversa al polémico mandatario estaba acordada y calculada de antemano. Mucho antes de que terminara el juicio, las congresistas cercanas al reo afirmaban que no constaba allí un solo delito. Mentiras. En ese momento aún estaba en estudio en manos de la jueza. Luego, el secretario de Estado gringo, Marco Rubio, tardó apenas minutos en atacar el fallo y amenazar a Colombia. Lo mismo hicieron los políticos de ultraderecha colombo-descendientes. Ninguno de ellos se tomó el trabajo de leer los documentos y argumentos que trabajó a conciencia la jueza Heredia. Querían que le regalaran la inocencia a Uribe por cortesía del gobierno cesarista que está destrozando al mundo.
