Por Óscar Domínguez Giraldo
Parece mentira, pero en alguna ocasión me escribió un “examigo-enemigo”, Juan Bautista Vélez Gil, para decirme que no quiere morirse sin preguntarme si en una partida de ajedrez que le gané en los años sesenta intervino Julio, mi entrenador, o si triunfé con mi propio repertorio.
Por ese entonces, en 1964, Juan Bautista jugaba por la Universidad Pontificia Bolivariana. Yo lo hacía por la U. de Antioquia como tercer tablero. Estudiaba en la Escuela de Periodismo que orientaba don Alfonsito Lopera, director de El Obrero Católico, “L’Osservatore romano” paisa. Lo hice mejor como ajedrecista que como estudiante. Al final me tocó desertar como jugador y lagartearme el puesto de patinador de redacción en Todelar, donde hice la práctica.
Ante la afrenta recibida, le he revirado a Vélez:
Hombre, JuanB, escupí esa herejía, no fregués. ¿Cómo así que sospechás que a mí me soplaba las jugadas un dentista, Julio González, nuestro entrenador?
Definitivamente, todo lo del pobre es robado. Y como te volví hilachas, para sacarte el clavo y morir sin remordimientos, dudás de mis capacidades ajedrecísticas de entonces. Te doy permiso de que no te murás todavía, pero mermale.
Claro que fui orgulloso y teso tercer tablero de la U. de Antioquia en unos juegos nacionales universitarios realizados en Barranquilla, ciudad que no conocía. Y en calidad de tal nos enfrentamos en las eliminatorias y te mandé a la ducha.
Te tocó quedarte de pato de Junín mientras yo me lucía a cero metros sobre el nivel del charco. Como a mí el mar me lo pueden dar en plata, nunca me preocupé por ir a la playa de Puerto Colombia. Voy a ver la inmensidad del charco, no a bañarme.

Óscar Domínguez Giraldo, el columnista, en caricatura con los «trebejos» del ajedrez que han deleitado su vida
De mi vida de ajedrecista tengo dos cosas para chicaniar: campeón de ajedrez de Envigado, y el segundo puesto como tercer tablero defendiendo los colores de la Universidad de Antioquia como lo acredita la foto.
Ojo, fui campeón envigadeño, cuando estaban en su apogeo tableros como Jaime Ossaba, el negro Calle, Noe Zuleta, don Efraín Correa, los tres últimos fallecidos. Ossaba está felizmente vivo. Ese campeonato que gané no fue fruto de una mojada acalorada de mis rivales.
Debo salir en defensa de Julio quien en Barranquilla seguía atento las partidas para después apretarnos las clavijas, si metíamos los guayos. Al tipo que me ganó finalmente en esos juegos lo tenía contra las cuerdas. Me confié y di un mal paso. Julio quedó de cardiólogo y yo de siquiatra que pagó la U.
Por razones de ética, tan unida a la estética, solo después de que jugábamos bien, nuestro entrenador se alegraba. En caso contrario, ponía cara de yo no sé nada, yo llegué ahora mismo, si algo pasó, yo no estaba ahí. O de jugador de póker que es la cara que muestra Putin cuando da sus pavorosos partes mientras acaba con todo un país.
Julio nos veía mover las piezas, sufría en su silencio mudo, pero nunca me sopló un carajo. Podríamos ser pobres en ajedrez, pero honrados, eso sí, en el tablero de la vida. Nadie me va – nos va- a quitar lo bailado.
Dejá tranquilo a mi dentista que quién sabe donde estará sacando muelas y jugando bellas partidas de ajedrez.
Juan Bautista, ponete serio que estás, estamos, muy viejos. (De los septuagenarios decía un cronista español, Julio Camba: palabra terrible tanto por su forma como por su contenido).
Mejor te traslado esta inquietud de un amigo: “Oscar, vos sabes algo sobre unos libros o un libro en el que el Dr. Óscar González estuvo recogiendo partidas o información sobre los mejores jugadores departamentales o nacionales del ajedrez antioqueño?”
Juancho: para tu higiene mental no perdás la cabeza con esos enroques mentales en los que ponés en duda la capacidad de quienes te derrotan. La próxima vez conseguite un enemigo bien chiquito para poderlo volver hilachas. Cambio y fuera.
