
Daniel Samper Pizano
No nos engañemos: Gustavo Petro está en campaña. No creo que él intente quedarse en el poder, como dicen sus enemigos. Pero sí buscará que perdure en el Palacio de Nariño la Colombia Humana, ese movimiento que ayudó a crear y ahora corre el peligro de desmoronarse. Recorrida más de la mitad del cuatrienio con resultados bastante pobres, el presidente y sus amigos han entendido que la única reivindicación histórica y política sería ganar las elecciones de 2026. Y están apostando a esa carta.
Solo así se explican el discurso de Petro el domingo pasado y la pertinaz y enigmática presencia de Armando Benedetti en el Gobierno, donde seguramente hace las veces de gran estratega para recuperar en catorce meses lo que se perdió en treinta y dos.
No era un discurso cualquiera. La mejor hora del fin de semana —siete de la noche del domingo— fue arrebatada a los televidentes para dar paso a una explosión verbal caótica y agresiva del presidente emitida desde Chicoral. Lo normal es que esta clase de interrupciones obedezcan a novedades importantes, a anuncios trascendentales. El pretexto o disculpa en este caso era recordar el funesto 9 de enero de 1972, cuando un aquelarre compuesto por el gobierno conservador de Misael Pastrana y terratenientes y políticos pactó en la localidad tolimense el asesinato de la tímida reforma agraria liberal que apenas empezaba a caminar. Ese día, dijo don Gustavo, “se jodió Colombia” (aunque no supo bien el origen de la vargasllosana frase).
Petro se refirió, por supuesto, a la infausta fecha. Pero, como es normal en él, habló de todo: su biografía, la presidencia que le birlaron a Rojas Pinilla en 1970, la bandera del M-19, el descubrimiento y conquista de América, la legalización de la droga, el asesinato de Gaitán, los textiles nacionales, un militante tolimense del Eme llamado Plutarco, vainas contra los ricos, asesinatos de estudiantes a manos de uniformados, la cultura de la yuca, la producción cafetera, la cercanía de Andrés Pastrana con los jefes del contrabando, los (supuestos) millones de jóvenes que votaron por Petro, los huesos de La Escombrera, el respeto a la Constitución, Colombia como esperanza de la humanidad… No faltó sino Hegel.
En el fondo, el mensaje se resume en tres frases: “Hay que reelegir el proyecto [la Colombia Humana]… Hay que reelegir el programa… Esto apenas comienza”.
Resulta comprensible que un gobernante informe al pueblo empleando sus privilegios de acceso a los medios de comunicación. Pero tal condición no puede extenderse a intereses electorales ni a ataques descalificadores contra sus rivales, evidente gabela antidemocrática. Es de temer que en adelante el presidente y sus amigos seguirán utilizando indebidamente la televisión oficial. Mostrar en ella cómo funciona el gabinete ministerial es información. Pedir a los ciudadanos que elijan determinada oferta política es propaganda.
Ante un Gobierno que multiplicará sus embestidas electorales, valdría la pena al menos vigilar los discursos del jefe del Estado, tan propenso a la carreta coja. Así se han desnudado en Estados Unidos las mentiras de Donald Trump. Una mínima verificación del discurso de Chicoral mostraría las siguientes conclusiones:
CIERTO. El pacto retardatario de 1972 ahogó la posibilidad de redistribuir la tierra, inicuamente repartida desde los tiempos coloniales: cada vez los terratenientes poseen más hectáreas y el campesinado menos. Ni siquiera el acuerdo entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las Farc sirvió para resucitar la reforma agraria: “La distribución de la tierra en Colombia durante las primeras dos décadas del siglo XXI permanece inalterada y [los acuerdos con las Farc] no han logrado disminuir la histórica concentración de la propiedad rural” (Fabio Alberto Ariza, Revista de economía y sociología, mayo 20/2021).
VERDAD A MEDIAS. Es cierto que el desmonte de la reforma agraria que orquestó Misael Pastrana lanzó a miles de campesinos desposeídos a sembrar marihuana y coca. Pero no fue este el origen del narcotráfico, sino la colosal demanda de droga que surgió en Estados Unidos durante la guerra de Vietnam (1955-1975).
FALSO. El general José María Melo, ídolo petrista, no fue “elegido por los obreros”: subió a la presidencia entre abril y diciembre de 1854 mediante un golpe de Estado. Tampoco fue protagonista de la liberación de los esclavos, medida que impulsaron Lorenzo Agudelo en 1781 y Juan del Corral en 1813, Bolívar en 1819 y, sobre todo, José Félix de Restrepo desde antes de 1821. El presidente José Hilario López sancionó la ley definitiva en 1851.
El Agamenón
Inicio esta semana una nueva sección esporádica en mi columna. Se titula Hacia el Agamenón (Refugio de pesimistas), y permitirá a los arqueólogos del futuro descifrar los pasos que condujeron a la desaparición del ser humano y su cultura en la Tierra. La debacle final (según el presidente Gustavo Petro, “el Agamenón”) fue resultado, entre otros, de la estupidez, la inconsciencia, los líderes suicidas, el abuso de la naturaleza, la codicia y la vanidad. Empezamos hoy.
Hacia el Agamenón: ¡Qué matoneo más miserable, cobarde y prepotente el que aplicaron el presidente y el vicepresidente (funesto sacamicas) de Estados Unidos al valiente Volodomir Zelenski, su rehén en la Casa Blanca!
