Octavio Escobar Giraldo, Manual de hipocondría(Ediciones la Palma)
Es toda una tendencia. Versos directos, sin adornos, procurando quitarle su carácter de palabras para que los hechos que cuentan se vean descarnados, sin intermediarios y sin suavidad. Así es la poesía de Manual de hipocondría, el libro de poemas del reconocido novelista Octavio Escobar Giraldo que obtuvo el XXIV premio de poesía ciudad de las Palmas de Gran Canaria en 2021. Escribe Piedad Bonnett que “Octavio Escobar nos acerca en Manual de hipocondría, con mano maestra, a la enfermedad, al dolor y al miedo. Sus poemas nos recuerdan las muchas amenazas a las que está expuesto nuestro cuerpo por el simple hecho de estar vivos. Allí están las alergias y el carcinoma, los daños de la vejez y la fiebre, pero también la memoria de los padres, la presencia de los amigos, la luz del día, la belleza, y todo lo que hace que el poeta declare: ‘voy por la vida preservando la vida’. Su lectura nos atrapa, nos incomoda y nos conmueve, como toda buena literatura”. 6 Sentirse enfermo es creer en la vida, desearla. Con pánico. Octavio Escobar Giraldo
24 Lo cierto, lo dolorosamente cierto es que estoy vivo y ese es el verdadero milagro, el que abrazo pero no entiendo. Octavio Escobar Giraldo
30 Un eucaliptus se venció en el patio de enfrente, su tronco, abierto y crudo parece quejarse del impacto de un rayo. Pero no es época de tormentas. Las hojas grises viven aún sobre las tapias vecinas y los cables eléctricos. No saben que ya son fondo de incensario. Siempre me inquietó ese árbol. Sus ramas se movían como si todos los vientos atacaran al mismo tiempo. Era un desconcierto extraño, maquiavélico. En pocas horas llegarán los obreros y las sierras, su lamento dentado cumplirá con el viejo refrán y la provisión de leña. Quedará el tocón, tumba de madera clara, que poco a poco se manchará de nalgas, de suelas de zapato, de intemperie. Yo dejaré de temerle a ese eucaliptus, a sus brazos lentos, erráticos, que contradecían las corrientes de aire. Quedarán mis propios desvaríos, mi desasosiego, y la intempestiva resolución del rayo. Octavio Escobar Giraldo Yubely Vahos,Olfato(Nefando)
Yubely Vahos (Cisneros, Antioquia, Colombia, 1996) obtuvo con Olfato un reconocimiento por parte de la Casa Silva. Con este libro corrobora las tendencias que se identifican en estos comentarios sobre reciente poesía colombiana: por un lado, un abierto, casi desenfadado prosaísmo, que elude los ritmos del poema, ya no solamente las rimas, como sucede con el verso libre. Por otro lado, el libro con intención de libro, aquí unificando los materiales con el tema del olfato: todos los poemas tocan, con originalidad, con agudeza, con una deliberada falta de piedad, el tema de los olores. “Yubely Vahos nos pone en contacto directo con la alteridad, nos guía a través de una dimensión poco explorada en el discurso poético, que suma al lenguaje una nueva imposibilidad: su incapacidad de construir la realidad, pero no a través de su desconexión con la materialidad de las cosas, aquello que podemos tocar, sino específicamente con una de sus aristas más ignoradas: los perfumes que despiden. Las menciones al hedor de lo que se descompone, al tufo matutino de los cuerpos, a las fragancias de los alimentos que nos sostienen…” comenta Camilo Restrepo Monsalve en una breve nota que encabeza la edición, por cierto, primer libro con el sello de Nefando, la revista virtual que dirige David Marín Hincapié. LOS DOMINGOS SOLÍAMOS PASAR FRENTE A LAS CARNICERÍAS
Entonces, papá entrelazaba mis dedos con su diestra, acercaba su mano izquierda a mi cara y cubría mi nariz fría. Yo me imaginaba replegada en una de esas conchas que albergan el sonido del mar y olía en sus pliegues el café que me habían prohibido beber. Papá y yo pasábamos delante de aquellas puertas abiertas a la carne sin latidos, con la velocidad torpe de un animal asustado y pensábamos que la calle se estiraba como la goma de mascar entre mis dientes. Ahora lo sé: esa fue una de las maneras que inventó mi padre para mantenerme a salvo. Su mano era un muro que separaba mi infancia de la muerte.
Yubely Vahos
HAY CASAS FRENTE A LAS QUE TITUBEAMOS
y nos habituamos a pasar de prisa, a dar rodeos absurdos. No comprendemos por qué el felino cauteloso que duerme en el laberinto de nuestro olfato pulsa todos nuestros músculos, nos empuja para que corramos. Cuando nos sentimos a salvo, alcanzamos a adivinar un resto de dolor antiguo que se nos quedó en las mejillas, una humedad que nos empañó los lentes. Es la cosa mala de las casas viejas, decimos, será mejor que alguien más vaya a conversar con sus fantasmas.
Yubely Vahos
EMPUÑO LA HERRUMBRE DE LAS HORAS
para acortar la ausencia, mientras me confío al paisaje de olores tuyos que guardo en la carne. Busco la ola de tu cuerpo que encalló en la punta de la nariz, el velamen de tu cabello que duerme todavía, húmedo y frutal, contra mi mejilla, el eco de tu humedad que resuena en mi sudor nocturno. El barco que mecía este cuerpo abandonó mis manos, pero su sombra permanece en el primer peldaño de la respiración. En el temblor, otra piel sostiene el grito.
Yubely Vahos
ESTE ES EL DÍA
Hoy las rosas nos lastiman el olfato con la molicie del amor en su hora más alta, de los labios recién pintados, de lo que mañana empezará a gangrenarse. Lo saben las moscas: ya murmuran su impaciencia sobre la mesa, comen de nuestros platos para animar su espera.
Yubely Vahos Johanna Barraza Tafur,Sembré nísperos en la tumba de mi padre(Himpar Editores)
Con Sembré nísperos en la tumba de mi padre, Johanna Barraza Tafur (Barranquilla, 1995) ganó el premio de poesía Germán Vargas Cantillo en su ciudad natal. Con unos versos directos y despiadados, habla de su padre, de cómo era él, de su asesinato y del duelo que afronta sin eludir la dimensión de su tragedia. El tono es tan certero que el dolor se trasmite intacto sin artilugios retóricos o caminos laterales. Papá era mi héroe y el de mis amigos, una especie de Robin Hood caribeño. Cuando no entrenaba a sus pájaros practicaba boxeo, sabía pelear, al menos eso decían, yo nunca lo vi, cada tanto recibía una paliza en sus borracheras pero no lo vencían, tenía una ley: el que sangra pierde. A decir verdad, sólo sangró el día de su muerte.
Johanna Barraza Tafur
Si usted quiere adiestrar a un canario necesita saber que se le llama basto cuando es principiante en el canto. Se le da de comer alpiste, vegetales y vitaminas para que cambie de plumas. Empezando su entrenamiento el pájaro pasa a ser pinto y debe tener una rutina. Al despertar, se le limpia el piso de su jaula, se le cambia el agua y debe colgarlo al aire libre en un lugar fresco para que no se sofoque. En todo momento usted tiene que incitar al pájaro a que repita lo que usted silba. Para amansarlo, y esto es vital, hay que sacarlo a pasear, adonde usted vaya tendrá que ir con él. Al anochecer se coloca en el lugar más tranquilo de la casa y se cubre con un trapo para que no le moleste la luz. Cuanto más rápido lo adiestre más cantará. Si su adiestramiento es total el canario pasa a ser fino y está listo para competir.
Johanna Barraza Tafur
En el barrio suenan disparos, me apresuro a cerrar la puerta pero un conocido la empuja para resguardarse y lo dejo entrar. Les disparan a los que juegan cartas en la esquina, dice. Corro hacia el lugar pero una vecina me detiene, me abraza contra una reja, pide que no me mueva e intenta que no mire al sicario. Decido mirarlo mientras me apunta con el arma, mi miedo no representa un peligro. Las sillas y las mesas están agujereadas, yo busco una billetera, una camisa o una chancleta, algo a lo que aferrarme. Junto al árbol de níspero el cuerpo de mi padre, lo volteo para acunarlo en mis brazos, abre sus ojos y su mirada penetra en mí como bálsamo sobre una herida.
Johanna Barraza Tafur
Hace más de un año que vivo en Buenos Aires. Por las noches pienso en el mar. El viento nocturno que entró por la ventana de mi cocina me trajo su olor, me adentré en él cuando salí, el agua que hervía en mi fogón estaba evaporada y mi dedo sangraba. La herida era profunda, dejé correr la sangre, bajó hasta mi codo, se mezcló con el agua y la espuma. Es un desperdicio, pensé, y lamí mi antebrazo. Esta herida es mía pero la sangre es tuya, fluye dentro de mí como una vez flui de tu sexo.
Johanna Barraza Tafur
En el cementerio me apartaron de su ataúd para ingresarlo en nicho. Se escuchaba entre la gente. ¡Pies en el fondo cabeza hacia afuera! Una vez que el cuerpo estuvo adentro cesaron los quejidos y solo quedamos atentos a que el sepulturero escribiera el número de la tumba. Número que mi familia jugaría esa misma noche. Mi abuelo juega cada día con los números de sus hijos, dice que las personas dan en muerte lo que nunca dieron en vida.
Johanna Barraza Tafur
El árbol de níspero junto al que murió mi padre ha sido cortado. Mi vecina vino a traerme sus últimos frutos y una bala que encontró en su tronco. Teníamos dos cosas en común, haber sostenido su cuerpo mientras sangraba y mantenernos en pie sin importar los disparos.
Johanna Barraza Tafur Diccionadario«En los juegos verbales desaparece la muerte». Elias Canetti Tomado de Diccionadario (Pre-Textos):
Filósofo: agudo, filoso, pero maloliente. Micotea: cruce de tortuga con primate. Pescubierto: tenedor para pescado. |
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