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Manual del perfecto pensionado

Por Oscar Domínguez Giraldo

Selfi del pensionado columnista

Declaración de principios: Uno debería nacer pensionado primero y después dedicarse a vivir. Así de rico es este estado.

Conviene reivindicar la edad. Para empezar, digamos con Borges: no somos viejos, pero hace tiempo somos jóvenes.

Es bueno seguir en servicio activo. Por lo regular uno no necesita la plata, necesita el oficio de todos sus días. (Lo dijo un millonario cuando se retiró y regresó a su primer oficio dentro de la empresa donde se inició como ruidoso N.N).

Bienvenido al eterno croché, al “dolce far niente” de los italianos, al ocio creativo, a la agenda nunca ocupada.

Buena noticia: Pensionado, usted pasa de todas las formas de lucha, a todas las formas de locha (ocio), se hace el tránsito de la edad de la pasión, a la de la pensión.

Ayúdese en las mañanas con un variado puré de pepas. Laboratorio multinacional da lo que natura va quitando.

No hay necesidad de retirarse  del trago ni de otros pecados capitales y no capitales: Ellos se irán retirando de  usted.

No hacer “nada” durante el mes y pasar por el banco a cobrar es un placer que linda casi con lo orgásmico.

Gócese la cascada de años que tiene. Eso sí, como el cementerio está lleno de gente imprescindible y/o aliviada, mantenga las barbas en remojo.

Empiece a bajarle al azúcar y a la grasa. Sin abusar. Una dieta ideal consiste en comer de todo “con cierto ritmo y en cierta proporción”.

Hágase monitorear la próstata anualmente. Déjese violar del urólogo. O del proctólogo que practica una diversión parecida.

Trate de llevar con garbo, paciencia y creatividad la precaria condición de santísimo expuesto todo el día en casa. No olvide levantar los pies cuando estén barriendo el sitio donde se encuentra.

Recuerde que cuando ha dado un paso al costado, ya no necesita presumir de importante ni de inteligente. Eso ahorra estrés.

Pensionarse es jalarle a la humildad a la brava.  Con terror-pánico irá constatando que el mundo, el país, el municipio, la oficina donde laboró, siguen funcionando sin que usted esté al mando.

Como no está en el mercado laboral, la vanidad cambia de prioridades. Algunos nos contentamos con escoger el sustantivo o el verbo correctos al momento de parir un texto. Lo demás es adjetivo.

No hay que andar con papeles. Nadie se los va a pedir. Ya no es sospechoso de nada.

 Disfrute del encanto de releer viejos libros, o ensayar con autores desconocidos. Vaya a cinemateca a horas inverosímiles como las once de la mañana o la una de la tarde.

Pilas porque las arrugas se irán repitiendo como quien se mira a un espejo roto. Que en cada arruga haya una sonrisa, recomendaba don Ramón Gómez de la Serna.

Bienvenidos a esos días en los que uno se despierta y se le agota la agenda, como a los gatos, nuestros colegas, eternos perezosos.

Llegó la hora de ser los secretarios de nuestro propio destino, para decirlo con el lejano poeta mexicano Amado Nervo (al que es hora de volver a citar. Y a recitar).

No se preocupe si el señor Alzheimer empieza a pasarle factura y de pronto no recuerde de dónde es vecino, ni donde dejó las llaves. En su estado, todo es normal, como se les dice a las madres primerizas para tranquilizarlas.

En la calle vea a la gente que quiere. Y prepárese para que no lo vean aquellos “amigos” a quienes usted no les interesa. Son las famosas cataratas que le atribuían al general De Gaulle.

Se impone hacer un cursillo para vivir con menos platica, pero sin tanto estrés. Basta con organizarse y empezar a escoger fiesta. No ser perro de toda boda. No aguantan la plata ni el estado físico.

No está mal cantar con el paraguayo Horacio Guarany: “Cuando llegues, vejez, no te insolentes, aprende a respetar a los mayores”.

Redistribuya el ingreso con los pájaros de su barrio. En reciprocidad, ellos seguirán con sus serenatas sin pasar cuenta de cobro, “ni cambiar nunca de canción” (Poeta Rogelio Echavarría, gracias por tu poemas). Ni esperar aplausos. La vida por la vida.

Siga la orden de su médico, si ordena suprimir o bajarle al licor. También es totalmente válido, y hasta sensato, desobedecerle. (Los buenos médicos acompañan a sus pacientes hasta la tumba).

Mejor si no ejerce como fumador social, o en servicio activo. Tenga en cuenta que los derechos del fumador terminan donde empieza el pulmón ajeno y aquí me estoy copiando de don Benito Juárez.

De pronto es lícito caer en tentaciones: si uno no cae en ellas  corre el albur de que no se vuelvan a presentar, decía mi tocayo y gurú Óscar Wilde.

En la madrugada, lea, escriba, escuche programas radiales para noctámbulos, no se ponga a abrir huecos en la pared, tome tinto de celador: agua caliente, café y azúcar. Lea los astros e interprételos siempre a su favor. El zodíaco no lo rectificará.

No perdone siesta. La siesta y el sueño son cuotas iniciales de una muerte que empieza a ser menos incierta.

Contradígase sin ponerse colorado. Piense con el cineasta Antonioni: “No se puede ser el mismo en todas las estaciones”. La contradicción debería estar consignada en la Declaración universal de los derechos humanos (=Baudelaire).

En el gremio de pensionados sabemos que, sobre todo al principio, no es fácil manejar un estado en que el protagonismo se toma un eterno sabático. Pero ahí nos vamos acostumbrando. Es más: o nos acostumbramos, o nos acostumbramos.

Deseche el mal pensamiento de que almorzar solo es una derrota social. Disfrute de los almuerzos a solas… con los oídos puestos en el melodrama de la mesa vecina. La gente suele contar en voz alta sus pequeños dramas. Algún beneficio puede derivar de las derrotas ajenas.

Devore los avisos funerarios del periódico pues cada día asistirá a más entierros que a fiestas. En los entierros se encontrará con amigos y parientes a los que les perdió el rastro hace décadas. García Márquez solo salía a la calle después de leer los obituarios del periódico: como no figuraba, concluía que estaba en circulación.

En esos reencuentros con su vieja guardia de amigos, practique el tic de leer el código de barras (= arrugas) de sus interlocutores. Ellos harán lo mismo. Recuerde, con Aznavour, la época en que “teníamos salud, sonrisa, juventud y nada en los bolsillos”. Canciones así le ponen música de fondo al parsimonioso ocaso.

Es saludable sentirse alguna vez “aceptablemente póstumo”.

Siga el consejo del cascarrabias del Mark Twain: viva de tal forma que lo lamente hasta el empresario de pompas fúnebres.

Ese familiar, amigo o amiga al que apenas les ha dedicado tacaños segundos dizque por motivos laborales, lo espera para que entre todos le cojan el dobladillo a una tarde. O a una mañana. El tiempo del pensionado siempre es el mismo, plano como anoréxica modelo de pasarela.  

Espere invitaciones a formar parte de la junta administradora del edificio, de la asociación de quienes se miran el ombligo, o de la sociedad de entierros mutuos.

O del club de Don Abundio: sujetos que ven pasar caderas agresivas y pectorales pluscuamperfectos mientras algo en el oído interno le notifica: De esa agua no beberás.

Llegó la época de pecar con las ganas ajenas. O de decir como el viejo Felio Andrade Manrique: Si no me alcanza para  la fidelidad, mucho menos para la infidelidad.

Cuando añore el poder que tuvo, pásese memos para no perder la costumbre. Sanciónese de vez en cuando, sobre todo si era de esos jefes cuya única virtud era esa: ser el jefe. Saber que no tiene encima gerentes  o presidentes reduce el colesterol y los trigliceridos. (De pronto, las tildes le sonarán donde no es, como en la voz que acabo de escribir: triglicéridos).

Saber que sus viejos compañeros de trabajo siguen triturando horarios, alarga la vida. Que trabajen los esclavos.

Cobrar la pensión, dejarse saludar del cajero (Hola, don Fulano, ¿cómo van los nietos, qué tal de la próstata?, ¿está al día en el seguro exequial?), hacer mandados, correr una mesa, se vuelven el mejor programa del mundo.

Hay miles de parches (sitios) de pensionados para que escoja si le gusta echar paja. Es saludable buscar interlocutores distintos al que se encuentra frente al espejo.

Algo imperdible: no hay que afeitarse todos los benditos días. Su aorta y demás conductos sanguíneos vecinos, se lo agradecerán.

Máxima-mínima: El pensionado perfecto vive ocupado, no preocupado.

Prepárese para el anonimato más exquisito.  Dar un paso al costado, después de haber tenido algún protagonismo, tiene su encanto. Así golpee nuestra vanidad el hecho de convertirnos en uno más del directorio telefónico.

Es hora de ponerse serios y empezar a leer el periódico al derecho, por las tiras cómicas. O resolviendo el crucigrama.

Ha llegado el momento que nos volvemos  juiciosos no por virtud, sino por sustracción de materia.

Para preservar la paz conyugal, recuerde que los maridos debemos quedarnos en casa, en el bar, o jugando billar, cuando ellas se van de compras. Las mujeres “suelen comprar cosas necesarias que no necesitan…”, desde la óptica masculina, claro.

No  eche piropos. Se puede ganar su carterazo. Mínimo, las viejas lo graduarán de viejito verde, ese sujeto anómalo que se quedó sin el pan y sin el queso del sexo.

Como pensionado constatará en carne propia que hay una época en que no se puede ver televisión y comer galletas al mismo tiempo (algo que le pasaba al presidente Bush cuando estaba en el poder). La receta es: despacio, despacio, despacio, y buena letra.

Un buen pensionado adopta bancas de parques, aumenta su colección de gorras para mantener a raya el sol y disfrazar la calvicie galopante, frecuenta centros comerciales para tomar tinto y conspirar.

No olvide que a los varones también nos llega la menopausia. Tiene otro nombre: andropausia.

Cuando no tenga nada qué hacer se puede ir a otra parte a no hacer un carajo.

Tenga listo lo del entierro. Muérase por cómodas cuotas mensuales que puede pagar con la factura de la luz.

Recuerde que en la mesa de los jubilados siempre hay campo para uno más, cuando en todas partes lo rechazan  “por haber cumplido demasiado” como en otro  poema de Rogelio Echavarría.

Si le sirve de algo, tenga en cuenta que de anonimato nadie ha muerto.

 

 

 

 

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