La elección para relevar al portugués António Guterres en la secretaría general llega en un momento de amenazas existenciales para la organización y el orden global

Editorial
La 81ª Asamblea General de la ONU que termina este lunes se recordará por la fotografía de unos sonrientes Delcy Rodríguez y Donald Trump, metáfora perfecta de los nuevos tiempos en la relación entre Venezuela y Estados Unidos, o por la decisión de buena parte de representantes de abandonar la sala cuando habló el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu. La cita neoyorquina concluye con la constatación de que el mundo vive en una acuciante disyuntiva entre un futuro regido por “un retorno de la ley de la jungla o una sociedad internacional civilizada”, como resumió el francés Emmanuel Macron.
En estos tiempos de amenaza al orden multilateral tejido tras la II Guerra Mundial y de potencias autoritarias que menosprecian el derecho y las normas comunes, cobra una trascendencia especial el reemplazo del secretario general. En su última Asamblea General tras 10 años en el cargo, Guterres alertó gráficamente de las crecientes tensiones: “Las grietas del mundo se han convertido en abismos”. La crisis, para las Naciones Unidas, es existencial.
Hay motivos sobrados para criticar cómo se elige al secretario general. El proceso es opaco y alejado del foco de la opinión pública. Y poco democrático: los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad son los que, con su derecho a veto, tienen la última palabra. La persona elegida tendrá que pilotar unas Naciones Unidas en medio de distintas crisis en las que esta organización ha demostrado ser ineficaz, desde la guerra de Rusia en Ucrania a los conflictos en Sudán, Irán y Gaza. Y afronta además un agujero económico provocado, entre otros factores, por la renuencia de Estados Unidos a pagar su parte de la factura.
Entre los siete aspirantes, destaca con fuerza la costarricense Rebeca Grynspan, personalidad de acreditada trayectoria internacional y con una experiencia valiosa como secretaria general de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo y, antes, como titular de la Secretaría General Iberoamericana. Nada está escrito. Que la Administración Trump no se haya pronunciado alimenta la hipótesis de que aparezcan candidatos sorpresa que obliguen a repartir las cartas de nuevo. La única certidumbre es que el mandato de Guterres termina el 31 de diciembre.
En el proceso de elección convendría respetar el tradicional turno geográfico. Después de que los secretarios generales de las tres últimas décadas hayan venido de Europa (Guterres), Asia (Ban Ki-moon) y África (Kofi Annan y Butros Butros-Gali), les toca a América Latina y el Caribe. El último latinoamericano fue el peruano Javier Pérez de Cuéllar, entre 1982 y 1991. Y otra exigencia: la ONU no ha tenido ninguna secretaria general. La llegada de una mujer enviaría una señal del compromiso por la igualdad cuando esta está en pleno retroceso. Ya sea entre las niñas de Afganistán que quieren ejercer un derecho tan básico como ir a la escuela o entre las mujeres de Estados Unidos que han visto cómo el Tribunal Supremo derogaba la protección del derecho al aborto a escala nacional.
