Quien quiere puede

No existen realmente nexos entre la pobreza y la delincuencia. Foto reddigitalcl

Por Carlos Alberto Ospina M.

Ha hecho carrera una peligrosa excusa colectiva relacionada con atribuir las distintas formas de delincuencia juvenil a la falta de oportunidades. La circunstancia de que un sinnúmero de muchachos encuentre en la violencia y las prácticas ilegales una alternativa de subsistencia no significa que todos los excluidos u olvidados por el Estado tengan una mirada tan conformista de la vida.

Algunos académicos, políticos y entidades internacionales han normalizado la idea injusta de que la pobreza empuja hacia el crimen. Sin embargo, cada mañana el país demuestra algo distinto al observar a millones de jóvenes que salen a estudiar, trabajar y emprender, manteniéndose lejos de empuñar un arma o vincularse a organizaciones criminales.

Durante años se instaló en el debate público una explicación tan simplista como insuficiente: los chicos ingresan a los grupos armados y a las bandas porque carecen de oportunidades. Ese dañino razonamiento casi religioso se corea en ensayos ideológicos, informes universitarios, debates multiplataforma y conversaciones cotidianas reduccionistas, cuya supuesta evidencia merece ser cuestionada a cabalidad.

Es indudable que las oportunidades importan, la pobreza está ahí y la desigualdad existe. Sería una absurda necedad negarlo. Otro asunto es convertir dichas realidades en la explicación exclusiva e irreflexiva de las decisiones de cada cual, ya que es una síntesis intelectual que despoja a las personas de su capacidad de elegir.

Sugerir que quien nace en condiciones difíciles está condenado a la ilegalidad es una premisa artificial de determinismo social que muestra a los jóvenes de los barrios populares o las poblaciones apartadas como víctimas de los ambientes que los superan, mientras su responsabilidad individual desaparece del análisis.

Incontables muchachos madrugan a enfrentar las dificultades sin permanecer cruzados de brazos. Algunos venden café en las calles, preparan arepas sobre improvisados fogones, ofrecen servicios de transporte informal, reparan celulares, venden ropa por internet o arreglan las uñas a domicilio. Nada les queda grande. Otros estudian en jornada nocturna después de trabajar diez horas, componen música, crean contenidos digitales, desarrollan emprendimientos e innovaciones, o tocan puertas una y otra vez sin renunciar a sus sueños. Ninguno de ellos vive en una realidad ideal; es más, enfrentan las mismas limitaciones económicas que aquellos que suelen invocarlas para explicar por qué están al margen de la ley.

Lo anterior indica que el relato de la carencia resulta más cómodo que la narrativa del esfuerzo, porque quien quiere puede. No es lo mismo un joven que se parte el lomo bregando, que otro que conscientemente decide incorporarse a una estructura criminal; catalogar a ambos como víctimas de la falta de oportunidades es un error. Cuando toda conducta es explicada por factores externos, desaparece la noción de obligación moral. Los contextos influyen, pero no decretan el destino de los individuos.

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