El intento de represalias contra varios medios retrata a un presidente en una deriva peligrosa para la democracia misma

Editorial
SI DE algo puede presumir Estados Unidos es del vigor de unas leyes fundamentales que han sostenido su democracia durante dos siglos y medio por encima de los avatares de la historia. Ese debió de ser el espíritu de la visita del presidente de China, Xi Jinping, a los Archivos Nacionales, donde se guardan los documentos fundacionales del país. Allí, con Donald Trump como anfitrión, Xi pudo contemplar este viernes el original de la Constitución y su famosa Primera Enmienda, donde está blindado el derecho a la libertad de prensa. ‘Esto somos’, viene a decir Washington con esta clase de visitas, ‘y esto explica nuestro éxito’.
No hay mensaje más efectivo ante el líder de un régimen autoritario. Y así se habría entendido con cualquiera de los presidentes estadounidenses de las últimas décadas. Pero con Trump nada es tan sencillo.
Porque mientras presumía de libertades ante Xi, la Casa Blanca mantenía un conflicto judicial con tres medios de comunicación a los que prohibió el acceso a la visita. El veto físico a periodistas es una medida sin precedentes conocidos. El 18 de septiembre Trump anunció que dos televisiones, CNN y MS NOW, además del medio especializado Politico, no podrían cubrir la Casa Blanca. Cuando sus equipos de reporteros y técnicos intentaron acceder al día siguiente al recinto presidencial, los agentes de seguridad les impidieron el paso y les retiraron las credenciales permanentes. Los medios demandaron al Ejecutivo y un juez obligó a restituir los pases de manera cautelar, pero desde entonces el acceso solo ha sido parcial. Y ayer y anteayer, las grandes televisiones se negaron, por solidaridad, a tomar imágenes de la visita de Estado del líder chino.
La Casa Blanca argumenta que la credencial en sí no forma parte del derecho constitucional, sino de la política de la propia institución. Los medios argumentan que es un veto que se explica por lo que Trump percibe como una animadversión editorial, algo que ha dicho él mismo. Es decir, se trata un ataque indisimulado a la libertad de prensa y los principios constitucionales que la sustentan.
El ataque a la prensa, que debe ser frenado de la manera más contundente e inmediata posible por los jueces, puede parecer pequeño al lado de verdaderas tragedias humanas provocadas por Trump, como las miles de familias de inmigrantes destrozadas. Pero atreverse con un desafío a la Constitución tan descarado envía un pésimo mensaje al mundo desde el país que con frecuencia se ha visto como modélico en el respeto a la libertad de prensa. Y revela algo más. En noviembre Trump se juega su supervivencia política en unas elecciones legislativas a las que acude con todo en contra. Y está dispuesto a cruzar todas las líneas rojas de la democracia según se le vayan poniendo las cosas más difíciles.
