
Por Óscar Domínguez
Cuando conocí al fallecido pastor Darío Silva- Silva no habían llegado a su vida ni el turbayismo ni la teología. Tampoco se había caído del caballo, como san Pablo, uno de sus ídolos. Era simplemente Darío Silva.
Vivimos intensamente el periodismo artesanal que hacíamos en TV Sucesos RCN de Alberto Acosta, el abuelo solitario. Los noticieros se hacían con las uñas; el gordo Arturo Posada pegaba las películas con babas. Y vuele a Inravisión de la calle 24 a llevar físicamente el noticiero en una lata. Muy surrealista comparado con la tecnología actual.
La paga no alcanzaba para sí fornicar, pero recibíamos un salario adicional. El director invitaba a desocupar el bar y la cocina del restaurante El Museo, de Byron López. Acosta pagaba con canje.
En su espacio Lo que ayer fue noticia hoy es historia, como periodista e historiador, Silva lucía sus dotes de memorioso Funes. Nos dejaba lelos con su elocuencia, erudición y alegre desparpajo. Esas habilidades las perfeccionó luego como director de Noticolor, Lambicolor para sus críticos, y como mandamás de la Iglesia Casa sobre la Roca. Después del noticiero de medianoche presidía una bohemia con agua aromática en una cafetería del centro, donde el opita dominaba la escena contando chistes.
El jefe de redacción, Yamid Amat, era tímido para compartir el brandy Domecq que se empacaba a hurtadillas con su primera línea de afectos. Los fines de semana “la tripulación”, como nos llamaba Acosta, se reforzaba con Gloria Valencia de Castaño y Jaime Sanín Echeverri, quienes enriquecían la Revista del sábado.
Solo contrataba mujeres bellas para sus noticieros. Eran su arma secreta. Compartíamos con beldades como Amparito Pérez, Sonia Gómez y Virginia Vallejo. Con Darío solíamos recoger a Virginia en su apartamento de la Caracas. La VV era el invento de Acosta para mantener perpleja a la teleaudiencia nocturna. Décadas después nos enteramos de que muchas veces Virginia dejaba barriendo y trapeando su hábitat de vedete a un tal Pablo Escobar.

Darío Silva Silva, cuando era director de Noticolor, el noticiero de televisión turbayista por excelencia, acompañado por veteranos y jóvenes periodistas, camarógrafos y técnicos. Foto ODG
El presidente Turbay le canceló los informativos a Acosta. A Silva le cayó del cielo el propio Turbay que le adjudicó noticiero. Su ángel, Esther Lucía, y Jesús, el Galileo, se lo arrebataron al mundo. El día que le notificaron que se había quedado sin noticieros, le pregunté a Acosta por qué nunca sacaba vacaciones. “Camarada, pa que no se den cuenta de que no haga falta”, respondió. Descansen en paz y gócense la eternidad, maestro Acosta y pastor Darío.
