
Por Óscar Domínguez G.
Los hombres somos espermatozoides que caminamos. También nos llaman migrantes. Nos detesta un señor de pelo color naranja, hijo de padres alemanes que se ha casado tres veces, dos de ellas con forasteras de infarto venidas de atardeceres checos y eslovenos. De él diría Mafalda: El mundo está enfermo de Trump. El amigo del pedófilo Epstein vive envalentonado porque tiene por una almohada un rifle y dispone de fácil acceso al botón nuclear. Al guachimán que tiene las llaves del cuarto donde guardan el tal botón, le pedí que le prohíba la entrada. Si me entrevistaran de CNN o “Julitonomecuelgue”, sin ponerme colorado les diría que Estados Unidos es grande por la migra.

El migrante columnista
Como migrante estoy en deuda con las mujeres que me acogieron entre sus cuatro paredes cuando salí en busca del insomnio bogotano. Jamás les llevé flores el Día Internacional de la Mujer. La primera vez, en 1964, desembarqué en el barrio 12 de Octubre. Llegamos arriando first class de Aerocóndor los ilusos Rafa Uribe, Jairo Flórez y Fabio Muñoz, bueno como el pan, quien acaba de abandonar este acabadero de ropa llamado tierra.
Audacísima la casera que recibió a cuatro desempleados paisas que vivíamos jugando cartas. Antioqueño, ni grande ni pequeño, nos cacareaban. Belisario Betancur, migrante de Amagá, solía recordar la frase de un boga: No son gente, son unos paisas. Doña Aura nos monitoreaba porque sospechaba que le íbamos a poner conejo. Falso positivo. Como nadie apareció a entregarnos las llaves de la ciudad, ninguna multinacional se interesó en nuestro talento y el hambre empezó a dar cornadas, regresamos a casa.
A la segunda fue la vencida. Viví en Bogotá 45 años. Llegué en Flota Magdalena ametrallado de rancheras. Cuando empecé a devengar me instalé en casa de doña María. Era una frágil y cascarrabias pitonisa costeña. Le gustaba la música de los Rolling Stones que salía de mi habitación de lobo estepario. Alquilaba cuartos fríos en los que hacían falta ternura de mujer y agua caliente. El baño era colectivo, claro. Adivinaba el azar para cuadrar caja. Su esposo, don Rafa, celador, delgado como un alfil del ajedrez, era de esos típicos maridos que dicen: aquí se hace lo que yo obedezco. Compartíamos cuatro paredes con siete gatos que advertían a sus amos en un extraño esperanto si los inquilinos entrábamos acompañados de audacias femeninas.
Arriba de las torres de Salmona fui inquilino único en el apartamento de Ernesto Franco, el autor de Copetín, tira cómica que publicaba en El Tiempo. Su hábitat era el bar Picardías. Su esposa, la Paisa, como le decía, escondía la sonrisa cuando se acercaba el fin de mes para que no me fuera a colgar en el arriendo. La Mona y yo hablábamos largo para que no se nos olvidaran el sonsonete ni la jerga antioqueña. Me copiaba del maestro Bernardo Hoyos quien en su estancia en Londres como locutor de la BBC se reunía con nostalgias paisas de dos pies para hablar en antioqueño. Decía Bernardo: quien se aburre de Londres se aburre de la vida. Tardías flores virtuales para las mujeres que acompañaron mi soledad de migrante.
