Por Óscar Domínguez Giraldo
María Félix nació y murió el mismo día, el 8 de abril. Y partió a los 88 años (en 2002), después de haber convertido en obra de arte el oficio de mujer. “Sólo he sido una mujer con corazón de hombre”, dijo alguna vez, en una de esas frases pulidas como una vieja sentencia.
Enrique Krauze, el mexicano que escribió la autobiografía (¿) de la Doña, diría en el prólogo de Todas mis guerras, que ese corazón era el de Pablo su hermano, a quien suicidaron en su espléndida primavera.
“El perfume del incesto no lo tiene otro amor”, corroboró María en una frase que habría podido firmar don José Asunción Silva, el suicida poeta colombiano que todos los días se mira con su amante y hermana Elvira en las paredes de la Casa de Poesía Silva, en el bogotano barrio de La Candelaria. O en el cementerio Central, donde comparten mausoleo.
María Félix se abstuvo de morir de cualquier forma. Escogió el día de sus 88 cumpleaños – siempre el ocho- para abrir el paraguas e ingresar en la eternidad. Decidió irse del todo de un infarto en el momento del sueño, esa “obra de ficción”. Fue también en sueños cuando uno de sus caballos le informó que había fuego en las caballerizas. María despertó, le creyó a su caballo y salvó la cuadra.
A la Félix tampoco le figuró una bella voz. Tal vez para desquitarse de este lapsus, incluyó en su menú de hombres al charro Jorge Negrete, le admitió una guitarra a Pedro Infante y le alcahuetió piano, boleros y matrimonio al flaco Agustín Lara, a quien lucía como un paraguas debajo del brazo, según el chiste que les hacían sus paisanos.
Tal vez su desabrido marido le inspiró otra metáfora: “El sexy es el hombre con el que una tiene ganas de hacer el amor cuando lo ve vestido”.
La historiadora musical Ofelia Peláez en su libro “Verdades, mentiras y anécdotas de las canciones” cuenta que cuando un reportero le preguntó a Lara sobre separancia de su amda, respondió: “Mire usted, al respecto le puedo asegurar que las cosas de Dios, sólo le pertenecen a Él. ¿Y ella? Era un pedazo de Dios”. Le compuso “María Bonita” y un instrumental titulado “Mi dulce María”. Sostiene Ofelia.
Le decían Ceja de Lujo porque era lo primero que se le veía, así sus admiradores estuvieran contemplando el mazamorreo de sus caderas. Movía la ceja de tal forma que podía tumbar un gobierno.
Tuvo tiempo de ser prohibida en Medellín por nos García Benítez Joaquín. Por eso, cuando el pintor Luis Fernando Mesa, de la familia dueña de Mesacé, se le acercó un día en México para decirle que había visto todas sus películas, que era fan suyo, ella le recordó el baculazo del arzobispo y lo sacó corriendo de su ámbito.
María comparte con Nefertiti, reina del Nilo, el poder de las cejas. Copiándose de la diva, muchas mujeres se las hacían tatuar.
Un piloto colombiano de Avianca al que nunca identificó por discreta coquetería, alebrestó el erotismo de algunos de sus días y sus noches. Pero “le metí un poco de coco al asunto y me distancié de él”.
El piloto, Ricardo Fajardo, diría que se distanciaron por incompatibilidad de mundos. Y convirtió en libro su bolero con María Bonita. (Dormir al lado de María Félix y no contarlo a la rosa de los vientos sería un desperdicio de marca mayor. Cuando el torero Luis Miguel Dominguín, padre de Miguel Bosé, terminó una faena kamasútrica con Ava Gardner, voló a vestirse. “¿Adónde vas?”, le preguntó la bella. A contarlo, por supuesto, reviró Dominguín con quien no me une ningún parentesco…). Además, los toros me gustan solo en bisté.
Con la venia de la sala, me declaro el más extraño de los mariafelixólogos. Apenas he visto algunas de sus películas. Pero leí su autobiografía y quedé flechado, como quedó el rey Faruk, de Arabia, quien le regaló durante un viaje privado a las pirámides, la diadema de Nefertari, la mujer que le mejoraba el prontuario erótico al Nilo bañándose en él.
“Yo me entrego gratis a un hombre cuando me gusta, pero no es tu caso…”. Y María Bonita le devolvió la diadema convertida en chatarra con su desplante. (El sujeto que me tiene en préstamo el libro autográfico de la Félix me lo devuelve o le doy en la jeta, mmmmmaestrico. Tengo identificado al ladrón en un 1.2%).

La lectura del libro debería ser obligatoria para todo católico, ateo, escéptico, troglodita. Es una biblia que les enseña a las mujeres sobre sus derechos y a los hombres nos ayuda a amarlas y respetarlas más.
Fue una feminista las 24 horas del día. Siempre le dijo al pan-pan y al vino-vino.
“Yo no estoy acostumbrada a mentir, ni siquiera en defensa propia”.
“No le temo a las canas ni la vejez sino a la falta de interés por la vida. No le tengo miedo a que me caigan los años encima, sino a caerme yo misma. Evitarlo depende de mí”.
“El amor es voz, el amor es puerta cerrada, el amor es tantas cosas, pero sobre todo es protocolo y misterio. Y eso se pierde con el trato, con la rutina diaria”, decía para cuestionar a las parejas que se atosigan. O que no se dan sus espacios, como es obligatorio decir ahora.
Hizo de la vida un espectáculo de todas las horas. Vivió y dejó vivir. Todo con una cierta sonrisa. Si no fuera porque tengo programadas mis futuras encarnaciones hasta el año 5906, me gustaría reencarnar en marido de Ceja de Lujo, “tan bella que hace daño”, como le dijo el poeta Jean Cocteau, uno de los que disfrutó de ese casi 50% de francesa que llevaba por dentro la Doña.
Felicidades por su nacimiento; un responso por su muerte el mismo día de abril. Hasta en este azar de coincidencias decidió ser original. (Líneas pasadas por latonería y pintura).

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