Los Danieles. No tan firme por la patria

Ana Bejarano Ricaurte

Ana Bejarano Ricaurte

Un candidato presidencial le dice a una periodista —porque elige a la única mujer de la mesa radial en la que lo entrevistan— que repare en una foto que lo hizo merecedor de, según él, unos “votos femeninos bien bacanos”. Ella ignora la circunstancia patética y la imagen en la que nada resalta. “No seas tímida”, le insiste el patán. 

Se trata de una masculinidad performativa, la que ejercen los que necesitan que todo el tiempo les digan que son machos para creérselo. Ni nuestra política ni esta carrera a la presidencia están cortas de eso, pero no habíamos visto una campaña como la del vendedor de ron atiborrada de chabacanerías, bailecitos, luces de quinceañera, bombas de fiesta infantil, todo para disfrazar el odio de humor y alegría. El circo de Rodolfo Hernández palidece en comparación. 

Por supuesto que el eslogan de la campaña de la misoginia es Firme por la patria. El candidato y sus seguidores lo gritan enardecidos y alardean de sus diversas deformaciones del saludo militar. 

Es una estrategia política inteligente porque invoca al soldado que descansa en el corazón de todo colombiano. Permite, además, enfatizar una de las preocupaciones más relevantes de esta campaña: la inseguridad que carcome al país rural y urbano. 

Es también inteligente porque permite vestir al candidato de otra cosa que no es. 

Hace unos meses entablé una controversia judicial con el Ejército para que me informara sobre la prestación del servicio militar obligatorio por parte del candidato Abelardo de la Espriella. 

Esa información es pública y además de interés general; por eso el Ejército cuenta con una página que permite su consulta. Aun así, en ese sistema no aparecían los datos sobre el candidato militarista. Tras derecho de petición, insistencia y tutela, el Ejército contestó que Abelardo de la Espriella es reservista de segunda clase porque fue calificado como “no apto” para prestar el servicio. 

“El señor Abelardo Gabriel De la Espriella Otero definió la situación militar de acuerdo a lo contemplado en la Ley 48 de 1993, se le practicó el primer examen de aptitud psicofísica el 6 de agosto de 1994 donde resultó No apto para la prestación del servicio militar” (sic), dijo la oficina de reclutamiento. 

Imagen incluida en el artículo 'NO TAN FIRME POR LA PATRIA'

Claro que no hace falta prestar el servicio militar para ser presidente, aunque sea obligatorio para los hombres colombianos que alcanzan la mayoría de edad. Desde nuestro primer mandatario, tal vez pocos han cumplido con ese requisito; en especial porque los señores elegantes que han ocupado el solio de Bolívar hacen parte de aquel grupo social que, vía tráfico de influencias con dudosos exámenes médicos, logran escapar de esa exigencia que solo cumplen los muchachos pobres de Colombia. Pero ¿si ese es el eslogan principal de la campaña, no es por lo menos ridículo que el candidato “firme por la patria” no cuente con esa credencial de la que tanto alarde postizo hace?

La ridiculez no deriva únicamente del saludo sin ser apto para prestar el servicio, sino de la nula experiencia o conocimiento en materia de seguridad e inteligencia, como ha quedado claro en las pocas ocasiones en las que se le pregunta por cualquier asunto serio o concreto de política pública. 

Lo único militar que tiene esa campaña es el saludo de talante fascistoide, porque prometer balín para todo el mundo o destripar a sus críticos no es ninguna propuesta que represente al estamento castrense. Por lo menos no el que puede caminar con la cabeza en alto tras prestar sus servicios a la nación.  

El candidato ha transformado el solemne gesto en un paso de baile cual coreografía de TikTok, y así olvida que ese saludo simboliza el respeto por la jerarquía en la fuerza pública. El cumplimiento de las órdenes y la deferencia por quienes las imparten son un principio fundante de las instituciones que monopolizan las armas en democracia. 

Pasó la legendaria Rita Segato a regar su luz sobre la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá para explicarnos que el machismo tóxico tiene efectos negativos sobre las vidas de las mujeres, pero también sobre las de los hombres, porque viven aspirando a que se les reconozca como los machos que no son. Y a algunos se les sube especialmente a la cabeza cuando se lanzan a la presidencia.  

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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