Los Danieles. ¿Menos es más?

Enrique Santos Calderón

Enrique Santos Calderón

Crece la alarma por la caída de la tasa de natalidad en Colombia. Lejos estamos de los tiempos en los que el gran peligro era la “explosión demográfica”, considerada caldo de cultivo de una explosión social en un país pobre que se reproducía a una rata anual de más de tres por ciento.

Pero la oposición de la Iglesia católica a los métodos anticonceptivos fue frontal. Desde los púlpitos los curas tronaban sin cesar contra la planificación familiar (salvo el método Ogino todo era pecado mortal), con los efectos que eso puede tener —y tuvo— en una sociedad profundamente católica. En los años setenta vivimos los choques y polémicas entre el dogma eclesiástico y la realidad demográfica, en la que esta terminó por prevalecer. Era lo lógico, pero no significó el fin de la discusión sobre las políticas de control natal. Hoy, por fortuna, más allá de prohibiciones eclesiásticas o prejuicios sociales es la gente la que ha aprendido a autorregularse.

La educación de las mujeres, la urbanización, el descenso de la mortalidad infantil, el cambio cultural y de conductas sociales impulsaron la notable caída demográfica que ha registrado Colombia en la última década. Demasiado pronunciada según muchos expertos. Y no deja de ser irónico, o revelador, que hoy tengamos el estancado crecimiento demográfico de países nórdicos, donde el Estado vive promoviendo la reproducción de sus ciudadanos.

En 2024 nacieron apenas 445.000 bebés colombianos, la tasa más baja en los últimos años. Y se practicaron 56.000 abortos, lo que alimenta, desde otro ángulo, la discusión sobre el tema. Pero más allá de inquietudes morales, religiosas o personales que pueda suscitar el hecho de que cada año más colombianas opten por interrumpir sus embarazos, la pregunta es adónde puede conducir el acelerado descenso de la natalidad en nuestro país.

La derecha católica integral y la izquierda radical coincidían hace tiempo en su condena del control de la natalidad. Los unos porque atentaba contra el dogma y la moral y los otros porque era un complot imperialista para impedir la multiplicación de las masas populares. Prevaleció la razón y ya nadie dice esas sandeces, pero persiste la inquietud sobre el futuro demográfico de Colombia.

Un crecimiento poblacional moderado y gradual es oportunidad para disminuir la pobreza; crecer de manera abrupta y desordenada puede ser contraproducente y no crecer resulta lo menos deseable. Que es lo que nos puede estar pasando, según las estadísticas conocidas.

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El envejecimiento acelerado que vive el país está generando cada vez más retos para la economía y, de acuerdo con el DANE, nos acercamos a un punto de “inflexión demográfica”, a partir del cual comenzará un proceso irreversible de decrecimiento poblacional. Tenemos tasas de fertilidad parecidas a las de Japón, uno de los países más envejecidos del mundo. 

Difícil de asimilar esa realidad cuando siempre nos hemos concebido como una briosa nación juvenil, llena de rebeldías renovadoras. Que nos estemos convirtiendo en un país de pensionados, con cada vez menos jóvenes, es una tétrica perspectiva que obliga a reflexiones diferentes sobre el asunto.

Los intentos exagerados de los gobiernos por fomentar o frenar la reproducción de sus súbditos no siempre obtienen los efectos deseados. Los beneficios que en su momento ofreció De Gaulle a las madres que tuvieran dos hijos sí produjeron resultados y Macron no se ha quedado atrás en su campaña por estimular la natalidad en las francesas. En cambio, la drástica “política del hijo único” que impuso Mao Tse-tung fue un fracaso que traumatizó a gran parte de la población china.

La tasa deseable de reemplazo generacional se estima en 2.2 hijos, pero en Colombia está ubicada hoy en 1.1 hijos por mujer, bastante menor que en otras regiones del continente. Entre 2019 y 2024 el número de nacimientos se ha reducido en 31 %. La tendencia es irreversible pero “mitigable”, según el DANE, mediante políticas que fomenten “la migración de la población en edad reproductiva”.

Mientras tanto, sigue la preocupación sobre las implicaciones económicas y sociales del cero crecimiento demográfico del país: reducción de la fuerza laboral, crisis en el sistema de pensiones por menos cotizantes, menor crecimiento del PIB y mayor presión sobre el sistema de salud. Para no hablar de la escasez de mano de obra en las zonas cafeteras y en otros renglones claves de la producción nacional. La situación es compleja y no se vislumbran soluciones fáciles.

Se trata de convencer a los colombianos de tener más hijos. ¿Pero más de los que pueden sostener? ¿Cómo lograr el equilibrio? He ahí la cuestión. Cruz de Boyacá y todos los honores imaginables a quien tenga la fórmula.   

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El accidente del avión Hércules de la Fuerza Aérea que causó la muerte de 69 soldados en el Putumayo exige investigación y explicación de fondo. Más aún tras las controversias registradas sobre el estado de la nave y problemas de mantenimiento de aviones militares y policiales por cuestiones contractuales.

Sería escandaloso e imperdonable que semejante tragedia obedeciera a factores de imprevisión o negligencia. Sin entrar en hipótesis prematuras ni juicios apresurados de responsabilidad, sí cabe preguntarse por qué una nave que acaba de despegar se cae de esa manera y, más generalmente, a qué obedece el fenómeno insólito de que cada cien días se accidente un avión militar. 

El tema es delicado y ha producido tesis enfrentadas en el Gobierno: mientras el ministro de Defensa y el comandante de la Fuerza Aérea sostienen que el Hércules estaba en óptimas condiciones operativas, el presidente Petro los contradice de frente y atribuye el percance a la obsolescencia de un avión donado por Estados Unidos, al que calificó de “chatarra”. Descartó como causa un error humano o el estado de la pista y pidió “el listado de oficiales y funcionarios que tienen responsabilidad en la adquisición y mantenimiento de la nave”, trasladando así el origen del problema al anterior gobierno.

Duque reaccionó de inmediato y sindicó a Petro de “irresponsable” y “ruin” por hacer política con una tragedia como la del Putumayo, que adquiere nuevas dimensiones con este enfrentamiento. Pero lo que el país espera no es este tipo de debates, sino que la investigación en curso establezca claramente las causas del accidente y si hay culpabilidades. Nada más, pero tampoco nada menos.

P.S.: Bienvenida y refrescante la reciente decisión de la Real Academia Española de rechazar el uso de “todos y todas” como presunta forma de evitar el sexismo en el lenguaje. Lo considera “artificial” y defiende que “el uso genérico del masculino para designar a los dos sexos está muy asentado en el sistema gramatical” y que no tiene sentido “forzar las estructuras lingüísticas”. Sabia reflexión. Estamos todos (¿y todas?) de acuerdo.

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