
Daniel Samper Pizano
Parecería que fueran escenas de esas que disparan mes tras mes los noticieros internacionales: torrentes, gentes que lloran porque han quedado sin casa, camiones arrebatados por el agua, árboles caídos, puentes rotos, barrancos convertidos en lodo, carreteras bajo el agua…
Solo que esta vez las imágenes tienen un imborrable sabor nacional por la vestimenta de los damnificados, el paisaje, la vegetación, la arena, los letreros… Ahora sabemos que las mujeres que lloran desconsoladamente, los cadáveres de las reses barrigonas que flotan río abajo, los hombres de sombrero que hablan de gallinas ahogadas, los niños de mirada fantasmal, la vieja que cuenta cómo la corriente se llevó su perro, son todos colombianos. Esta vez la tragedia ocurría y sigue ocurriendo en territorio familiar, no en el Japón, en el África ni en una isla del Pacífico Sur. Así lo revelan los videos tomados desde drones, canoas y zonas altas de la montaña.
Tal vez por eso la catástrofe invernal en sectores de la costa atlántica logró sacudir al país y a muchos colombianos que aportan lo que pueden para aliviar la penuria de cordobeses, sucreños, bolivarenses y chocoanos. Quizás desde la desaparición de Armero ninguna tragedia colectiva producía la conmoción que dejan estas ruinosas marejadas. El gobierno ha decretado la emergencia económica en las zonas golpeadas, algo que parece lógico.
Pero sería un error atribuir el desastre a la Divina Providencia o la mala suerte, como muchos lo están haciendo. Ni siquiera puede denominarse “catástrofe natural”. Marginando una parte menor en que la naturaleza interviene y ha intervenido durante milenios, todo lo demás es resultado de los manejos arbitrarios y abusivos del hombre. Dice al respecto June Carolyn Erlick, periodista gringa autora del libro Desastres naturales en América Latina (2023): “Debemos recordar que no existe realmente ningún desastre natural, la sociedad y el entorno determinan su impacto y a veces la causa”. No ocurren tales fenómenos en un computador sino en la vida real, y sus secuelas recaen de manera directa sobre los más pobres del planeta, los que lloran por sus gallinas, sus vacas y sus sembrados.
Buena parte de los problemas de aguas y contaminación que hoy sufre el mundo nacieron de la manera más simple: la tala de árboles. El hacha, heroína de tantos bambucos, es también responsable de la desaparición de múltiples zonas boscosas, la extinción de sus arroyos y la alteración de su atmósfera. Hace siglos existía ya una noción vaga que relacionaba el clima con la vegetación. Pero hace décadas que está claro ese vínculo y desde hace años la ciencia nos advierte que, al contrariar a la naturaleza, ponemos en riesgo el futuro de la humanidad.
Para citar de nuevo el texto de Erlick, veterana conocedora de Colombia: “Los desastres naturales no se pueden separar de la acción política. Los terremotos, los huracanes y otros desastres han servido como cambios políticos que, a su vez, con frecuencia provocan migración”.
Lamentablemente, el hombre tiene mucho más desarrollada la glándula de la ambición que la de la precaución. Pese a estar probado que los combustibles fósiles son causa principal del cambio climático que ensoberbece huracanes y enfurece mares, seguimos marchando hacia el desfiladero.
El pasado jueves, el gobierno de Estados Unidos arrojó gasolina al fuego, literalmente. En medio del infierno ambiental desatado en muchos puntos del planeta, la Casa Blanca acaba de “poner fin a todas las normas sobre emisiones ecológicas impuestas innecesariamente” a numerosos modelos de vehículos y motores. La prensa calificó al anuncio como “golpe demoledor” contra los intentos de frenar el calentamiento planetario.
Quizás es hora de considerar a Donald Trump, supuestamente el Nuevo Mejor Amigo de Colombia, como un desastre natural en sí mismo.
La mano del man
Peor que la dejadez o la irresponsabilidad es convertir el caos ecológico en recurso lucrativo. Me parece muy grave la denuncia del presidente Gustavo Petro contra los que acusa de causar las inundaciones del noreste antioqueño y el antiguo Gran Bolívar. “Dejaron llenar los embalses de Hidroituango y Urrá [y también los de Salvajina y Betania] por simple codicia”, dijo.
Si llegara a probarse semejante acusación, quedaría establecido que ni el Padre Eterno ni la Madre Naturaleza son culpables de las inundaciones que anegan a pueblos, vías y cosechas. Todo sería, como siempre, responsabilidad de los peores instintos del ser humano.
Pugilato Nobel

Acaban de cumplirse cincuenta años del día en que Mario Vargas Llosa saludó a su gran amigo Gabriel García Márquez con un puñetazo inesperado en la cara que le dejó tremendo ojo colombino y heridas en la nariz. Ocurrió en un teatro de México D.F. Ninguno explicó las razones de la agresión y jamás volvieron a hablarse ni a verse. Ambos ganaron el Premio Nobel de Literatura y se llevaron el secreto a la tumba. Gabo en 2014 y Vargas Llosa en 2025.
Preguntas vitales
En el asunto del salario mínimo vital paralizado, el orden de las preguntas no es: 1) ¿Puede el gobierno subir un 23 % el salario? y 2) ¿Puede el Consejo de Estado suspender la medida? La primera gran pregunta es: ¿puede una familia colombiana comer con dos millones de pesos mensuales?
