Los Danieles. 1.620 escalones hacia la vida

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

Eran cerca de las 9:00 a.m. y empezaba la jornada de trabajo en el World Trade Center de Nueva York, sede, entre otras empresas, de la financiera internacional Euro Brokers. Cerca de sus 300 empleados hormigueaban en pasillos y oficinas de las famosas Torres Gemelas. Al mirar distraídamente por la ventana del piso 84, el ejecutivo canadiense Brian Clark, de 54 años, vio la imagen de una enorme llamarada. Era el primer signo aterrador de que estaba en curso un indescifrable peligro. 

La bola de fuego resultó ser un avión comercial forzado a estrellarse contra el conjunto.  

A las 8:46 de la mañana de aquel 11 de septiembre de 2001 se estrelló el primer avión contra el rascacielos norte del World Trade Center. Denominados las Torres Gemelas, eran dos edificios esbeltos de 110 pisos que proclamaban desde su inauguración en 1973 el poder de la tecnología humana. Contra este monumento de acero y hormigón chocó el vuelo 11 de American Airlines y provocó uno de los más mortíferos atentados terroristas de la historia. 

Tan solo 17 minutos después otro avión, un Boeing 767, se lanzó contra la torre sur y destruyó buena parte de los pisos 77 a 85. El vuelo 175 de United Airlines era el segundo proyectil que enviaba el grupo terrorista suicida Al Qaeda.  

Sin saber exactamente qué ocurría, los empleados trataban de salvar la vida a más de 315 metros de altura. Algunos funcionarios treparon de las plantas inferiores por la escalera oscura y aconsejaron seguir subiendo. Corría la falsa voz de que los helicópteros rescatarían a las víctimas en la terraza. Un nutrido grupo de personas emprendió atropellado camino del piso 85 hacia arriba. Brian Clark se disponía a seguirlos cuando oyó golpes y un grito que procedía de la planta 81. 

—¡Ayúdenme, ayúdenme, estoy encerrado! ¿Hay alguien ahí? ¡No puedo respirar! 

Detrás de una pared a medio derruir se agitaba la mano de Stanley Praimnath, un guyanés de 45 años que pedía a gritos que le ayudaran a superar el muro. Mientras casi todos continuaron su ascenso por la escalera, Clark y otros tres optaron por auxiliar al hombre que pedía socorro. Eso los salvó. 

Con notable esfuerzo Clark logró alzar a Stanley y cayeron ambos al piso. Aliviado por haber podido escapar de la trampa, Praimnath bendijo a Dios y agradeció con un inesperado beso a su salvador. Los dos se abrazaron y se proclamaron hermanados por el milagro. 

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Stanley Praimnath (izquierda) y Brian Clark (derecha)

Entretanto las Torres Gemelas amenazaban con derrumbarse y los terroristas proseguían su plan por los cielos a Washington y Nueva York. Entre las 9:03 a.m. y las 10:03 a.m. otros dos aviones comerciales capturados por los pilotos terroristas se convirtieron en armas desquiciadas. El vuelo 77 de American Airlines se encaminaba a dinamitar el Pentágono y el vuelo 93 de United Airlines enfiló hacia el Capitolio Nacional. Gracias a la valerosa intervención de los pasajeros, este último no logró cumplir su misión: cayó en un potrero a media hora de su meta. Todos murieron: terroristas y pasajeros. 

Hacia las 9:30 a.m. los cuatro oficinistas que habían acudido al piso 81 atraídos por los gritos de Stanley Praimnath estaban convencidos de que quedaba poco tiempo para escapar del colapso final. Fue así como el pequeño grupo decidió bajar los 81 pisos salpicados de obstáculos mientras muchos de sus compañeros continuaban subiendo la quebrantada escalera en busca de la azotea del piso 110 en espera de los helicópteros imaginarios que nunca existieron. Más de 60 murieron en el derrumbe final. 

Desde las esquinas y ventanas de Nueva York miles de personas observaban incrédulas la destrucción de las Torres y las numerosas víctimas —más de 200, según la prensa— que se arrojaron al vacío. 

En la hecatombe finalmente murieron 1.466 personas que trabajaban por encima del piso 77, donde impactó el vuelo 175. Solo cuatro se salvaron, entre ellos Clark y Praimnath. Este último, apodado Papaya por sus nietos, ha sido hombre de muchas vidas. En 1993 escapó de morir en el estallido de un camión bomba. Durante el covid sobrevivió a una neumonía bilateral y a una leucemia. Pasado un tiempo, los médicos descubrieron que tenía las arterias bloqueadas y lo recuperaron con un rosario de baipases.  

Un cuarto de siglo más tarde, los dos “hermanos” siguen viéndose y visitándose con sus familias aunque viven en rincones diferentes del país. Stanley y su mujer estaban en la mesa principal cuando se casó la hija mayor de Clark. Este es ahora un banquero jubilado que dicta charlas sobre su extraordinaria experiencia. Stanley cambió de vida y es pastor de una iglesia protestante.  

Esta semana miles de personas relacionadas con la tragedia se han reunido a recordar los 25 años de la catástrofe terrorista de septiembre de 2001. Entre ellos hay un puñado de testigos especialmente señalados: Clark, Stanley y dos compañeros más. Fueron los únicos inquilinos que salieron vivos pese a hallarse trabajando por encima de la altura que invadieron los aviones suicidas. En un golpe de buena suerte, los cuatro habían ganado la calle apenas unos minutos antes y corrieron a refugiarse en otro edificio del colapso final y monumental que redujo los dos rascacielos a una montaña de polvo y escombros.  

Acababan de recorrer los últimos 1.620 escalones hacia la vida.

(Los datos en que se basa esta columna proceden de una variedad de fuentes y, en la historia central, sobre todo del diario inglés The Guardian.)

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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