Lionel Messi: el legitimador de Donald Trump

Messi y su encuentro con Trump. Foto The White House

Nuestro periodista Juan Francisco García analiza el polémico y doloroso encuentro entre Lionel Messi y el presidente Donald Trump en la Casa Blanca.

Por: Juan Francisco García

El pasado 5 de marzo, desde la Casa Blanca, el presidente Donald Trump habló ante las cámaras sobre la guerra de su país con Irán, la situación actual de Venezuela y la inminente intervención salvadora de Estados Unidos en Cuba. 

En los diez minutos que duró su discurso, se ufanó de haber destruido (en tiempo récord, ¡cómo no!) la armada iraní, su defensa antiaérea, misiles y drones, y de estar maleando su historia maligna hacia la prosperidad que acobija a todos los socios de Estados Unidos. Sobre Venezuela dijo, con la boca llena y bien abierta que, gracias a la obediente cooperación de Delcy Rodríguez, el país del sur, de nuevo, ¡por fin!, está exportando petróleo como en los viejos y buenos tiempos y saboreando la espectacular prosperidad de retomar negocios con su vecino millonario del norte. “Primero tenemos que terminar lo de Irán, afirmó con sorna al referirse a Cuba, pero muy pronto la gente increíble de la isla (como Marco Rubio) podrá volver y no se querrá ir”. 

Lionel Messi, Donald Trump y Jorge Mas, el multimillonario empresario cubano-estadounidense y principal dueño del Inter de Miami. Créditos: The White House.
Lionel Messi, Donald Trump y Jorge Mas, el multimillonario empresario cubano-estadounidense y principal dueño del Inter de Miami. Créditos: The White House.

Viniendo de Trump, la alocución fue previsible en su grandilocuencia, beligerancia y cinismo. La sorpresa, la indignación, esta vez tuvieron lugar porque, a sus espaldas, de traje, con la mirada cándida y la cerviz inclinada, Lionel Messi aplaudió la altivez y sonrió ante las ocurrencias del presidente que tiene bajo los escombros a Oriente Medio (y que fue premiado por la Fifa por su “incansable compromiso con la paz mundial”). 

El mejor jugador de fútbol de todos los tiempos, el gran ídolo común de la niñez en el planeta, ese que durante su carrera había logrado –con impresionante habilidad y en gran medida– evitar ser medalla y plataforma política de los ávidos mandatarios y dirigentes que lo rodean, el jueves pasado fue fruta fácil, Big Mac en combo, para otra gran victoria simbólica y discursiva de Donald Trump. 

Quien, por supuesto, pasó factura y dejó bien claro que ningún otro presidente en la historia de Estados Unidos había logrado el honor de presentar en la Casa Blanca al astro argentino cuyo nombre se corea en todos los dialectos y en todos los rincones. “La única zurda que sirve es la de Messi”, posteó en Instagram Javier Milei, que también sacó provecho del encuentro.

Las críticas no se hicieron esperar y el ambiente en las redes sociales y los medios argentinos estuvo caldeado por los epítetos en contra del jugador que más alegrías les ha (nos ha) dado en la última década. #MessiCancelable, #MessiVerguenza, fueron algunas de las tendencias que emergieron. No faltaron las caricaturas y los memes. Algunos internautas pidieron que se le quitara la capitanía de la Selección Argentina y tantos otros le reclamaron haberse abstenido de visitar la Casa Rosada cuando quedaron campeones del mundo en 2022 “para no politizar la hazaña”, o haber faltado a la conmemoración que le ofreció el expresidente Joe Biden; pero, en cambio, posar sonriente con el hombre que aparece cientos de miles de veces en los archivos del caso Epstein. Como “una cachetada en plena estupidez sentimental” describió el encuentro Ángel Cappa, uno de los técnicos más lúcidos del fútbol argentino. 

Hubo, también, defensores a ultranza del 10 que alegaron que el capitán de Argentina solo participó en una reunión protocolaria, y en homenaje, entre el equipo ganador de la liga de fútbol de Estados Unidos (MLS) y el presidente de turno. Y volvieron a esgrimirse los viejos argumentos de separar al autor de la obra y no pedirles a los futbolistas, por más ídolos que sean, fungir de guías morales. ¿Por qué Messi, que recibe 70 millones de dólares por año por hacer parte del Inter de Miami, y que participa de sus regalías, habría de desplantar a su empleador y negarse a tomarse la foto con Trump? ¿Por qué pedirle a un atleta superdotado que parece no entender un rábano de inglés sublevarse en un campo, el político, que jamás le ha interesado? ¿No basta acaso con las sostenidas alegrías que les ha entregado a sus millones de seguidores por dos décadas de continua superación y fútbol hecho arte? ¿No es suficiente haber alzado la esquiva Copa del Mundo? 

Pareciera, ponderando las posturas, que el affair Trump-Messi es un dilema más complejo del que los indignados por la foto queremos ver. Pero pasa que en el centro del recuadro está Trump. Y que Messi, a pesar de su semblante despistado, ensimismado, encogido, ya no es el niño con problemas de crecimiento que soñaba alguna vez con. Sino el mejor jugador de todos los tiempos del deporte más influyente de nuestra civilización, un adulto que en poco tiempo tendrá 40 años y que es plenamente consciente, o debería serlo, de lo que desata y significa cada una de sus apariciones públicas con los hombres del poder. 

Que, en este caso en particular, incluso para las mentes más despolitizadas e indiferentes, tenía consecuencias ineludibles: la legitimación del peor verdugo del pueblo latino en nuestros tiempos; el encumbramiento de un hombre probadamente malvado y sádico que tiene como una de sus grandes obsesiones forjar el infierno en la Tierra para millones de paisanos del 10 que, como él, migraron para encontrar por fuera lo que sus países no pudieron darles; la pleitesía hacia un presunto pedófilo que, por ostentar el mayor poder militar del que se tenga registro, financió y ejecutó un genocidio que ha matado más de 20.000 niños en Gaza, a los que se le suman ahora los cientos de niños y niñas asesinados en Irán (¿cuántos de ellos habrán muerto con una camiseta con el apellido Messi en la espalda?). 

Donald Trump, Lionel Messi, Javier Mascherano y el empresario Jorge Mas en la Casa Blanca. Créditos: The White House.
Donald Trump, Lionel Messi, Javier Mascherano y el empresario Jorge Mas en la Casa Blanca. Créditos: The White House.

Así que no: criticar a Lionel Messi por reunirse con Trump no es pedirle peras al olmo ni exigirle sabiduría política y erudición histórica. Es pedirle, como escribió una argentina indignada, “un cachito nomás de humanidad”. Un cachito nomás de dignidad. Un cachito nomás de fraternidad y autoestima. Si él no puede, entonces quién…

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