Por René Figueroa*
Como locutor colombiano, periodista, y forjador de nuevos valores de los medios de comunicación, escribo este, que es un mensaje esperanzador y útil para quienes transitamos hacia la longevidad, y nos acercamos a la soledad profunda, ya que es paradójico que quienes hemos vivido una vida sana, y somos premiados con la longevidad, tengamos que sufrir el doloroso proceso de ver desaparecer a todos los tios, a los primos, y los hermanos, y también a los mas queridos alumnos, colegas y amigos.
Lo más triste es que no todos desaparecen porque mueren, sino que muchos dejan de recordar los días felices que les dimos, y la ayuda que recibieron de nosotros, e inmerecidamente nos borran de su recuerdo.
El proverbio que dice que «hay que dar, sin esperar nada a cambio», pero no implica aceptar que recibamos indiferencia, ingratitud y olvido, a cambio de nuestra ayuda generosa.
Es triste comprobar el adagio que dice, “cuando hay higos en la huerta, hay amigos en la puerta». Se acabaron los higos, y se acabaron los amigos.
Por esta razón, en un extremo de la ancianidad están los necios que viven en total soledad y abandono, muchos en el exterior y otros en el ostracismo, porque no supieron ahorrar e invertir para su vejez, y viven de las migajas del estado y de la caridad de sus parientes y vecinos. En el otro extremo de la senectud, están los precavidos que si lograron pensión, inversiones lucrativas, y viven cómodamente y muy visitados por amigos y parientes que les ayudan a gastar esos ahorros.
Pero en la opulencia o en la indigencia, hay un enemigo común que es la soledad de las noches largas, y los días interminables con nada que hacer, salvo estar pendientes de tomar la próxima pastilla, concretar la siguiente cita médica, y comer para sobrevivir.
En la etapa final de la vida pasamos del trillado “no me alcanza el tiempo”, a “tengo todo el tiempo del mundo” y el principal dilema es como ocupar las horas para que no nos parezcan eternas. La respuesta parece estar en armar rompecabezas, escuchar podcasts, conferencias, prédicas, y audiolibros, oir música predilecta, ver películas y dialogar con personas o con un amigo virtual e imaginario de la Inteligencia Artificial.
Cuando somos niños, cada adulto de nuestro entorno es un maestro que nos prepara para la vida adulta, y de igual manera el ser que empieza a envejecer, debería tener también un entrenamiento para afrontar su vida senil. Vivir es el arte más difícil, y pocos aceptan que para morir nacimos, y que no nos llevaremos nada.

Gracias querido Orlando Cadavid por difundir estas reflexiones, producto de la soledad en la recta final de este largo viaje por la vida.
Atesoro gratos recuerdos de tu ejemplo de señorío, profesionalismo, colegaje y compañerismo cuando coincidimos en la nómina de RCN Radio en Bogotá hace “apenas” 50 años.
Era yo un periodista bisoño pero si un “locutor de altura”… por aquello de tripular cada mañana el transmovil aereo de RCN, con mi programa “VIA LIBRE”.
ORLANDO (QEPD): permaneces vivo en la memoria de quienes tuvimos la fortuna de tu amistad.
Gracias William por publicar esta reglexion sobre la senectud.
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Una descarnada mirada alrededor de la vejez. En efecto, es una etapa exigente; y estoy de acuerdo, se necesita preparación para afrontarla.
Agradezco a René Figueroa, el autor del artículo, y a mi apreciado coterráneo Fabio Becerra Ruiz, por compartir.