
MILAGROS PÉREZ OLIVA
Primero la ignora y la desprecia. Ni siquiera le comunica que va a comenzar una guerra incendiaria y ahora apela al vínculo de la OTAN para exigirle a Europa que envíe efectivos militares al estrecho de Ormuz. Lo que significa entrar de lleno en la guerra. Eso es lo que pretende Donald Trump. Pero Europa no está dispuesta a dejarse arrastrar.
El estrecho de Ormuz se ha convertido en el escollo para Donald Trump. Mientras redobla la presión militar sobre Irán con nuevos bombardeos, el tráfico marítimo sigue cerrado y Teherán sigue bombardeando selectivamente puntos estratégicos de los países del golfo.
Europa ha rechazado las amenazas de Trump para que participe en una misión militar para garantizar el tráfico en el estrecho de Ormuz. Donald Trump presiona a sus aliados para que entren en su guerra contra Irán. Pero la respuesta de la UE ha sido clara y concisa: “Esta no es una guerra de Europa», dijo la alta representante para Política Exterior Kaja Kallas. “Nosotros no hemos empezado una guerra cuyos motivos políticos no están claros”, añadió.
No es la guerra de Europa. Nuestro editorial defiende que los aliados de la OTAN deben mantenerse firmes en el rechazo a verse arrastrados a la acción militar ilegal de Trump y Netanyahu.
Editorial
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha dado sobradas muestras de utilizar la temeraria técnica apostadora del doble o nada como estrategia negociadora en el ámbito político y militar. Sin embargo, el mandatario parece no caer en la cuenta de que lo que puede ser válido en una mesa de juego resulta completamente inaceptable tanto en el campo de las relaciones internacionales como en el campo de batalla. Y menos aún entre países aliados a los que ni se puede ni se debe amenazar. Pero eso precisamente es lo que Trump ha hecho con la OTAN, la organización que ha protegido Europa occidental desde el final de la II Guerra Mundial. Y la respuesta europea no ha podido ser más pertinente y rotunda.
Después de haberse saltado el derecho internacional al iniciar junto a Israel una guerra no provocada contra Irán; después de que la realidad esté desmoronando sus triunfalistas declaraciones sobre una aplastante y rápida victoria, y después de comprobar cómo la escalada bélica alrededor del estrecho de Ormuz, por donde transitan los hidrocarburos del Golfo, puede tensar la economía mundial, Trump ha exigido a sus aliados que envíen sus buques de guerra a la zona para proteger las rutas marítimas y doblegar a los iraníes. No ha sido una petición cortés, o una propuesta amistosa, sino una auténtica orden del presidente de EE UU acompañada con uno de sus habituales latiguillos admonitorios en el que asegura que la OTAN tiene un futuro “muy malo” si no sigue sus instrucciones.
Afortunadamente, Trump se ha encontrado con la negativa rotunda tanto de países de la OTAN como de otros fuera de ese ámbito territorial —aunque incuestionables aliados de EE UU durante décadas— como Japón o Australia. El mandatario se ha topado con todo tipo de razonamientos tanto políticos como formales, como cuando ayer la alta representante de la Política Exterior de la UE, Kaja Kallas, explicó pacientemente antes del Consejo Europeo celebrado en Bruselas que el estrecho de Ormuz está fuera del ámbito de actuación de la OTAN. Sin embargo, esta vez hay un matiz nuevo, que se ha sumado a la negativa europea; el sarcasmo. El ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, se preguntó en público: “¿Qué espera (…) Trump que hagan un puñado de fragatas europeas en el estrecho de Ormuz que la poderosa Armada de EE UU no pueda hacer?”. Y terminó con lo que constituye el punto central que se va abriendo paso en la clase política y la ciudadanía europeas: “Esta no es nuestra guerra, nosotros no la hemos iniciado”. Poco después, Kallas remachó esta idea: la guerra contra Irán no es de Europa.
En efecto, esta es una guerra que Europa no ha empezado, que sus ciudadanos y gobiernos rechazan abrumadoramente y que está perjudicando sus economías por puro capricho del presidente de Estados Unidos. Pero, además, sobran las razones legales para negar el apoyo militar a EE UU. El gravísimo ataque unilateral ordenado por Trump y Benjamín Netanyahu nunca ha pasado por el Consejo de Seguridad de la ONU, carece completamente de un mandato para ser realizado y ni siquiera fue consultado con la OTAN, a la que ahora se exige que se sume sin rechistar a una aventura que amenaza con extender la guerra a todo Oriente Próximo. Europa no ha dejado a Trump solo. Es Trump el que ha decidido actuar así. Ahora debe asumir las consecuencias. En vez de redoblar su apuesta y amenazar a sus aliados, tiene que buscar inmediatamente una salida a un conflicto cada vez más fuera de control.
