El interruptor de la ética

¿Ética? Ilustración YouTube/Google

Por Carlos Alberto Ospina M.

Una tentación recurrente e irrenunciable de los ególatras consiste en justificar lo indebido con la convicción de quien cree librar una batalla moral. No tiene sentido lógico defender lo insostenible con una postura política que no dialoga, sino que se protege e intenta imponerse por todos los medios.

En la vida pública se trata de honestidad, lejos de la ideología y la militancia que renuncia a escuchar, debido a que percibe cualquier cuestionamiento como un ataque personal o una conspiración contra el estatus quo. En ese sentido, la crítica es una afrenta que hay que neutralizar a manera de explosión controlada.

La secta de los fatuos edifica una lealtad a ciegas que no permite el ingreso de argumentos ni de datos. La muralla de la autopercepción inflada es el matiz trágico del asunto donde los ‘guardianes de una verdad superior’ se niegan a considerar razones ajenas. Así, descalifican a expertos, académicos, técnicos e investigadores que se atreven a contradecir la narración dominante del grupo.

El volátil frenesí remplaza la razón por el relato que construye una realidad alternativa en la que los errores propios desaparecen y se transforman en presumidas virtudes. A martillazos reinterpretan la corrupción, las contradicciones y las blanduras. Bajo esa premisa, la retórica y la verborrea ocupan el lugar del análisis a modo de hostigamiento e indignación para producir la movilización de las barras bravas y la audiencia fiel al odio de clases.

En el guion de esa obra de teatro la victimización juega un papel central con objeto de justificar la narrativa del agravio, la persecución, la incomprensión y la censura a pesar de contar con varias plataformas para expresarse. Esta estrategia desplaza el foco del debate hacia la supuesta injusticia de los cuestionamientos. Siendo una forma eficaz de evadir responsabilidades o discutir los hechos controvertibles.

La nuez de la cuestión es la existencia de un público dispuesto a refrendar consignas sin comprenderlas, a amplificar mensajes sin verificarlos y a adoptar posturas radicales sin debatirlas, ya que lo fácil suele ser seductor. Es una renuncia voluntaria al pensamiento crítico en un entorno saturado de todo tipo de información.

Este círculo vicioso tiene consecuencias directas para la democracia. Una sociedad que destaca el eslogan y las emociones por encima del argumento está condenada a los debates estériles y degradar la deliberación pública. Por consiguiente, la ética es una especie de interruptor que se enciende para señalar al adversario y se apaga cuando la luz irradia las propias sombras.

En un mundo donde predomina el absolutismo, recuperar el valor de la duda no es solo un acto revolucionario; es la única garantía de una conciencia libre.

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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