El Gobierno ordena el retiro de 30 piezas del Museo Nacional: “Es un museo mutilado”

Una de las salas del Museo Nacional en donde se retiraron varias obras. ANDRÉS GALEANO

Tres de las exposiciones más importantes para explicar el país son mutiladas sin un guion técnico conocido, en lo que varios expertos llaman censura

VALENTINA PARADA LUGO

Bogotá – 

Una pared gris, de pintura tan fresca que aún brilla, atrae las miradas de los visitantes que por estos días recorren el Museo Nacional de Colombia. Es una esquina sin cuadros, sin vitrinas, sin esculturas, en la sala Hacer Sociedad, una exposición permanente que hace un recorrido por la historia, la diversidad y la identidad del país. Solo queda el gris, de un lado a otro, y la luz de un bombillo que cae sobre ese rincón sin encontrar qué alumbrar. Este viernes los visitantes se acercan, niegan con la cabeza, hacen fotos a escondidas de los guardas y siguen su recorrido. Es una de las tres salas sobre las que el nuevo Gobierno ordenó retirar más de 30 piezas en nombre de la “contrarrevolución cultural” que declaró el presidente, Abelardo de la Esprila.

Ese mismo día salieron de la sala al menos diez piezas sobre la historia de las personas LGBTIQ+ y los movimientos feministas, como la bandera de la comunidad, un ejemplar del periódico Nuestras Mujeres, publicación de los años cincuenta que impulsó el voto femenino, y un afiche de las primeras luchas contra la violencia de género. Más allá, está casi vacío el tramo que relataba los magnicidios de los candidatos presidenciales de izquierda Bernardo Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro Leongómez. Apenas sobrevive el afiche de Luis Carlos Galán, el tercer candidato asesinado en la previa a las votaciones de 1990 y padre del alcalde de Bogotá, Carlos Fernando Galán. Debajo, en una vitrina, se salvaron algunas piezas sobre el exterminio del partido de izquierda Unión Patriótica. Sobre ellas, la pared conserva cicatrices de lo ausente en forma de manchas blancas.

Al otro lado, en Memoria y Nación, el muro dedicado a la diversidad cultural, social y política del país también perdió su carga: casi todas sus fotografías fueron retiradas. Entre lo desmontado estaban la pluma hecha con una bala con la que se firmó el Acuerdo de Paz en 2016 y el tarjetón de la Séptima Papeleta, la iniciativa ciudadana que desembocó en la Constitución de 1991. También salieron piezas sobre el M-19, la guerrilla que Pizarro llevó a la firma de la paz en 1989, poco antes de ser asesinado. Desaparecieron obras de los artistas Antonio Caro y Luis Caballero, e incluso falta la camiseta con la que el ciclista Lucho Herrera se coronó campeón de la Vuelta a España, en 1985.

Museo Nacional de Colombia, en Bogotá, este viernes.ANDRÉS GALEANO

Antes de entrar al Museo, en la taquilla advierten que desde este viernes no se pueden hacer fotos. “Es una nueva directriz”, explica una funcionaria. Unos pasos después, antes de entrar a las salas, otro hombre repite la indicación. En las exposiciones mutiladas, dos vigilantes caminan un paso detrás de los visitantes. Es la primera vez que el Museo Nacional prohíbe a sus visitantes tomar imágenes. “La prohibición que siempre ha estado vigente es hacer fotos con flash, por preservar las obras; o hacer videos de detalle sobre las obras contemporáneas, para proteger los derechos de autor”, explica el profesor y antropólogo en museos, Andrés Góngora. 

El retiro de las piezas es una promesa cumplida. El 7 de agosto, al posesionarse, De la Espriella prometió que su gobierno libraría una “batalla cultural” para recuperar valores como la familia, el mérito, la disciplina, el patriotismo y la fe. La idea venía de la campaña, y para implementarla nombró al filósofo Enrique Serrano como asesor presidencial y a Paola Holguín como ministra de Cultura. Las salas del Museo son, ahora, el lugar donde se materializa una de las primeras muestras de esa batalla política.

Una persona que trabajó por más de una década en el Museo Nacional y ha pedido la reserva de su identidad para proteger su trabajo en una entidad oficial, ahonda en la importancia de preservar los guiones de las salas, que respondieron a un largo trabajo museográfico y a un momento histórico del país. “La renovación del Museo comenzó a gestarse a finales de los años noventa, cuando la institución empezó a cuestionar la manera en que estaba representada la historia de Colombia”. Uno de los antecedentes que trae a la memoria fue la cátedra de historia Ernesto Restrepo Tirado, encuentros anuales centrados en la relación entre el museo, la memoria y la nación. En ella se planteó la necesidad de incorporar la diversidad étnica y cultural de Colombia, como consecuencia de la Constitución de 1991, en la representación que hace del país su museo nacional.

La transformación, que reunió por años a curadores, historiadores, antropólogos y museólogos, buscaba dar espacio a las voces indígenas, afrodescendientes y mestizas, así como a las historias que generan orgullo -como el primer trofeo a una Miss Universo colombiana, el de Luz Marina Zuluaga en 1958-, o a aquellas que resultan incómodas o dolorosas. Ese proceso se materializó en la renovación de las salas permanentes y continuó durante varias administraciones.

Muros del Museo Nacional de Colombia este viernes.ANDRÉS GALEANO

Góngora explica que tomó más de diez años construir los guiones de las exposiciones permanentes que hoy han quedado alterados, sin un reemplazo definido ni un guion nuevo. “El Museo Nacional no responde a una iniciativa partidista, sino a un proyecto de país construido durante distintas administraciones, la mayoría de derecha, que respetaron siempre la autonomía curatorial de la institución”, dice. Los guiones han sido premiados. “Fuimos la inspiración del Museo Nacional de Ecuador y de varios proyectos de renovación de museos en Latinoamérica”, añade.

Las exposiciones alteradas incorporaban las luchas por la abolición de la esclavitud, los derechos políticos de las mujeres, el sufragio femenino y el reconocimiento de la diversidad sexual. A juicio de Góngora, retirar estas piezas reduce la pluralidad histórica que el museo buscaba representar y desconoce derechos conquistados mediante procesos sociales muy largos. “Es un museo mutilado”, concluye.

Cualquier cambio en el guion de una sala implica, además, trámites técnicos que no se han hecho. La propuesta de sumar o quitar una pieza debe pasar por las instancias directivas del museo y someterse a la discusión de los organismos de patrimonio. Hasta ahora, el Gobierno no ha dado explicaciones por los retiros, realizados con el Museo en manos de una dirección interina, ni se ha dado a conocer alguna evaluación curatorial. La ministra Paola Holguín ha reconocido en sus redes sociales que tales procesos a duras penas han empezado. “La museología y la curaduría de los distintos espacios a cargo del Ministerio, están siendo evaluados y rediseñados para cumplir la misión de salvaguardar, investigar, conservar y difundir el patrimonio cultural, histórico y artístico de la Nación, sirviendo como espacio para la memoria, la identidad y la transformación social”, escribió en X.

Muros del Museo Nacional, este viernes.ANDRÉS GALEANO

Andrea Jiménez, magíster en Historia del Arte y especialista en museología, es enfática en decir que la decisión contradice la misión de la institución cultural más antigua del país. “A diferencia de un museo de memoria, el Museo Nacional busca mostrar cómo ha evolucionado la sociedad colombiana en múltiples dimensiones. No es un catálogo de verdades que dice qué tienes que pensar, sino que muestra algunos elementos que hablan con elocuencia sobre las realidades que se han vivido para que cada persona los examine y decida”, explica. Señala que retirar las piezas relacionadas con el feminismo, la población LGBTIQ+ y el conflicto armado supone excluir sus experiencias del relato nacional.

En esa misma línea se ha pronunciado María Roldán Ruiz, exdirectora de la Casa Museo Quinta de Bolívar. Explica algo evidente: “Los museos deben tener autonomía sobre sus curadurías y exposiciones. No pueden responder al gobierno de turno”, enfatiza. La disputa actual tiene como antecedente la decisión del anterior presidente, Gustavo Petro, de llevar la espada de Simón Bolívar del museo al palacio presidencial. Es un episodio que, a su juicio, permite entender cómo los símbolos patrimoniales se convierten en escenarios de confrontación política.

La entonces ministra entrante, Holguín, le solicitó, a través de un derecho de petición, reconstruir la historia del objeto, sus movimientos, sus estados de conservación y sus seguros. La de Roldán, según recuerda, estaba respaldada por un centenar de documentos; una semana más tarde, debió responder a un requerimiento de la Contraloría. “Estas acciones no son un episodio aislado, sino que responden a las disputas alrededor de los símbolos nacionales que se están trasladando a las instituciones culturales”.

El retiro de las piezas ha tenido un efecto llamativo entre los visitantes. Este viernes, un día después de que estallara la controversia, llegan muchos menos interesados por ver las obras que pasaron el filtro de la “batalla cultural” y más por observar, entre la sorpresa y la indignación, los muros vacíos.

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