Por Óscar Domínguez Giraldo
Todos lo conocíamos pero nadie sabía quién era. Era el perfecto para interpretar el papel de N.N. en alguna película de Buñuel. Título: el hombre que nunca existió. Ser anónimo era su carné de identidad, para decirlo con Alberto Cortez a quien seguramente nunca oyó cantar.
Parecía un muerto en vida. Tenía la soledad por cárcel. O mejor, por hábitat.
Era el clásico personaje sin voz, sin voto, sin ley y sin Dios, en su orden. Confundía el amor con un prosaico policía acostado. Nunca pagó arriendo. Tampoco perdió el sueño inventando trapisondas para escurrirle el bulto a los recaudadores de impuestos.
Buscando a nadie, se asomaba a los bares, restaurantes y similares del centro de la Bogotá noctámbula. Andaba siempre con un fajo de periódicos debajo del brazo. Periódicos de ayer, de antier, de nunca.
Para parecer muy ocupado llevaba una maleta derruida, llena de papeles que sólo él sabía su contenido. De pronto entre esos papeles tenía la fórmula ideal para NO ser feliz. Sólo aparecía en las noches para ejercer su oficio de don nadie. En el día seguramente hacía lo mismo, pero a la luz del sol.
Se asilaba detrás de unas gafas oscuras, como esas damas retiradas del cine mudo que lucen gafas para esconder – o esconderse- de su biografía. Esos anteojos lo aislaban de su pasado, presente y futuro. Un sombrero toreado en mil aguaceros y escasos soles decoraban su cabeza en la que se adivinaba uno que otro pelo generalmente huérfano, no digamos de champú, que sería excesivo, sino de agua.
Pisaba y miraba duro y firme. Casi agresivamente. No admitía chistes sobre su persona. Tenía el caminado de quien le da pena existir, de quien desea que la tierra tuviera la coquetea deferencia de tragárselo.
Pago por ver la entrevista que -dicen- le hizo algún día el chiquito Juan Guillermo Ríos.
Si solo hay una vida, él tampoco se complicaba en asuntos sartoriales y siempre vestía el mismo traje negro. Como llevando el luto por sí mismo. Cero vanidades.
Era vecino de ninguna parte. Delgado, con los kilos precisos para vivir en eterna soledad. Provocaba hacerse amigo del sombrero. Nunca del propietario. Su vestido conocía lavandería cuando pasaba por enfrente de una de ellas.
Ningún músculo que le pusiera una sonrisa a una cara en la que siempre era lunes, entre dos y tres de la tarde. Aparecía y se hacía humo después de echar un vistazo. Nunca se le conoció compañía lícita ni ilícita.
Se hacía acompañar de unas gafas oscuras para ocultar una biografía llena de nada. Ejercía su destino de fulano de tal solo los fines de semana. El resto de la semana tampoco existía quién sabe dónde. Después de existir los fines de semana subía a bordo de sí mismo y desaparecía.
Imagino su habitación sin cuadros en las paredes. Sin ternura de mujer. De pronto, solo con un espejo para tener con quién hablar: él mismo cuando se miraba para enterarse de que existía. Una habitación sin clóset y con dos asientos derruidos: uno para él y la otra para su silencio.
Miraba como quien nunca ha amado. Se guiaba por un reloj imaginario que estaba con la hora de la semana pasada. O de la próxima. Nunca se supo. Se tenía prohibida la risa y la alegría.
Nunca figuró en ningún censo electoral. El Seguro Social lo ignoró siempre. No se enfermaba de lo que quería sino de lo que podía. No vivía, era sobreviviente de sí mismo.

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