El gobierno de Trump está malinterpretando la historia

Ilustración Doug Chayka, The New York Times

Por Stewart Patrick

Patrick dirige el Programa de Orden e Instituciones Globales del Carnegie Endowment for International Peace.

Algunos integrantes del gobierno de Donald Trump han estado canalizando a su Tucídides interior; parafrasean los aforismos del historiador griego sobre la realidad implacable del poder en un mundo de países interesados en sí mismos.

En enero, el presidente de Estados Unidos designó a la intervención militar unilateral que terminó con la captura del líder venezolano Nicolás Maduro como un ejemplo de las “leyes de hierro que siempre han determinado el poder mundial”. Cuando se le preguntó sobre la operación estadounidense en Venezuela, el asesor principal de política de la Casa Blanca, Stephen Miller, se burló del presentador de CNN Jake Tapper por su ingenuidad sobre “cortesías internacionales” como la Carta de las Naciones Unidas. “Vivimos en un mundo, en el mundo real, Jake, que se rige por la fuerza, por la imposición, por el poder.”

La guerra con Irán solo ha reforzado estos instintos. El 7 de abril, Trump advirtió al régimen iraní que se rindiera ante el poderío estadounidense. De lo contrario, amenazó: “Toda una civilización morirá esta noche”.

Esas referencias a las verdades intemporales de la política de poder suelen estar inspiradas en Tucídides, cuya Historia de la guerra del Peloponeso sigue siendo un texto fundamental para los autoproclamados realistas de política exterior. A menudo, legisladores y analistas invocan esa obra para explicar la inevitabilidad de la rivalidad entre las grandes potencias y justificar la dominación de los débiles. Pero sus análisis no ofrecen una lectura lo suficientemente cuidadosa, y con frecuencia pasan por alto las lecciones más profundas del historiador sobre los peligros de ejercer el poder sin límites ni legitimidad.

El pasaje más famoso de la Historia de Tucídides es el “diálogo de los melios”. Ahí, una delegación ateniense lanza un ultimátum a la isla de Melos: someterse al poder superior de Atenas y convertirse en un Estado tributario en su guerra contra Esparta o enfrentarse a la destrucción. Los melios abogan por permanecer neutrales, pero son rechazados. “Ya lo saben tan bien como nosotros”, dicen los atenienses, “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”. Melos es vencida, los hombres adultos son ejecutados y sus mujeres y niños, vendidos como esclavos.

Ilustración Doug Chayka, Times

El segundo periodo presidencial de Trump ha adoptado con entusiasmo la lógica del diálogo de los melios. Esa lógica se refleja en la declaración sin rodeos de Trump al presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski cuando le dijo “no tienes las cartas”; en su intento de forzar a Dinamarca a ceder el control de Groenlandia; en la aplicación unilateral de aranceles a naciones más pequeñas; en sus amenazas de “tomar” Cuba en el momento que Estados Unidos elija, y en sus demandas a los aliados de la OTAN —no consultados antes de la guerra en Irán— de que contribuyan a abrir el estrecho de Ormuz. Estas son las acciones de una superpotencia renegada que ha abandonado cualquier pretensión de liderazgo ilustrado o aspiración a la legitimidad en favor del puro dominio global.

El acoso incesante del gobierno de Trump ignora una lección central de la Antigüedad clásica: la transición de Atenas de una hegemonía benévola a un imperio malévolo allanó su camino a la ruina.

Desde el siglo VII a. C. en adelante, las ciudades-Estado de la antigua Grecia reconocían a una de ellas como su dirigente natural, merecedora de un estatus preeminente y de derechos especiales por su aporte desproporcionado a la defensa colectiva. Llamaban a este poder el hegemón. Este liderazgo, sin embargo, a menudo era disputado. El enfrentamiento más célebre fue la guerra del Peloponeso, que enfrentó a Atenas contra Esparta. Al final, Atenas fue vencida.

“Lo que hizo inevitable la guerra”, escribió famosamente Tucídides, “fue el crecimiento del poder ateniense y el miedo que esto causó en Esparta”. Muchos estudiosos contemporáneos se han aferrado a esta frase como una explicación sucinta de la inevitabilidad de la guerra entre grandes potencias. Como Atenas y Esparta, nos dicen, Estados Unidos y China corren el riesgo de caer en una “trampa de Tucídides”.

Pero, como deja claro el propio historiador, las causas de la guerra eran más profundas. Lo que hacía tan preocupante el poder en aumento de Atenas era su violación de las normas helénicas, al buscar transformar su liderazgo consensuado en un imperio coercitivo. En el debate de los espartanos sobre si ir o no a la guerra, una delegación ateniense de visita justificó el viraje imperial de Atenas: “No fuimos nosotros quienes dimos el ejemplo, pues siempre ha sido ley que el más débil esté sometido al más fuerte”. Esa declaración resultó contraproducente: los espartanos confirmaron sus sospechas sobre las intenciones imperialistas de Atenas y los llevó, junto con sus aliados, a aprobar una declaración de guerra.

En otras palabras, lo que hizo inevitable la guerra no fue solo la existencia de grandes potencias rivales, sino el hecho de que una de ellas estaba abusando de las reglas del sistema que había hecho posible su ascenso.

La tentación de explotar el dominio es un impulso histórico recurrente, uno al que ha sucumbido el Estados Unidos de Trump. Cansado de asumir cargas en aras del interés general, Estados Unidos está aprovechando y abusando de su dominio estructural para maximizar sus beneficios, coaccionando y extrayendo ventajas incluso de sus socios más cercanos. Como en tiempos de Tucídides, esta postura promete beneficios a corto plazo, pero un desastre a largo plazo.

La genialidad de la política exterior estadounidense posterior a 1945 consistió en insertar el asombroso poder de Estados Unidos en un marco de instituciones y leyes internacionales en el que todas las naciones, grandes y pequeñas, pudieran participar y beneficiarse. No era perfecta y coincidió con muchos episodios de intervención imperialista. Pero, en general, la estrategia dio sus frutos a Estados Unidos. Amortiguó la realidad del dominio estadounidense, legitimó el poder estadounidense y produjo un orden que en gran medida concordaba con los intereses estadounidenses.

El gobierno de Trump está destruyendo cualquier fe que todavía quedara en que Estados Unidos puede ejercer el poder de manera responsable. También está eliminando cualquier distinción entre el ejercicio del poderío estadounidense y las acciones rusas en Ucrania y el comportamiento chino en el mar de la China Meridional o (potencialmente) en Taiwán.

Los líderes, al fin y al cabo, necesitan seguidores. Trump puede insistir, como ha hecho en el conflicto con Irán, en que “¡NO NECESITAMOS LA AYUDA DE NADIE!”. Pero si Estados Unidos sigue por este camino, se encontrará sin aliados ni amigos, una superpotencia solitaria en un sistema internacional sin ley que ha ayudado a crear. No es demasiado tarde para revertir el curso, y eso empieza con una lectura más detenida de Tucídides.

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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