El cáncer siguió de largo

Día Mundial del Cáncer de Mama

Por Óscar Domínguez Giraldo

Hoy,  Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer de Mama, retomo, actualizado, el mensaje de agradecimiento que le envié en su momento al doctor Santiago Escandón, de Colsánitas, quien me operó de cáncer y me dejó cero kilómetros. Odomínguezg

Doctor Escandón, saludos mil.

Hace 13 años usted me echó bisturí en la Marly bogotana y despachó el cáncer que iba pierna arriba. Ese nuevo amigo-enemigo que me visitó no volvió a aparecer. Estoy muy agradecido con usted y con su equipo médico. Y con Colsánitas que pagó la cuenta. Yo aporté un vale de la prepagada y  el libro “Memorias de Adriana”, de doña Márgara Yourcenar, en traducción del cronopio Cortázar.

Me quedó una cremallera en el muslo izquierdo que me delataría en caso de que me dictara ser malandro. Finalmente, le escurrí el bulto a cualquier cirugía estética. La cremallera-tatuaje la asumo como una condecoración ganada en combate. Además, mimar la vanidad a estas alturas del partido es poco menos que un despropósito. Así marcharé rumbo al horno crematorio.

De nuevo, muchas gracias por la cirugía. Recuerdo que antes de proceder, en presencia de mi familia, incluida mi pequeña nieta Sofía, usted nos describió casi que con fruición la forma como procedería. Se le hacía agua la boca. Dibujó en un papel lo que había hecho el colega suyo que operó primero. Usted decidió ampliar el espectro de la parte que extraería. “Saqué todo”, diría después con la alegría de Colón cuando pisó tierra americana y se encontró con unas indias 90-60-90.

Antes de la operación, me ordenaron ayuno de doce horas. A lo mejor,  “por ser vos quien sois”, la dieta papal fue más corta. Como Dios aprieta pero no ahorca, después de mi romance con el bisturí despaché un banquete que me supo mejor que cualquier plato merecedor de  tres estrellas Michelin: agua aromática con galletas Noel.

Recuerdo que en la sala de operaciones, de un momento a otro, a un guiño suyo al anestesiólogo, este admirador y deudor moroso y amoroso suyo estaba en el más allá, gracias a esa eutanasia consentida que es la anestesia, invento mágico de los escoceses que también nos regalaron el golf, el whisky  y a Sherlock Holmes.

Antes de la anestesia, discrepamos ligeramente sobre el autor de esta frase que la Yourcenar puso en boca de Adriano: “Es difícil seguir siendo emperador ante un médico y también es difícil guardar la calidad de hombre”. Usted se la adjudicaba a otro autor. He debido darle la razón porque no se debe discrepar en posición decúbito dorsal con quien va a manejar el bisturí, como tampoco se aconseja discrepar del peluquero que tiene en su mano la barbera con la que pulirá su obra a centímetros de la aorta.

Años después, frente al pelotón de fusilamiento de la vejez,  no me duele una muela, doctor que vino del sur (Pasto e intermedias).  Hasta para enfermarme he sido de buenas. He tenido tan buena salud que me tendré que morirme aliviado. “Y el día esté lejano”, como dice un poeta de por acá. Aunque ustedes los nariñenses no están nada mal de poetas, con Aurelio Arturo en primera fila, para quien Colombia es un país donde “el verde es de todos los colores”.

Usted y demás profesionales de la salud me tienen disfrutando de familiares y amigos, mirando amaneceres, atardeceres, puedo abrir y cerrar una ventana, veo aterrizar aviones, crecer las plantas, mover las piezas del ajedrez, compartir la pensión con los pájaros de mi barrio, escuchar las serenatas de mis lagartijas, puedo leer y escribir, que es lo que me ha permitido levantar para los garbanzos.

Además,  disfruto de los cuatro  nietos que tienen en este abuelo a su bobo propio. De pronto me visitan cucaracheros, unas pájaros felices en su simplicidad y que con su canto no le ocultan el sol a ningún colega. Vivir simple, sencillamente, sin estridencias, como ellos, es mi norte.

Cuando oí la palabra cáncer después de los exámenes que me hicieron en Colsánitas, me asusté. Hasta testamento les hice a mi señora y a mis dos hijos. Claro que la descripción de mis bienes cabe en media servilleta, pero bueno. No es mucho lo que tengo para dejarles, salvo unas ganas bárbaras de vivir.

Cuando me detectaron el insólito visitante, me vi cargando gladiolos. Hasta alcancé a decirme que si tenía una segunda oportunidad sobre la tierra que cambiaría radicalmente. Prometí darme más al prójimo en esta segunda oportunidad. Esa asignatura está pendiente. Espero no desocupar el amarradero sin hacerlo.

El cáncer me permitió entender mi fragilidad, me notificó que con un escueto soplo puedo abandonar la pasarela. Como que no soy inmortal…

Con aprecio, Óscar Augusto

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