Por Jesús González Barcha, MD
Mi consultorio está en un segundo piso y tiene un ventanal enorme, que es envidia entre mis colegas condenados a consultorios donde la única vista panorámica cambiante es la puerta de entrada. Desde allí veo la entrada de un gran almacén de cadena con sus pequeñas escenas de la vida cotidiana.
Hace unos días, mientras esperaba al siguiente paciente, vi a dos mujeres enfrascadas en una discusión que terminó, como suelen terminar estas peleas, cuando el vocabulario abandonó la Real Academia Española y entró en el territorio de la creatividad salvaje. No alcanzaba a oírlo todo, pero en algún momento una de ellas elevó suficientemente la voz y escuché: “¡Ve a que te lama un sapo por si estás preñada,… vieja zorra!”. Quedé con una gran sonrisa porque recordé inmediatamente una historia que aprendí cuando cursaba Historia de la medicina, en mi segundo año de carrera.
Pensé: esta señora no lo sabe, pero acaba de resumir, con algunas imprecisiones técnicas, uno de los capítulos más curiosos de la historia del diagnóstico del embarazo.
Me acordé de Sir Lancelot Hogben. Lo de Sir se lo puse yo, porque en realidad nunca fue nombrado caballero, pero con ese nombre uno siente que este médico vestía con armadura. Hogben, además de médico, era zoólogo y estadístico, y en 1930 durante sus trabajos en Sudáfrica, investigando el efecto de las hormonas sobre las ranas, descubrió que al inyectarles ciertos extractos hormonales, las hembras ponían huevos aun sin un macho presente. Él sabía que en la orina de la mujer embarazada aumentaba mucho una hormona, la gonadotropina coriónica humana (hCG). Entonces hizo lo que hoy habría necesitado comité de ética, protocolo, consentimiento informado y unas 78 firmas: inyectó esa orina en la rana. Si la mujer estaba embarazada, la hCG hacía que la rana pusiera huevos en pocas horas.
Se le llamó test de Hogben y podía dar una respuesta aproximadamente en cinco horas, las ranas no tenían que morir y el método llegó a alcanzar una exactitud reportada de 99,8 %. Durante los años cuarenta se utilizaron decenas de miles de estas pruebas. Hoy compramos una prueba de embarazo, ponemos unas gotas de orina y unos anticuerpos detectan específicamente la beta-hCG; todo ocurre en minutos y sin tener una rana de guardia en el baño. Pero el principio sigue siendo el mismo: buscar la hCG producida durante el embarazo.
Así que aquella señora de la pelea no estaba equivocada en el procedimiento, solo que el sapo no tenía que lamer a nadie, había que inyectarle la orina.Claro que, admitámoslo, como insulto callejero “ve a que te lama un sapo” tenía muchísimo más futuro que “vaya y solicite una determinación biológica de gonadotropina coriónica humana mediante Xenopus laevis (nombre técnico de ese sapo)”.
