Dios, la estatina y los postres

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Jesús González Barcha, MD

Yo hago caminatas de 30 minutos tres veces al día: a las 5:30 a. m. camino al consultorio, al mediodía después de almorzar y, al terminar la jornada, de regreso a casa.

Y no, no estoy pagando una penitencia por todos los postres comidos ni trato de ganarme, al menos, el purgatorio a punta de pasos (mis amigos dicen que, con la cantidad de bromas que hago, para el cielo estoy vetado), lo hago porque el metabolismo no funciona como un empleado público que marca tarjeta a las 8:30 de la mañana y siente que ya cumplió.

Las guías clínicas dicen “haga 150 minutos de ejercicio a la semana”, y muchos entendieron que podían cumplir con 30 minutos en la mañana y luego pasar el resto del día en modo estatua. Pero quienes tenemos prediabetes o diabetes sabemos que la glucosa suele hacer sus travesuras después del desayuno, del almuerzo y de la cena.

Entonces, ¿cuándo conviene poner a trabajar a los músculos? Precisamente alrededor de esas comidas, especialmente después, cuando la glucosa empieza a subir. Una caminata de 20 a 30 minutos ayuda al músculo a usar esa glucosa como combustible, de modo que prefiero tres pequeñas “redadas metabólicas” durante el día a una sola gran operación policial a las siete de la mañana.

Suspendí la estatina

Hace dos semanas atendí en asesoría médica virtual a uno de mis pacientes más juiciosos. Él tiene su médico tratante a quien visita regularmente y quien lleva el control de sus enfermedades, pero esas consultas suelen durar unos 15 minutos.

Nosotros hablamos más de 45. Y esa diferencia de tiempo permite otra cosa: revisar con calma sus resultados, profundizar en las recomendaciones y, sobre todo, responder esas preguntas que muchas veces el paciente recuerda justo cuando ya salió del consultorio y va en el ascensor.

Tiene 70 años, prediabetes y antecedente de una pequeña trombosis cerebrovascular que no le dejó secuelas. Es delgado, come muy bien y hace una actividad física que yo quisiera para todos mis pacientes. Esta vez, sin embargo, había decidido suspender la rosuvastatina dos meses antes.

Su colesterol LDL, que con ella alcanzaba la meta (por su antecedente de trombosis debía ser menos de 70 mg/dl ), apareció ahora en 196 mg/dl. Entonces me hizo una pregunta que probablemente también se hacen muchos de ustedes: «Barcha, si yo como bien, hago ejercicio y soy delgado, ¿por qué necesito un medicamento para bajar el colesterol?». 
El problema es que el colesterol no funciona como la cuenta del restaurante: no todo lo que aparece en los resultados fue por lo que comiste.

La mayor parte del colesterol que viaja en la sangre la produce nuestro organismo, principalmente el hígado. Y la cantidad de colesterol-LDL que permanece circulando depende también de la genética, la edad y de la capacidad del hígado para retirarlo de la sangre.

Por eso dos personas pueden comer igual, caminar los mismos kilómetros y tener colesterol-LDL completamente diferentes. 
Le dije, mira Pablo, tus hábitos de alimentación y ejercicio son excelentes, no te puedo exigir más. Una alimentación estrictamente diseñada para reducir el colesterol, acompañada de ejercicio regular, suele disminuir el colesterol LDL entre 5 y 15 % y el ejercicio, aunque es fantástico para el corazón, por sí solo modifica el LDL menos de un 5 %.

Él tenía 196 mg/dl. Si lográramos un excelente 15 %, llegaría aproximadamente a 167 mg/dlPero para para reducir las probabilidades de un nuevo evento trombótico necesitábamos llevarlo por debajo de 70 mg/dl: una reducción superior al 64 %.

En otras palabras, podía caminar todos los días, seguir una dieta digna de aparecer en la portada de una revista de nutrición y mirar con desprecio hasta el último chicharrón y la galletita de postre, y aun así probablemente no llegaría a la meta. No porque la dieta y el ejercicio no funcionen, sino porque no tienen la potencia suficiente para hacer ese trabajo solos. 
Después de un primer evento cerebrovascular, el riesgo de presentar otro puede superar el 50 % si hay prediabetes o diabetes.

Es decir, aquí no estábamos tratando un colesterol alto para que el laboratorio quedara bonito. Estábamos intentando evitar que el cerebro tuviera que repetir una experiencia que nadie quiere convertir en tradición familiar.

Ese es precisamente el tipo de conversación que a veces necesita más de 15 minutos: no basta con decir “tómese esta pastilla”; hay que explicar por qué, qué beneficio buscamos y qué puede pasar si la suspendemos. Su médico tratante sigue siendo quien conduce su atención presencial, mi trabajo en estas asesorías es ayudarle a entender mejor el mapa, revisar los números con calma y preparar las preguntas que vale la pena llevar a su próxima consulta.

Dios, los postres y este pecador

Tengo una paciente de 74 años a la que quiero mucho. El día anterior a la cita, cuando veo su nombre en la agenda, me obligo a hacer una dieta restrictiva casi monástica, porque ya sé lo que viene: ella no llega sola, llega acompañada de alguno de los mejores postres que se pueden preparar en una cocina sin que intervenga la Policía AntiDiabetes. 
Ella cocina como si cada consulta conmigo fuera la final de MasterChef y yo, que debería representar la autoridad sanitaria, he demostrado una lamentable debilidad frente a sus dulces.

Pero esta vez llegó con un problema: sus exámenes no estaban bien y, además, había aumentado 2,5 kilos en apenas tres meses. Cuando empezamos a revisar qué había pasado, aparecieron algunos pequeños “pecados metabólicos”.

Nada dramático, pero suficientes para que glucosa, colesterol, presión arterial y la báscula empezaran a organizar una junta extraordinaria.

Y entonces apareció algo que siempre me ha impresionado de ella: su fe inmensa. Es de esas personas que, cuando las cosas se complican, no preguntan primero “¿por qué a mí?”, sino “¿qué tengo que aprender de esto?”. Y curiosamente la ciencia lleva años observando algo interesante: las personas con una vida religiosa activa parecen tener, en promedio, menor mortalidad.

No sabemos cuánto corresponde a la fe misma y cuánto a todo lo que suele venir en el paquete (comunidad, apoyo social, esperanza, optimismo, menos depresión y algunos hábitos más saludables), pero la asociación aparece incluso en estudios grandes. 
Así que la miré y le dije: Amparito, tú tienes una fe enorme y estás convencida de que Dios te cuida. Yo también lo creo. ¿No has pensado que existe la posibilidad de que Dios me haya puesto en tu camino precisamente para decirte que moderes los postres?

Se quedó mirándome unos segundos y empezó a reírse. Posiblemente pensó: ¿Este bromista pecador va a ser ahora mensajero divino? 

Y, la verdad, no la culpo: hasta yo habría pedido una segunda opinión celestial. 
Porque uno puede pedirle al Señor salud, años de vida y protección divina, pero tampoco conviene ponerlo a trabajar horas extras neutralizando azúcar, mantequilla y dos porciones adicionales de torta.

La fe puede ser una herramienta maravillosa para afrontar la vida; de hecho, en estudios de adultos mayores, la asistencia religiosa frecuente también se ha relacionado con mayor supervivencia.

Pero la fe no sustituye caminar, comer bien, controlar la presión, vigilar la glucosa ni hacerle caso al médico que posiblemente Dios puso en el camino para dañarle la fiesta a los postres. Así que hicimos un pacto: ella moderará sus dulces, retomará sus hábitos y repetiremos los exámenes. Yo, por mi parte, asumiré un sacrificio enorme en beneficio de su salud: seguiré recibiendo todos los postres que ella prepare. Porque tampoco vamos a tentar a Dios desperdiciando tanta comida.
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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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