Como un trapo sucio

Para la derecha la llegada de Abelardo de la Espriella al poder, es el restablecimiento de la "Democracia" en Colombia. Foto BBC/Google

Por Carlos Alberto Ospina M.

Las democracias salen a flote a medida que existe competencia de ideas y los datos pueden plantar cara a las creencias para que ninguna corriente política reclame el monopolio de la integridad, porque la historia se estudia en su complejidad y no como una pieza de vulgar propaganda ideológica.  

En el caso de Colombia se requiere más discusión ilustrada y menos catecismo simplista que ejerce la memoria selectiva de los acontecimientos como si fuera dueña de la veracidad, lo que ha puesto en peligro la libertad intelectual.

Esa reiterada actitud crea un clima tóxico en el que la oposición se convierte en una máquina de negación. No importa qué tan buena sea la propuesta, la réplica siempre será la misma: no. Porque surgió por fuera del círculo autoproclamado «correcto».

Aquellos que se presentan como defensores de la diversidad suelen ser más intolerantes y desconfiados frente a la pluralidad ideológica. Hacen alarde de la diferencia estética e identitaria, a la vez que condenan a gritos el pensamiento crítico. La verdad moral incomoda a los fanáticos, puesto que destruye sus relatos descompuestos acerca de la democracia representativa.

El Estado social de derecho necesita izquierda, centro, derecha y todas las creencias intermedias para que prevalezcan el bienestar y el interés general. El presidente electo Abelardo de la Espriella tiene la obligación y el deber de salir de la lógica reaccionaria y extremista con el objetivo de trabajar sobre méritos en la gestión pública. Los nombramientos de las ministras de Deporte, Cultura y Educación distan mucho de “gobernar con los nunca” (sic) o de ser las personas más idóneas en cada cargo, en función de la transparencia, la eficiencia y la equidad.

Una de las alertas consiste en caer en el error de pretender monopolizar la verdad y remplazar la discusión por la descalificación del contrario. El país está mamado de la experiencia de los últimos cuatro años de desgobierno, oposición sistemática y permanente proselitismo de la izquierda radical. 

La memoria histórica debe contribuir a preservar las libertades individuales y a evitar diluir las responsabilidades legales y constitucionales. La dignidad de los colombianos no puede usarse como un trapo sucio al servicio de las distintas expresiones de sectarismo.

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