
CATALINA OQUENDO B.
En Voces de Chernóbil, la Nobel de literatura Svetlana Alexiévich, escribió “la muerte se escondía por todas partes; pero se trataba de algo diferente. Una muerte con una nueva máscara”. La historia de Miguel Uribe Turbay encierra esa tragedia: a sus 4 años perdió a su madre, secuestrada por Pablo Escobar y asesinada en un fallido rescate; y a sus 39, siendo precandidato presidencial, fue asesinado por una organización criminal, que acabó su carrera política y dejó huérfano a un niño de 4 años y a dos adolescentes.
Por eso el sentimiento de conmoción sacudió a un país bastante acostumbrado a la violencia de cada día. Y, sin embargo, tampoco logró unirlo en duelo y demostró el talante de sus líderes. Mientras el cuerpo del precandidato era velado en cámara ardiente en el Capitolio Nacional, afloraban el radicalismo y las componendas políticas a todos los niveles. A través de tuiter y desde su finca, donde cumple prisión domiciliaria por fraude y soborno de testigos, el expresidente Álvaro Uribe le decía hipócrita a su sucesor, Juan Manuel Santos, por haber ido al velatorio. Este último lo invitaba a deponer el odio y Uribe escalaba las palabras. “Usted le devolvió el narcotráfico y el poder de asesinar a los criminales. No llore por Miguel que usted tiene bastante culpa”.
En redes muchos otros culpaban, sin pruebas, al presidente Gustavo Petro; y unos más, como el precandidato Daniel Quintero, aprovechando electoralmente la tragedia, acusaba de la muerte de Uribe Turbay, también sin evidencias, a componendas internas en el Centro Democrático. Hasta ahora, según el presidente, “es probable que sea la Segunda Marquetalia, no puedo probarlo, el autor del asesinato del senador de Miguel Uribe Turbay”.
La noticia volvió a traer a los titulares, a las conversaciones y las redes las palabras “fantasma”, “pasado” y “violencia política”. Pero la realidad es que esta nunca se fue en muchos lugares del país. Solo este año, como señaló la ONG Indepaz, van 97 líderes sociales y políticos asesinados en distintos municipios donde se vive como en otras décadas. Lugares donde se instaló el miedo y se destruyó el sentido de lo colectivo a raíz del asesinato de esas personas que empujaban algún proyecto o una idea para su comunidad.
La muerte de Miguel Uribe Turbay, después de dos meses en la clínica tras el atentado sicarial, también trajo una vieja discusión sobre si existe o no un “retroceso” a la aciaga década del 90, cuando fueron asesinados varios candidatos presidenciales, aunque el de hoy sea realmente un país distinto con más y mejores instituciones. Las imágenes del atentado en el parque El Golfito, donde el senador recibió disparos a la cabeza, revivieron esos momentos y generaron que varios de los precandidatos manifiesten temor y falta de garantías. Petro ha anunciado que reforzará su protección. “Sea de cualquier ideología, la persona y su familia, su vida y su seguridad es, para el gobierno, la prioridad”, dijo el mandatario que asumió que el asesinato de Miguel Uribe es “una derrota”. Por eso cayeron tan mal las palabras de su jefe de gabinete, Alfredo Saade quien dijo que no creía que los candidatos tuvieran miedo. “Toda actividad tiene un riesgo. Manejar bicicleta tiene un riesgo de caerse, tropezarse o que lo atropelló un vehículo.»
El crimen aumentó los decibeles al tiempo que algunos, muy pocos sectores, piden utilizar el momento como inflexión para un acuerdo nacional y transitar con más calma una campaña electoral donde aún no hay figuras claras y se advierte álgida. Un llamado que ha hecho también este diario en su editorial: “la democracia colombiana ha sobrevivido a embates peores, pero no es indestructible. Cada líder silenciado, cada voz acallada por la violencia, empobrece el debate público y estrecha el horizonte de futuro del país. Este asesinato no puede ser asumido como un episodio más en la crónica de la violencia: debe despertar la urgencia de defender la política como un espacio de palabra y no de plomo”.
