Por Óscar Domínguez Giraldo
El Día del Periodista (feb. 9) recordé que estudié ese destino en la Universidad de Antioquia en una escasez que «hubimos». Cuando entré a la Escuela de Periodismo debía química, física y trigonometría de sexto bachillerato. Nunca habilité esas arduas materias.
Me rajaron en el examen de admisión en la U. Al año me interrumpieron la siesta para decirme que tenía cupo. No lo podía creer. Había facultad, clases, de todo, faltaban alumnos. Me llamaron de relleno. No sabía qué hacer con mi vida. La vida tampoco sabía qué hacer conmigo. Estábamos en paz.
Como en los años sesenta tenía angustia existencial estudiaba un semestre, lo perdía; descansaba el otro y volvía. Mamá Genoveva me preguntaba: “¿Y usted cómo va en sus estudios, mijo? “Bien, mamá”, mentía piadosamente.
Durante el tiempo que hice turismo existencial en la Escuela que orientaba don Alfonsito Lopera perdí hasta literatura que nos daba Elkin Restrepo. El poeta-profe-pintor tuvo la amabilidad de ponerme tres raspao. Fue mi diploma de grado.
Como el azar se da sus licencias como cualquier poeta, Elkin estaría luego en el lanzamiento de mi tercer libro «Historias del eterno femenino» editado por la Universidad de Antioquia. La U. me editó otro libro: “De anonimato nadie ha muerto. Diario de un jubilado”. Son mis memorias de reportero que escribí a partir del momento en que me echaron de Colprensa (foto del voceador de periódicos con los diarios de Colprensa). Ambos libros se regalaron bien. Soy best seller de libros regalados. Si hay reedición harán falta carros de Thomas de la Rue para recoger la plata. ¿Quién dijo yo la vi?
Deserté de la universidad una mañana que me levanté enguayabado pero sensato. Reflexioné: Vos llevás aquí mucho tiempo, no has ganado un semestre, no hacés sino perniciar, no conocés un periódico ni una emisora por dentro, estás engañando a don Luis y a doña Geno, no jodás, abrite. Y en limusina de la flota Magdalena arranqué para Bogotá donde pedí chanfa en Todelar.
Me entrevistó uno de los directores, el Loco Alberto Giraldo. La ropita y el pachulí que me acompañaron en la cita eran de mi hermano. Mi madre me los había empacado en mi derruida maleta de viajero a ninguna Itaca.
Giraldo me electrocutó a preguntas: ¿Por qué querés ser periodista? ¿Y vos qué sabés hacer, marica? Apocado, genuflexo, le aclaré que tenía idea de escribir. (Solía escribirles barrocas cartas de amor a mis novias que terminaban poniéndome de patitas en la calle. Se asustaban con mis metáforas. Trataba de imitar a mi padre quien termina así una de sus cartas a su novia Geno: «Y sin más, recibe en la humilde queja de un suspiro mi doliente corazón». Conservamos una veintena de esas cartas manuscritas).
Por puro paisanaje, Giraldo López, de Cisneros, Antioquia, me dio puesto. Me preguntó cuánto quería ganarme. Le dije que mil pesos mensuales. “Marica, vas a trabajar de patinador del noticiero, te voy a pagar 800 pesos y madrugás a las cinco”. Y me echó de la oficina con otro hpmadrazo. Desde 1968 me dedico a este bello oficio de nunca acabar, de siempre empezar y aprender.
