por Thierry Meyssan
El encuentro entre los presidentes de Estados Unidos y China no trajo anuncios de respuestas definidas para los conflictos en marcha, desde Taiwán hasta Irán. Tampoco permitió abordar asuntos como el de los aranceles. El presidente Trump, mostrando mejor educación que de costumbre, escuchó con placer al presidente Xi y se permitió imaginar lo que podrían ser las relaciones entre los dos países si no se hiciesen la guerra.
La visita del presidente estadounidense Donald Trump en la República Popular China, durante los días 13, 14 y 15 de mayo, sacó a relucir profundas contradicciones.
La parte china tenía como objetivo asegurarse de que Washington seguirá respetando el principio que establece que Taiwán no es un Estado independiente sino una provincia china. En Pekín también querían asegurarse de que Estados Unidos no impedirá el acceso de China a las materias primas y a las fuentes de energía y que aceptará que el gigante asiático siga desarrollando su comercio, a través de sus “rutas de la seda”.
Para la parte estadounidense, el objetivo era asegurarse de que Pekín no va a “robarle” el «hemisferio occidental», como suelen decir los dirigentes estadounidenses para referirse al continente americano, sobre todo a Sudamérica. Washington también aspiraba a lograr que el mercado chino se abra a las empresas estadounidenses, fuertemente representadas en la comitiva del presidente Trump.
La visita de Trump en China se produjo en un contexto particular: el cambio de estrategia global de Estados Unidos. El Pentágono ha renunciado a la doctrina Rumsfeld-Cebrowski –luego de haber comprobado que no cuenta con los medios necesarios y que esa doctrina finalmente no es productiva para Estados Unidos– y parecía haber adoptado la “estrategia de la denegación” de Elbridge Colby. Estados Unidos secuestró al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y parece haber tomado el control del petróleo que ese país vendía a China. Después, Estados Unidos ha tratado de derrocar el gobierno de Irán y de impedir la exportación del petróleo iraní hacia China, un sueño de conquista que ha venido a estrellarse contra la resistencia del pueblo iraní.
La cuestión central de la visita era, por consiguiente, saber qué estrategia global podría escoger Estados Unidos para el futuro y si esta sería compatible con la de China. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Washington ha puesto en marcha 3 estrategias diferentes mientras que Pekín mantiene la misma.
Por supuesto, nadie creía que el presidente Donald y su administración aclararían esa interrogante esta misma semana pero todos veían la posibilidad de poder, al menos, evaluar las eventuales consecuencias que tendría la decisión final, cuando la tome.
En China, el presidente Trump, rompiendo con su habitual método de cowboy, tuvo extremo cuidado de no decir algo que pudiera interpretarse en uno u otro sentido o dar lugar a un incidente diplomático. Se abstuvo de lanzar constantes mensajes a través de Truth Social –de una cincuentena de mensajes diarios antes de su llegada a China, su “producción” cayó a sólo unas pocas y breves reflexiones en los 3 días de la visita.
Repentinamente cortés y asombrosamente bien educado, el presidente Trump se acogió a la costumbre china de invocar el pasado común para justificar la unión de hoy. Por ejemplo, sus elogios sobre la prestigiosa universidad Tsinghua, donde el presidente chino Xi Jinping hizo sus estudios, le sirvieron para llamar la atención sobre el hecho que el presidente estadounidense Theodore Roosevelt la financió en 1909. Pero evitó cuidadosamente mencionar que eso sucedió después de que la “Alianza de Ocho Naciones” (Alemania, Japón, Rusia, Reino Unido, Francia, Estados Unidos, Italia y Austro-Hungría) aplastara el “Levantamiento de los Bóxers” e impusiera a la dinastía Qing el pago de reparaciones exorbitantes. En todo caso, Trump logró terminar la visita sin incidente.
Por el contrario, Trump recordó que, en 1737, Benjamin Franklin había publicado pasajes de The Morals of Confucius en su diario The Pennsylvania Gazette, saludando la importancia de la filosofía del sabio chino en la virtud personal. También recordó que Confucio aparece representado en el frontón oriental del edificio del Tribunal Supremo de Estados Unidos, junto a Moisés y Solón. En resumen, en China pudimos ver un Donald Trump encantador y rebosante de cultura, totalmente diferente del fanfarrón hablantín de los días anteriores.
En el banquete ofrecido a la delegación estadounidense en el Gran Palacio del Pueblo, el presidente Trump declaró: «Ha sido un día magnífico y, en particular, quiero agradecer al presidente Xi, mi amigo, por esta magnífica acogida (…) y por habernos recibido tan amablemente durante esta visita de Estado muy histórica.»
Lo difícil era reconocer a las dos partes como iguales sin incomodar a una de ellas. Si bien es evidente que China produce más que Estados Unidos, hoy es difícil definir cuál de los dos países sobrepasa al otro en el plano militar. El armamento chino parece superior, pero sólo el ejército estadounidense puede invocar su experiencia en el terreno. En todo caso, ambos presidentes evitaron ponerse en plano de competidores y sólo hablaron de cooperación.
El presidente Xi Jinping respondió al brindis del presidente Trump: «Los dos pensamos que la relación China-Estados Unidos es la relación bilateral más importante del mundo. Debemos hacerla funcionar y nunca estropearla.»
Donald Trump agregó después: «Este momento de la Historia ofrece a nuestras dos naciones una oportunidad increíble de hacer progresar la paz y la prosperidad junto a otras naciones del mundo entero.»
La visita no satisfizo las expectativas de los jefes de empresas y firmas estadounidenses. Hubo pocas decisiones económicas, exceptuando las gigantescas ventas de soya y de diversos productos agrícolas estadounidenses, así como la confirmación china de un acuerdo de compra de 200 aviones Boeing –compromiso finalmente muy por debajo de lo esperado. Al parecer, ni siquiera se abordó la cuestión de los montos de los aranceles, aunque Estados Unidos sigue aplicando un arancel de 10% a todos los productos chinos y un arancel de 50% al acero y el aluminio chinos.
Las acciones de las empresas chinas de alta tecnología del índice CSI 300 (correspondiente a las bolsas de valores de Shanghái y Shenzhen) registraron un descenso de 1%, indicio de que no hubo avances en cuanto a la comercialización de las tierras raras y de los componentes electrónicos. Por demás, las empresas estadounidenses ya están invirtiendo masivamente en el sector de la inteligencia artificial en Taiwán y Corea del Sur.
La tranquilidad regresó a las potencias regionales de importancia intermedia, como Japón y Corea del Sur, que seguían la visita con gran inquietud. Finalmente, no acaban como peones sacrificados en una división entre los dos Grandes. En revancha, la inquietud se desplaza seguramente hacia Reino Unido y la Unión Europea, donde creían que Donald Trump seguía la nueva línea de Elbridge Colby y ahora ven que, por 3 días, Trump parece de nuevo “jacksoniano”.
Llegamos así al fondo del problema: el estatus de Taiwán. Durante su proceso de revolución e independencia, China se dividió en dos: todo el continente dirigido por Mao Zedong y la isla de Taiwán gobernada por Chiang Kai-shek. Con el paso del tiempo, esos territorios se desarrollaron siguiendo dos sistemas económicos y políticos diferentes. Pero la China continental y Taiwán siguen siendo parte de un solo Estado, la República Popular China. Sus poblaciones aspiran a la unidad, lo cual quedó demostrado con el viaje de la presidente del Kuomintang (el partido creado por Chiang Kai-shek) a Pekín, el mes pasado. Pero también aspiran a conservar sus particularidades. Los neoconservadores estadounidenses, anulando la política iniciada por el presidente Richard Nixon y su secretario de Estado Henry Kissinger, revivieron en Taipéi una facción secesionista, a la que pertenece el actual presidente taiwanés. Pekín ha advertido constantemente que una proclamación de independencia podría llevar a un conflicto armado, mientras que Washington multiplicaba las señales contradictorias.
En presencia del presidente Trump, el presidente Xi advirtió:
«Si se manejan bien, las relaciones bilaterales pueden mantener una estabilidad global. Si se manejan mal, los dos países se verán confrontados a una colisión o incluso a un conflicto, que llevaría toda la relación China-Estados Unidos a una situación extremadamente peligrosa.
La independencia de Taiwán es fundamentalmente incompatible con la paz y la estabilidad en todo el estrecho de Taiwán. Mantener la paz y la estabilidad en todo el estrecho de Taiwán es el mayor factor de división común entre China y Estados Unidos.
Estados Unidos debe manejar la cuestión de Taiwán con la mayor prudencia.»
El presidente Donald Trump se abstuvo de responder. «Es posible que las dos partes no estén enteramente de acuerdo sobre la cuestión. Otra posibilidad es que, incluso si existe cierto entendimiento táctico, este no será necesariamente escrito», comentó un experto chino, el coronel Zhou Bo.
A su regreso de China, el presidente Trump ha declarado que conversó con el presidente Xi sobre las ventas de armas a Taiwán y que él mismo «se determinaría» sobre la cuestión próximamente. Hasta ahora, Estados Unidos no reconoce Taiwán… pero le vende armas. Una venta de armamento valorado en 18 000 millones de dólares está pendiente del visto bueno de la Casa Blanca. Aprobar esa transacción reduciéndola en volumen sería un gesto de buena voluntad. Pero el presidente Trump no puede simplemente rechazarla sin exponerse a la cólera del Congreso.
La decisión de la Casa Blanca sobre las ventas de armas a Taiwán será en todo caso la primera señal sobre el rumbo estratégico de Washington. Es posible incluso que permita deducir el rumbo que tomará el conflicto en el golfo Pérsico.
Persistirán importantes desacuerdos –como el despliegue militar de Estados Unidos en la región Asia-Pacífico. No obstante, Pekín y Washington podrían mantener su cooperación en el plano comercial –específicamente en sectores no sensibles– y en el ámbito de la seguridad de la inteligencia artificial (IA).
El presidente ruso Vladimir Putin viaja esta semana a Pekín. Es una visita de rutina, no protocolar, programada desde hace mucho tiempo. El presidente Putin conversará con el presidente Xi sobre la estrategia común de sus países ante Estados Unidos. El presidente de Rusia parece haber pactado ya con Washington la paz en el este de Europa y la región balcánica. Además, acaba de obtener de su homólogo estadounidense la renuncia del Alto Comisionado de la Unión Europea en Bosnia-Herzegovina, el alemán Christian Schmidt, que estaba preparando una guerra en esa región.

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