Por Óscar Domínguez Giraldo
El envigadeño Martín Uribe pasó más tiempo en contacto con el fútbol que durmiendo, amando y comiendo. Abría la boca y estaba diciendo alguna verdad de a puño sobre este deporte. El viejo entrenador enseñaba vocales y consontantes balompédicas en el equipo La Magnolia, en Envigado.
El ronco Martín, diminuto, inteligente, memorioso Funes del balón, noble de profesión, sonriente, ejercía como veedor balompédico desde cualquier lugar donde se sentaba a arreglar el mundo con sus camaradas de código de barras, o arrugas que llaman.
Era toda una institución futbolística en la tierra del amor, del amor-cilla.
En 1943, cuando los travesaños de las porterías eran cuadrados, jugaba de portero para el Andalucía. Cualquier día decidió exportar su talento y simpatía al Valle. Pudo más la saudade montañera que la salsa. Y regresó a las piedras del fogón envigadeño. La diáspora no era su fuerte.
Entre uno y otro nostálgico tas-tas, sus amigos pensionados de bohemia de billar, tinto y agua aromática, cuentan que Martín fue gran arquero porque tenía el don de adivinar la trayectoria del balón. Evitaba goles imposibles. Los posibles los dejaba para después.
Cuando la pelota llegaba a lugares inverosímiles de la portería, donde no se atreven las águilas, allí estaban las callosas manos del obrero de Rosellón y de Landers Mora. Esas manos hechas para la fatiga del irrisorio salario ínfimo, mimaron a doña Olga, su mujer, y a su culecada de 3nietos3 y 3bisnietos3. Vivió con todos ellos para disfrutarlos mejor.
Un buen día, en plenas vacas gordas de su talento, decidió jubilar los guayos. Le dijo adiós al fútbol a la manera de los toreros: quedándose. Un domingo, a las cuatro en punto de la tarde, el cancerbero de manos brujas – Rodolfo Biagi del gol- despertó convertido en severo árbitro. Quería tanto a su mamacita que escogió ese oficio para que se la recordaran durante los 90 minutos. ¡Pobre doña Otilia Jaramillo del Barrio Obrero!
Impartió justicia – y alguna injusticia, pues es del signo libra- en ese deporte hasta que “una voz varonil dijo de pronto”: Martín, la muchachada te reclama como entrenador. En ese arduo destino lo conocí.
Anticipándose a Maradona, nos convencía de que éramos los mejores en nuestro puesto. Todos éramos sus Messi de peluche. O los James Rodríguez para decirlo con un talento hecho en casa. Esa coba era un truco feliz que inventó para exprimirnos todo el juego de que éramos capaces. E incapaces, cuando el dulce del partido se ponía a mordiscos.
Nos enseñó a disfrutar en voz alta los goles que hacíamos. Y en voz baja los de la competencia. A todo señor gol, todo honor, era su divisa. Así no perdía nunca un partido.

Caricatura de Andrés Acosta Dominguez
Cómo técnico, Martín era una mezcla de paloma del parque de Envigado con tigre de Bengala. Desde su voz siempre ronca de tanto celebrar y lamentar goles, impartía cátedra con sobredosis de ternura y rigor. In illo tempore, la ecuación del fútbol era: 1-2-3-5. Y pare de contar.
Si perdíamos, sufría once veces por cada uno de nosotros. Si se nos acababan las lágrimas, nos prestaba o alquilaba las suyas. No cobraba intereses, lo que constituye una rareza en Envigado.
En su caso,, o los ateos, creyentes. Un revés de su equipo era la cuota inicial de un infarto que felizmente nunca pelechó ante la perspectiva del partido del domingo, lleno – o no- de gente, y de paleteros que ofrecían sus delicias congeladas al ritmo de “Para Elisa”, de Beethoven. Esa música reemplazaba las cacofónicas vuvuzelas.
Siempre pensó que el hombre tiene la obligación de ser feliz. Trabajó para lograrlo a través del deporte. Escogió esta disciplina para darse a su prójimo. “He hecho de todo, menos el mal”, me dijo la mañana que lo llamé por teléfono para decirle: “Gracias, Martín, por el fútbol recibido”.
