Por: Eduardo Aristizábal Peláez
En la era de la inmediatez digital, el rol del jefe de prensa parece haber perdido su brújula. Observamos con mucha preocupación cómo las empresas, en su afán por gestionar la imagen corporativa, han comenzado a banalizar esta figura, designando como jefes de prensa, perfiles que carecen de la esencia fundamental del cargo. Se ha instaurado una peligrosa confusión, entre la capacidad de gestionar redes sociales con la trayectoria necesaria para liderar una estrategia de medios, sin embargo, el ejercicio del periodismo profesional, con su experiencia en redacciones, su olfato crítico y su conocimiento profundo de la dinámica mediática, no es intercambiable por la gestión de contenidos digitales. Esta tendencia no solo desvirtúa la profesión, sino que pone en riesgo la calidad del vínculo entre la organización y la opinión pública.
En tiempos de confusión conceptual y de títulos rimbombantes, es urgente recordar que el Jefe de Prensa no es un simple comunicador social, ni un estratega de relaciones públicas, ni un gestor de redes. El jefe de prensa ideal es, ante todo, un periodista experimentado. Un verdadero periodista profesional que haya vivido la urgencia de la noticia, que conozca el pulso de una sala de redacción, que haya sentido la presión de un cierre de edición y que haya disfrutado la publicación de alguna chiva.
El jefe de prensa es el puente entre la organización y los periodistas. No entre la empresa y los influencers, youtubers, twitteros, ni entre la institución y los publicistas. Su misión es garantizar que la información fluya con rapidez, claridad y veracidad hacia quienes ejercen la profesión de informar. Solo quien haya sido reportero entiende la angustia de la última hora, la necesidad de un dato preciso, la importancia de una fuente confiable.
Por eso, no basta con títulos académicos en comunicación organizacional, publicidad o relaciones públicas. El verdadero jefe de prensa debe haber ejercido el periodismo en diferentes medios: prensa, radio y televisión. Debe conocer la jerarquía de la noticia, el valor de la síntesis y la ética de la información.
En el plano personal, se requiere empatía, tranquilidad y vocación de servicio. El jefe de prensa no busca protagonismo, sino credibilidad. No obstaculiza el trabajo periodístico, sino que lo facilita.
Las empresas que confunden comunicación con periodismo terminan pagando caro su error. Mensajes tardíos, relaciones frías con los medios, crisis mal manejadas. En cambio, las organizaciones que confían en un periodista como jefe de prensa ganan un aliado estratégico.
El jefe de prensa ideal, en suma, es un periodista-periodista, profesional con dignidad, curtido en la noticia, que entiende que la credibilidad no se improvisa y que la comunicación institucional solo se sostiene sobre la base sólida del periodismo verdadero.

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