
Daniel Samper Pizano
Como muchos costeños de racamandaca, Abelardo de la Espriella, el Tigre de Sahagún, Córdoba, nació en Bogotá. Razones prácticas y a veces precauciones de salud conducían hace medio siglo a que algunos padres optaran por recibir al niño en la capital, como al parecer ocurrió con el actual presidente el 31 de julio de 1978.
Sus nexos emocionales, sin embargo, mantenían hundidas las raíces en la costa. Allá estaban los amigos y la familia. En el caso de Abelardo, su padre —del mismo nombre—, su mamá, doña María Eugenia Otero, y sus dos hermanos. También una leal red de queridos compadres y comadres.
Deduzco que Omar, el hijo del padrino, fue nombrado canciller gracias sobre todo a los lazos ceremoniales, puesto que, dígase lo que se diga, un compadrazgo es más meritorio que un Ph. D. de Harvard. Y una vez allí, se consideró autorizado para destrozar años de tradición jurídica exterior y no vaciló en hacerle la venia a una potencia extranjera (Estados Unidos) y desconocer con obstinación las verdades científicas del siglo XXI.
Bula Escobar ha trasegado durante veinte años por diversos organismos mundiales. Es activista político de la derecha gringa, profesor en la universidad conservadora Sergio Arboleda y ha escrito con profusión sobre asuntos internacionales. En realidad, más que todo trinos: cerca de medio millón entre 2010 y 2026, según LSV. Tan pronto se posesionó como ministro procedió a sacudir las relaciones exteriores del país… y el sosiego jurídico nacional. El respetado catedrático Rodrigo Uprimny tildó de cataclismo la aparatosa llegada de Bula al gabinete y predijo que “el gobierno nos está metiendo en otro cataclismo debido a las medidas que está tomando en el campo de las relaciones internacionales”.
Entre ellas se cuenta haber dado la espalda al mundo musulmán, haber apoyado a Israel en sus acciones belicistas y expansionistas, haber amenazado con retirarse de los organismos mundiales y cuadrarse a órdenes de Donald Trump, a quien Bula llama con arrobo “el salvador de Occidente”. Son cambios con consecuencias duraderas que, a decir de la politóloga Lilia Solano en El País, prescinden de soberanía y de política exterior.
Una de las pocas tradiciones responsables de Colombia era la atención que prestaba a sus relaciones externas. Catorce cancilleres llegaron a ser presidentes. Rara vez una decisión internacional importante se tomó sin consultar expertos u otros partidos. Entre 1913 y 1974 la comisión asesora que creó la Constitución Nacional funcionó con regularidad. Pero en los últimos gobiernos no ha sido convocada con frecuencia, hasta el punto de que el Consejo de Estado amonestó a Iván Duque por la omisión.
Está claro que la Carta (art. 189-2) asigna al presidente la tarea de “dirigir las relaciones internacionales”. Pero señala tres directrices que debe observar (art. 9): “La soberanía nacional, el respeto a la autodeterminación de los pueblos y el reconocimiento de los principios del derecho internacional aceptados por Colombia”. Si nuestro país, por ejemplo, ha repudiado de manera habitual la anexión por conquista, resulta incoherente y quizás inconstitucional que su gobierno apruebe la soberanía de Israel en los Altos de Golán, como lo ha hecho nuestro canciller. ¿Y dónde está la soberanía nacional, si desde Washington nos dictan la cartilla? ¿Y cuál es el respeto a la autodeterminación de los pueblos, si aplaudimos los “regalos” de Venezuela a los petroleros de Estados Unidos?
En su tratado Política internacional de Colombia (Universidad Libre, 2017), el abogado y diplomático Benjamín Ardila Duarte reconoció la vocación coral de la política exterior colombiana cuando escribió que se trata “de un dominio reservado del Ejecutivo pero compartido constitucionalmente con las otras ramas del poder”.
Así fue en los tiempos en que ocupaban el despacho del mapamundi grande tratadistas como Marco Fidel Suárez, Eduardo Santos o Gabriel Turbay.
El doctor Bula Escobar, hijo del padrino del doctor De la Espriella, y el propio doctor De la Espriella, ahijado del doctor Bula Hoyos, no pueden guiar nuestras relaciones internacionales solo por sus creencias personales y sus veleidades. Sus cargos son el rostro de más de cincuenta millones de colombianos ante el planeta. La situación mundial no es propicia para tigres y compadritos extremistas sino para sabios respetables.
ESQUIRLA. Tenían razón los que afirmaban que Abelardo ha sido siempre enemigo de la libertad de prensa. Hoy hacen falta Camila Zuluaga y Ana Cristina Restrepo en el mosaico diario de la radio. Esperamos no llegar al día en que falte el mosaico.

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