Por Óscar Domínguez Giraldo
A pocas horas de enfrentar al equipo de Ghana y a sus brujos por un cupo a los octavos de final de la Copa Mundo, recordé que mi madre me quería ver convertido en papa, no en interior derecho o aguatero del Nacional. Me inventó vocación de cura y fui a templar al seminario La Linda, cerca de Manizales.
Para mi madre, sin fútbol sí había paraíso. Nunca le interesó el deporte. Espero no calumniarla si digo que confundía el fútbol con la sota de bastos de su baraja española en cuya manipulación era ducha a la hora de jugar tute, uno de los pocos lujos que se dio, junto con el parqués y el dominó.
A ella y a los de su generación les estaba prohibida la lúdica, el placer. Solo les dictaba trabajar, trabajar y trabajar; temer a Dios y criar hijos para el cielo. No había llegado a casa ese preservativo de vidrio llamado televisor. Fuimos nueve fruto de las horizontalizadas del dueto Luis-Genoveva.
Mamá Geno creía que yo no iría al cielo con los amigos del fútbol que tenía. O sea, no tenía nada contra los goles, sino contra quienes los hacían. “Mijo, no se junte con malas compañías”, era su estribillo. Sobre todo con Nazareno que decía la grande con tantas ganas que yo quería crecer rápido para decirla también. En la calle nos sentíamos como en casa, dicho sea con el cronista brasileño Ruy Castro al hablar de los cariocas.

Caricatura de este aplastatecas por Gloria Luz Duque Ochoa.
En desarrollo del libre desarrollo de mi personalidad que entonces no se llamaba así, le desobedecía en materia futbolística. Era uno de los monótonos pecados que le confesaba al padre Hernando Barrientos, párroco de San Cayetano.
Mi madre solo toleraba mi amistad con Caliche, quien era una mezcla de Pelé, Maradona y Messi de pantalón cortico. En ellos veo clonado el fútbol de mi amigo de infancia. Caliche era lo más parecido a un domingo. En él me parece ver cumplido el consejo del polaco Ryszard Kapuscinski a los periodistas: Para ser buen periodista hay que ser una buena persona.
Cuando jugábamos en Quinta Pelayo, la cancha cercana a la escuela de Ciegos y Sordomudos hasta allí me perseguía mi madre para monitorear mis amistades. Los ciegos jugaban desde su silencio con el ruido de los improvisados balones. Lo dice un poeta, Juan Manuel Roca, el sobrino de Vidales, sí, Luis, ¿quién más? : “Mi madre y yo en la terraza. Y abajo, ángeles de la sombra (los niños ciegos) corrían como locos tras el ruido”.
Hoy pienso que el deseo de doña Geno era que su “Negro” –así me dicen en casa- se portara tan bien que mi muerte la lamentara hasta el dueño de la funeraria (=Mark Twain). No voy a decir que he logrado esa meta. En esas ando. No sé cuántas reencarnaciones necesitaré para lograrlo. Mientras tanto, sigamos atragantándonos del fútbol del mundial de Norteamérica.

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