En el mundial. El hombre que parecía un domingo

Foto ODG

En pleno mundial, es licito recordar al jugador que más nos ha impresionado. El mío es Carlos Arango, Caliche, od

Por Oscar Dominguez Giraldo

El séptimo día Dios inventó el fútbol. Después pondría a Caliche en Aranjuez, en Medellín. Un barrio se parece a su fútbol y Aranjuez tuvo un tiempo que tenía la cara de mi amigo. En Caliche, el balón era su sexto sentido. Su corazón adicional. Para acariciar el balón estaba solo en la cuadra.

Los patos, masas, chinches o chingas, (niños) de entonces entendemos sólo ahora que el pelao era la cuota inicial de lo que serían después Di Stéfano, Pelé, Maradona, Ronaldo, Messi. Nació para ser un diez. Pero también era un todero en el terreno  de juego: lo mismo se lucía en una portería improvisada entre dos  piedras que en el medio campo, o adelante.

Jugábamos en todos los puestos, no había libreto. O mejor, ese era el libreto. ¿Entrenador? ¿Y eso que con qué se come? Todos éramos Guardiola. Se jugaba para nadie, o sea, para nosotros mismos, para su majestad el olvido. El juego por el juego; la comida y la inmortalidad nos la podían dar en películas del oeste o en goles. Los propios o los ajenos.

El crac se dejaba apellidar Arango y nos enseñó a mirar el fútbol desde su perspectiva. Jugador que no se parezca en su juego a él, será siempre un aprendiz. Por más millones y “millonas” que gane. Jamás violó los derechos humanos de los balones proletarios que caían, rendidos, perplejos, con cara de Subuso, a sus pies.

Estos balones muchas veces eran de trapo; otros los hacíamos con pedazos de periódicos enrollados y amarrados con pita para que no se desperdigaran los goles de hoy. Ni las noticias de antier. Teníamos cirujano plástico propio: el zapatero remendón del barrio. El señor Ramírez era uno de ellos.

Carlos mandaba en las canchas de Quintapelayo, Lídice, La Piñuela, en Ciegos y Sordomudos. De pronto había que jugar en Campo Valdés o Manrique. No había partido sin un descalabrado. La madre nos curaba los tulundrones aplicando babas con sal en el sitio averiado. ¿EPS? ¿Sisben? Ya voy Toño. La gente se moría de lo que podía, no de lo que quería..

A su lado, los demás jugadores éramos advenedizos perplejos que envidiábamos su prestidigitación desde ring side. La ‘muchachocracia’ se peleaba por jugar a su lado en los picados  para no tener que soportar el bochorno de su malabarismo. Jugar contra él era algo así como incurrir en harakiri balompédico.

Era una derrota social ser escogido de último en una recocha por “abundancia de escasez” de fútbol encima. Cuando las opciones se habían agotado, venía el turno para los troncos: fue el primer “bullying” que sufrimos muchos. Tampoco faltaban los sicarios sin escrúpulos que iban detrás de sus canillas para estropear su virtuosismo.

Siempre era domingo cuando Caliche tenía un balón a sus pies. Sí, pies, porque jugábamos a patalimpia muchas  veces para no gastar los tenis. Cualquier balón mejoraba su currículo a partir del momento en que caía en su jurisdicción. Los guayos no habían llegado a la cuadra.

Cuántas pelotas no mejoraron su hoja de vida en un tiro libre, un penalti, o en un remedo de corner cobrado por Caliche quien, como su tocayo, Chaplin, nos arrancaba más de una sonrisa. De Chaplin se dijo que era todos los domingos del mundo. Pido permiso para decir lo mismo de Carlos.

Copiándome de no sé quien, digamos que cuando mi contemporáneo jugaba el mundo era mejor. El fútbol se hizo para sus pies. Si no hubiera existido lo habría inventado en cualquier calle del barrio. (La calle era entonces el estadio obligado de la muchachada, el mejor cuarto de la casa, el mejor sinónimo de libertad).

Sé de buena tinta que los porteros se iban a la casa a aplaudir en secreto a quien les había mejorado la hoja de vida a punta de goles de exquisita factura.

Los jugadores de trompo, arroyuelo, los quebradores profesionales de bombillos, los elevadores de globos, los pasajeros de carros de balines, los usuarios  de zancos, los jugadores de chumbimbas, bolas (canicas) se detenían, nos deteníamos, boquiabiertos, y con el almuerzo embolatado, a mirarlo jugar.

Un saludo suyo en la calle nos sacaba del olvidato. Creerse su amigo porque su mirada se cruzaba accidentalmente con la nuestra, era un pecado de lesa vanidad que se cometía con frecuencia.

Aranjuez le debe una estatua. Los muchachos de antes que no usábamos gomina ya le levantamos  un pedestal en el recuerdo y en la nostalgia.

Debe estar muerto. Un jugador como él sólo tiene  sitio en la leyenda. Fue el hombre que nos enseñó el mejor sinónimo para el fútbol: el domingo. (Esta nota ha sido aumentada, no sé si corregida sobre la original, que es anterior a internet y su pariente rico, el wasap).

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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