Política y fútbol: caminos torcidos.

Los jugadores de la selección Colombia, no ocultaron su molestia por el espectáculo de la despedida presidencial al mundial de fútbol 2026. Foto Presidencia

Por Eduardo Aristizábal Peláez.

La política nació como arte noble de gobernar, como ejercicio edificante de administrar el Estado en función del bien común. Su misión era custodiar el erario público con pulcritud y garantizar el bienestar de la sociedad. El fútbol, por su parte, emergió como juego y recreación, como disciplina física que fortalecía la salud y cultivaba la alegría de los pueblos.

Pero el paso del tiempo ha torcido ambos caminos. La política, que debía ser servicio, se ha convertido en negocio. Muchos gobernantes ya no buscan el bien colectivo, sino el poder como fin en sí mismo, y del erario extraen beneficios personales. La corrupción se ha vuelto el denominador común, desplazando la verdadera política que edificaba instituciones y defendía la democracia.

El fútbol, igualmente, se transformó en industria desmesurada. Las inyecciones económicas no solo enriquecen a los dueños de los equipos, sino también a organismos como la FIFA, que entrelazan sus intereses con la política y hacen del deporte un negocio global. Los jugadores, otrora símbolos de pasión y esfuerzo, son tratados como mercancía: deben competir sin descanso en múltiples torneos, sacrificando su físico y su vida personal. Empresarios y representantes los negocian como objetos, mientras intermediarios inescrupulosos cobran sumas exorbitantes a familias humildes que sueñan con ver a sus hijos en un equipo profesional.

A ello se suman las luchas fratricidas de las hinchadas, que olvidan el espíritu deportivo y convierten las tribunas en campos de batalla. Lo que nació como fiesta se degrada en violencia.

El paralelo es evidente: tanto la política como el fútbol han sido colonizados por el afán de lucro. En ambos, la esencia se ha visto desplazada por el negocio. La política dejó de ser servicio; el fútbol dejó de ser juego.

Aunque parece un montaje, así están las cosas. Facebook

Sin embargo, la historia enseña que las instituciones pueden regenerarse. Así como hubo estadistas que devolvieron dignidad al poder público, también hubo deportistas que recordaron que el fútbol es pasión, arte y encuentro. La tarea de hoy es rescatar la raíz: que la política vuelva a ser ética y servicio, y que el fútbol recupere su condición de juego limpio y alegría compartida.

Solo así, ciudadanos e hinchas podremos reconciliarnos con dos escenarios que, aunque distintos, reflejan la misma paradoja: cuando el poder y el dinero se imponen, la esencia se pierde; cuando la ética y la pasión se recuperan, la sociedad se engrandece.

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