
Enrique Santos Calderón
Situaciones electorales precarias como las que vive Colombia plantean la discusión sobre el significado del “voto útil”. El que se supone que implica un enfoque pragmático de la política entre la gente que piensa votar y suele inclinarse hacia fórmulas que luzcan ganadoras.
Aquí y en países donde hay segunda vuelta, en la primera se vota a favor del candidato que más se identifica con las ideas del sufragante —el voto de la ilusión o la convicción— y en la segunda, cuando solo quedan dos y no está el favorito, se vota por el “menos malo”, para evitar que gane el otro.
Ya no se trata de elegir al mejor, sino de bloquear al peor. Un voto defensivo. Táctico, si se quiere, pero que puede resultar “útil”. Y cuando ninguna opción resulta convincente, queda la del voto en blanco, que a muchos les parece totalmente inútil.
No lo sería si lograra expresar un descontento ciudadano significativo frente a las opciones y candidatos en juego. Lo clave, siempre, es la participación electoral, que es el termómetro del interés público por la política. Un voto en blanco que no pase del 5 % no dice mucho.
Venía creciendo, en un país donde el abstencionismo ha sido tan arraigado como ineficaz, y estaba en un récord histórico de más del 10 %, pero con la proximidad de elecciones cayó nuevamente al 4,8 %, según reciente encuesta de Invamer. Por lo visto, no resulta útil ni llamativo para quienes quieren votar por alguien, o contra alguien.
Yo soy buen ejemplo de esas ambivalencias. Dije hace un par de meses en esta columna que Sergio Fajardo era el hombre y sigo creyendo que es el mejor, pero eso es flaco consuelo. No fue el hombre. La cosa sigue y el dilema también. ¿Voto en blanco, que es lo que me sugiere mi conciencia, o me decido por el mal menor?
Mi dilema también está ligado al estancamiento de Paloma Valencia y a la trepada de Abelardo, que según encuestas podría derrotar a Cepeda. Pero no hay concepto del voto útil que me pueda llevar a apostarle a un personaje que no me despierta emoción ni mucho menos confianza.
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¿Exponerse entonces a que gane Cepeda y lleve al país al comunismo? Primero, no creo que Cepeda vaya a ganar. Segundo, resulta deprimente que aún se pretenda asustar a los colombianos con el coco comunista. Y tercero, si Iván Cepeda saliera de presidente no sería —porque no podría— para imponer una dictadura leninista, sino acaso para promover alguna coalición “progresista” que le permitiera gobernabilidad. Una especie de tímido allendismo.
La pregunta es cómo sería ese acuerdo nacional que Cepeda dice que promovería en caso de salir elegido. Ha recibido apoyos del expresidente Samper, del exministro y líder liberal Juan Fernando Cristo, de dirigentes políticos regionales y de algunos, muy pocos, empresarios de la Costa, pero la propuesta es aún etérea.
Mientras se perfila mejor esta estrategia conciliadora del candidato del Pacto Histórico, lo que ya aparece claro es que la prioridad del próximo presidente tendrá que ser recobrar la unidad territorial del país, en lucha contra la criminalidad enquistada en tantas regiones. Pero, como recordaba estos días el analista Moritz Akerman, “la izquierda no tiene en su programa esa lucha, ni sabe hacerla”.
La cruda realidad que señalan todos los informes recientes es que en Colombia hay una expansión de poderes armados ilegales y un crecimiento de la extorsión y el secuestro, que nos retrotraen a un pasado que creíamos haber superado. Realidad que constituye la plataforma central de la campaña de Abelardo de la Espriella y su discurso de mano dura, que lo ha disparado en las encuestas.
No creo tanto en todas ellas, pero son un termómetro que sería equivocado ignorar. Pelear contra las encuestas no ha demostrado ser un recurso eficaz. Su campaña y estrategia publicitaria impactan más que las de Paloma o Cepeda, aunque también han sacado a relucir su personalidad pugnaz y narcisista. O de “fantoche peligroso”, como la calificó Sergio Fajardo. Habrá que ver qué tanto pesa esto en un electorado cada vez más preocupado por el tema de la seguridad.
P. S.1: Hay que tener mucho talento, mucha voz y demasiada personalidad para estar cantando por cuarta vez en un Mundial de Fútbol. Shakira es un fenómeno en el más amplio sentido de la palabra. Más allá de su brillantez artística o su rítmica sensualidad, es el prototipo cautivante de una mujer empoderada y moderna.
Su última canción, que ya bate récords, confirma una vigencia solo comparable a la de Madonna, con quien compartirá escenario en la gran final del espectáculo más popular del mundo. Si de símbolos y orgullos nacionales se trata, esta barranquillera universal está entre los más grandes. Dai Dai, Shakira.
P. S.2: Petro sigue en sus enfrentamientos con los poderes judiciales. Consejo de Estado, Corte Constitucional, Fiscalía… Con todos ha tenido ásperos intercambios porque le han cuestionado varias iniciativas, algunas con razón.
Pero pretender que sea absolutamente neutral en el debate electoral es una ingenuidad. Presidentes neutrales no hay aquí, ni en Cafarnaúm; si acaso en Escandinavia. En Estados Unidos los mandatarios de turno promueven abiertamente a los candidatos de su partido, así como en varios países europeos.
Otra cosa es que se abuse del tesoro público o se tuerza la ley para ese fin. No estoy seguro de que Gustavo Petro haya incurrido en lo segundo.

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