Los Danieles. Se va el caimán

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

Según los zoólogos, el promedio de vida de un caimán, cocodrilo o alligator es de entre cuarenta y sesenta años en la región de la Florida (Estados Unidos). Algunos ejemplares pasan de los ochenta. Pero los que mantienen alguna relación con Donald Trump terminan intoxicados por el personaje cuyo aliento político resulta letal al cabo de poco tiempo. 

Lo prueba su caída en las encuestas. Pero también lo afirman otros hechos palpables. Está a punto de cerrar, cuando lleva apenas diez meses de inaugurada, la famosa prisión de Alligator Alcatraz, a sesenta kilómetros de Miami, que construyó el gobierno local entre pantanos y cocodrilos bajo presión de la Casa Blanca. Desde que se puso en servicio para satisfacer el odio de Trump por los inmigrantes —latinos, principalmente—, este infernal campo de concentración violó toda suerte de normas y derechos. Ahora acaba de saberse que se va el caimán…

El 13 de julio del año pasado describí en mi columna de Los Danieles el desaseo en el presidio, el calor y la aglomeración de ciudadanos inocentes cuyo crimen era no tener papeles al día. Grupos defensores de los derechos civiles y la naturaleza exigieron el cierre de la penitenciaría hasta que las autoridades, agobiadas por las críticas y los gastos, tiraron silenciosamente la toalla hace poco. Muy pronto la prisión será otra de esas estupideces humanas que la selva se come. Como la isla Gorgona en Colombia.

La población de 1.400 detenidos cuesta a los contribuyentes floridanos más de un millón de dólares diarios (The New York Times, 12.V.2026). Es decir, que con tres años y pico de fondos de la infame guandoca podría construirse otro bailadero en la Casa Blanca. 

Parecería que exagero al hablar de Trump como agente mucho más peligroso que el hantavirus_,_ pero la enfermedad que aqueja al mandatario gringo ya está estudiada, clasificada y circula por el mundo. Se trata de un trastorno de la personalidad que, de acuerdo con los especialistas y los hechos conocidos, lo incapacita para ejercer correctamente la presidencia de su país. El mal ya fue analizado por los griegos, que lo denominaron hubris (o hibris), y la Wikipedia lo define así: “Enfermedad del poder que genera un ego sobredimensionado, desprecio por otros y desconexión de la realidad”. 

Un examen detenido a Trump descubre varias características típicas de un líder carcomido por el bicho:

  1. Narcisismo. Enamoramiento de sí mismo y admiración descontrolada por su propia persona.
  2. Debilidad microfónica. La presencia de un micrófono o un altavoz desata en el paciente las ganas de hablar sin medida ni fundamento.
  3. Barbaridades. El léxico del enfermo está repleto de expresiones terminantes e hiperbólicas, como “borrar de la faz de la tierra” o “destruir una civilización”.
  4. Reverso. El contagiado es capaz de decir una cosa y la contraria en la misma frase, o alterar tono y rumbo súbitamente.
  5. Machismo. Las actitudes machistas (derroche de poder, desprecio por las mujeres, soberbia) complementan el perfil.
  6. Ignorancia. La ignorancia y la desinformación impiden al contagiado abordar de manera coherente cualquier tema. En particular, desobedece la ley y la viola.
  7. Mendacidad. Para un apestado, la mentira tiene el mismo valor que la verdad. Máxime si le sirve para construir una historia o una disculpa.
  8. Mensajeritis. Acostumbrado por su ego a culpar a otros de sus propios problemas, ejerce a diario el recurso de achacar al mensajero las malas noticias. Sobre todo si es periodista.
  9. Vejación. El indispuesto se muestra propenso al insulto, la burla y la descalificación personal del prójimo.
  10. Trastorno inminente. Quienes padecen el mal desarrollan una confusión mental que los aleja de la realidad y extravía su línea de razonamiento.
  11. Yo. Es constante el empleo abusivo de la primera persona para apoderarse de obras colectivas. Por ejemplo: “He ganado nueve campeonatos”, sin mencionar a sus jugadores.
  12. Violencia. El empleo de la fuerza y la amenaza de violencia forman parte de los recursos del doliente.

El modelo humano que más síntomas reúne es, por supuesto, Donald Trump. Sin embargo, el germen se ha descubierto en no pocos líderes. Uno de los que más puntos acumula es Javier Milei, el presidente argentino. También el candidato criollo Abelardo de la Espriella. A su turno, Gustavo Petro ofrece una tarjeta que pide marcar las primeras ocho casillas.

En los últimos días se destapó Florentino Pérez, presidente del Real Madrid y contratista de obras en Colombia, que acusa los síntomas 1, 2, 5, 6, 7 y 11. En declaraciones que ocuparon primera página en muchos diarios del mundo afirmó que le han robado a él siete copas y que en la Liga española, donde triunfa su mayor enemigo, el Barcelona, le quitaron 8 puntos (¿?¡!). La verdad es que desde cuando Pérez cogió el timón del club en el año 2000, el Barça aplasta en triunfos al Real Madrid: 13 campeonatos nacionales ganados contra solo 9.

Esto prueba que la alarma sanitaria por el hubris se justifica, pues el virus ya saltó de los foros políticos y medios de comunicación a los campos de fútbol. Es hora de echarlo a patadas.

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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