
Por Jason Horowitz
Él es el recién ungido líder de la izquierda mundial.
Ella es la pionera de la nueva derecha nacionalista europea.
Aunque Pedro Sánchez, de España, y Giorgia Meloni, de Italia, son dos líderes europeos situados en extremos opuestos del espectro ideológico, la semana pasada ambos se encontraron recorriendo el mismo camino hacia la supervivencia política: plantarle cara al presidente Trump.
Es una señal de lo bajo que ha caído el prestigio de Trump en Europa.
Trump como salvavidas
En España, Sánchez se ha convertido en el favorito de la izquierda internacional por oponerse desde el principio y en numerosas ocasiones a Trump, ya sea por las amenazas arancelarias del presidente estadounidense, sus exigencias para que otros países aumenten el gasto militar, sus ambiciones en Groenlandia o, lo que es más importante, su guerra en Irán.
“No a la guerra” fue el mensaje de Sánchez en una cumbre en Barcelona a la que asistí el fin de semana. Habló ante una multitud enfervorizada, formada por su base española, así como por líderes liberales de Europa, Sudamérica, África y Estados Unidos. “La vergüenza para aquellos”, dijo, “que defienden el privilegio de las élites, los que apoyan la guerra”.
Pero como han señalado muchos analistas españoles, el hecho de que Sánchez se haya enfrentado a Trump, así como los repetidos menosprecios de Trump a Sánchez, han servido no solo para elevar la posición del presidente del gobierno español en el extranjero, sino también para distraer la atención de sus problemas internos. Este mes, excolaboradores políticos de Sánchez se enfrentan a vergonzosos escándalos de corrupción y a juicios ante el Tribunal Supremo español. (Ellos dicen que son inocentes, y el propio Sánchez no está implicado).
Sánchez llevaba hundiéndose en las encuestas desde el verano. Pero Trump se ha convertido en un salvavidas. Cuanto más intenta Sánchez distanciar a España de Estados Unidos, mejor le va en los sondeos. Desde que le plantó cara a Trump, está despertando entusiasmo entre una base que necesita movilizar desesperadamente. Su popularidad está aumentando.
Trump como lastre
Algo parecido está ocurriendo al otro lado del Mediterráneo, en Italia.
Sánchez y Meloni no tienen mucho en común políticamente. Ella es la abanderada de una ideología europea de extrema derecha que durante mucho tiempo había abrazado a Trump por su nacionalismo, su oposición a la inmigración y su desdén por las políticas identitarias liberales. Durante años, Meloni había buscado influencia en Europa como un puente de la derecha hacia Trump.
Sin embargo, la semana pasada se encontró recorriendo el mismo camino para alejarse de Trump.

La primera ministra italiana, Giorgia Meloni. Kenny Holston/The New York Times
Meloni perdió recientemente un referendo, lo que muchos analistas atribuyeron a su estrecha relación con Trump. Su popularidad en Italia ha caído en picada desde que el presidente estadounidense amenazó con imponer aranceles, incluso a la pasta, y lanzó la guerra en Irán.
Entonces Trump atacó al papa León XIV.
En la católica Italia, donde el Vaticano importa, elegir entre ponerse del lado de un papa popular que defiende la paz en una guerra a la que se opone la mayoría de los italianos y un presidente estadounidense que cava zanjas de popularidad no es una decisión difícil. Meloni, quien ha gobernado más con pragmatismo que con ideología, se puso del lado del papa.
“Encuentro inaceptables los comentarios del presidente Trump sobre el Santo Padre”, dijo Meloni.
En respuesta, Trump hizo el trabajo por Meloni, y la atacó por considerarla desleal y no la persona que él creía conocer. Para Meloni, quien, como Sánchez, se enfrentará a unas elecciones el año que viene, el mensaje de ruptura fue esencialmente un regalo político.
Un presidente estadounidense tóxico
Que distanciarse de Trump sea un deber político para personas tan diametralmente opuestas ideológicamente como Sánchez y Meloni demuestra lo tóxico que se ha vuelto el presidente estadounidense en todo el continente.
En la izquierda, Trump ha sido el viejo del costal desde el primer día, y Sánchez claramente ha calculado que los beneficios políticos de oponerse firmemente al presidente estadounidense valen la pena, independientemente de las consecuencias que pueda tener. Sus asesores afirman que el país, que tiene una economía en crecimiento, un superávit comercial con Estados Unidos y la protección de la Unión Europea en materia de acuerdos comerciales, está bien preparado para cualquier represalia. Trump es tan impopular que a Sánchez le resulta más útil como rival que como amigo.
Por otra parte, los conservadores europeos vieron durante años a Trump como una figura energizante, alguien que rompía con los tabúes contra la extrema derecha y que creaba un impulso mientras ellos intentaban desmantelar la Unión Europea y llevar a cabo agendas más nacionalistas en sus países.
Pero la distancia buscada por Meloni indica que eso puede estar cambiando.
En el Reino Unido, Nigel Farage, quien solía ser admirador de Trump, es cada vez más crítico con él. Una figura destacada del partido de extrema derecha alemán AfD lo llamó “carga enorme”. En Francia, dirigentes de la Agrupación Nacional han pedido explícitamente distancia. Ahora parece que también Meloni ha decidido que el presidente estadounidense ha llegado demasiado lejos.
Y si Meloni quisiera más pruebas de que el apoyo de Trump podría ser electoralmente contraproducente, no tendría que mirar más allá de Hungría, donde, a pesar de las buenas noticias de Trump y de una visita personal del vicepresidente JD Vance, el aliado de Meloni, Viktor Orbán, sufrió recientemente una derrota aplastante.

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