Por Carlos Alberto Ospina M.
La obstinación de un político por aferrarse al poder pone en riesgo la viabilidad del plan social y el bienestar de la nación. Unos líderes caen en el autoengaño, la negación y el miedo al vacío existencial a causa de la pérdida de relevancia pública o la presión de un entorno ideológico que no valora la dignidad del derrotado.
La cuestión es una estructura política que premia la obstinación, la mentira sistemática y las distintas formas de corrupción; a la par que castiga cualquier asomo de honestidad del descalabrado. El dirigente que justifica su permanencia en el poder con el sofisma de “responsabilidad histórica” o “defensa del cambio”, solo sigue el manual de las tácticas fallidas con el objeto de sabotear el proceso de elección para aumentar la desconfianza, la polarización y el vaivén institucional. ¡Si no es mío, no es de nadie!
En la actualidad, la política tiende más al espectáculo, la imagen, el morbo y los liderazgos pasajeros. El contenido es relegado a un segundo plano, lo que agrava la crisis de identidad y el navegar sin brújula. De esa carencia se alimentan el oportunismo, la improvisación, la rabia y la falta de principios sólidos.
¡Qué dilema para el elector! Escoger entre el ego desbordado y el bien común; entre la arrogancia de un mutista y el compromiso con el futuro democrático de la nación. Al final, corre peligro la capacidad del ciudadano para distinguir fronteras que garanticen la transparencia del sistema electoral.
El poder es transitorio con la intención de que la legitimidad se renueve de cuando en vez. El verdadero compromiso se mide por la disposición a respetar las reglas del juego de la alternancia, incluso cuando estas resultan adversas. La resistencia a aceptar la derrota y reconocer los límites es un mecanismo de defensa que entrelaza la ética pública con la teoría psicológica de la disolución del yo que afecta la integridad personal del líder. Por eso, el constante pataleo de algunos.
La historia de la humanidad está llena de personajes que confundieron su proyecto individual con el destino colectivo y terminaron destruyendo las instituciones que decían defender. Ese disfraz de conveniencia estratégica es una versión degradada del proselitismo y una tomografía tridimensional de la escasa cultura política de los colombianos. Entregamos el destino de la nación al ego de distintos granujas a quienes nada les importa con tal de permanecer en el poder.

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