
Daniel Samper Pizano
Dentro de pocas semanas todos los países de habla española deberían celebrar un aniversario monumental, catedralicio: los 500 años de la irrupción del soneto en la poesía castellana.
Corrían los últimos días de mayo de 1526 cuando se produjo en Granada un encuentro entre el embajador de Venecia Andrea Navagero y el poeta catalán Juan Boscán. Asoleándose en un jardín de la Alhambra les dio por hablar de poesía, y esa conversación —ya lo verán— cambió para siempre la lírica de nuestra lengua e introdujo la presencia del más duradero y fascinante invento poético del último medio milenio: el soneto.
Se compone el soneto de catorce versos repartidos en cuatro grupos: dos estrofas de cuatro cada una y otras dos de tres. La alternancia de las rimas, su extensión —usualmente de once sílabas por verso— y el tamaño compacto del poema ofrecen rotundas posibilidades sonoras que lo consagran como uno de los formatos más populares de su género.
No hay mejor modelo del esquema que la famosa receta de Lope de Vega:
Un soneto me manda hacer Violante,
que en mi vida me he visto en tal aprieto;
catorce versos dicen que es soneto:
burla burlando van los tres delante.
Yo pensé que no hallara consonante
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto,
no hay cosa en los cuartetos que me espante.
Por el primer terceto voy entrando
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.
Ya estoy en el segundo, y aun sospecho
que estoy los trece versos acabando:
contad si son catorce, y está hecho.
Muchos sonetos colombianos perduran en la memoria popular. Menciono célebres primeros versos: “Teresa en cuya frente el cielo empieza…”; “Patria, te adoro en mi silencio mudo…”; “Noble rincón de mis abuelos…”; “Cantadora sencilla de una gran pesadumbre…”; “Todo está bien: el verde en la pradera…”; “Desde el arco ojival de la portada…”; “Cuántas veces, amor, por retenerte…”.
Cinco siglos y sigue tan campante. De hecho, el miércoles pasado Beatriz Ordóñez Mallarino, decimera de Los Danieles, lanzó en Bogotá su libro Si amanece mañana no te olvides de buscar en tu fuego mi existencia. Beatriz es una de las más notables sonetistas colombianas. Hace siete años había publicado su primer poemario, Más allá de lo que en mí perdura, ganador de varios premios.
La llegada del soneto al castellano coincidió con un espectacular suceso palaciego: la boda del emperador con una nieta de monarcas, el non plus ultra de la vida social. El casorio de Carlos V de Alemania (Carlos I de España) con la bellísima Isabel de Portugal, su prima hermana, convocó en marzo de 1526 a cientos de nobles, cortesanos, diplomáticos, hidalgos, intelectuales, obispos, militares y lagartos de los que nunca faltan. La perfumada muchedumbre paseó largamente por Andalucía y se detuvo en muchas villas. Había precisado la unión licencia papal por tratarse de un matrimonio entre primos. Pero, una vez aprobado el desposorio, los dos contrayentes (26 años él y 22 ella) no perdieron el tiempo. El 11 de marzo llegó Carlos a Sevilla; esa misma noche conoció a la novia y a la madrugada se retiraron al engalanado dormitorio y se lanzaron a buscar un descendiente. Catorce meses después nació Felipe II, el hierático constructor de El Escorial.
Tras unos días en Sevilla, los novios y su caravana partieron en lenta búsqueda de climas más frescos. A pocos días se hallaba Granada, la ciudadela nazarí recuperada treinta y cuatro años antes por los abuelos de manos de los árabes. Fue allí, en los prados del Generalife de la Alhambra, donde el humanista y diplomático italiano Navagero (1483-1529) enseñó al poeta Boscán (1492-1542) las formas de versificación que la futura Italia había cultivado con éxito. El episodio está debidamente documentado y ha ganado talla de leyenda. Así lo relata Boscán a su amiga, la aragonesa duquesa de Soma, cuando le cuenta en una carta que Navagero “dijo que por qué no probaba en lengua castellana sonetos y otras artes de trovas usadas por los buenos autores de Italia”.

Boscán se interesó especialmente por la económica y exigente arquitectura de catorce renglones llamada soneto. Originaria de Sicilia en el siglo XIII, la fórmula produjo en los siglos siguientes un boom literario en su tierra natal y estimuló el espíritu creativo de varias generaciones de grandes bardos, entre los que se destacan Guittone d’Arezzo y Giacomo da Lentini —a quienes se atribuye, por separado, la invención de esta métrica—, Dante Alighieri, Pietro Bembo y, sobre todo, Francesco Petrarca.

Unos pocos españoles habían ensayado antes el tal soneto, pero sin éxito, y regresaron, pesimistas, a las formas ibéricas. Boscán, rimador mediocre, transmitió el mensaje de Navagero a su joven y admirado amigo Garcilaso de la Vega, enorme poeta que se aventuró a escribir versos españoles con el formato italiano. Fue una bomba. Sus sonetos no solo tuvieron inmediato suceso sino que se volvieron capítulo indispensable de la historia de la poesía en castellano: “Cuando me paro a contemplar mi estado…”; “Escrito está en mi alma vuestro gesto…”; “Oh dulces prendas por mi mal halladas…”. Esas lejanas raíces han sostenido miles de sonetos de autores famosos españoles —Quevedo, Góngora, Lope de Vega, Calderón, Cervantes, Hernández, García Lorca, Alberti, González— y latinoamericanos: Juana Inés de la Cruz, Vallejo, Neruda, Borges, Darío, Storni, Reyes, Carranza, Rivera, Rojas, Castro Saavedra, entre otros.
Apenas un decenio duró el ejercicio de Garcilaso con los modelos italianizantes. El 14 de octubre de 1536 murió en batalla cuando luchaba como soldado español en Francia. Siete años después Boscán publicó las rimas de su amigo difunto, donde aparecían, entre otros, cuarenta sonetos. Con la obra del poeta toledano, el Siglo de Oro empezó a desplegar sus alas, bajo las cuales se escribieron algunos de los poemas más extraordinarios de la literatura universal.

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