
Daniel Samper Pizano
En la feria de uniones impensables, parejas disparejas y confección de bloques rudos que caracteriza a la política colombiana de los últimos meses, aún no se ha planteado la alianza que con mayor urgencia necesita el país y anhelan los colombianos, el pacto que más impacto puede provocar. Sería la promesa sincera y honesta de los candidatos poderosos en el sentido de que la primera llamada que harán el día del triunfo será a sus rivales fuertes para empezar a buscar de inmediato un acuerdo generoso que una a vencedores y vencidos en un propósito común.
Tres podrían ser los puntos principales de esta lucha por un país mejor:
• Combatir juntos la pobreza.
• Desterrar la corrupción.
• Poner fin a la polarización.
No es un amarre total. No se necesita que estén de acuerdo en todo, ni que abandonen todo compromiso ideológico, ni que depongan toda fiscalización del opositor y callen toda crítica. Sino que mantengan un acuerdo sincero sobre los tres puntos indispensables y se haga el juego de discrepancias dentro de normas civilizadas.
No hablo de pactos imposibles. Hablo de algo parecido al Acuerdo sobre lo Fundamental que promovió Alvaro Gómez Hurtado. En la historia de Colombia encontramos antecedentes, entre ellos el gobierno de Manuel María Mallarino (1855-1857), el Frente Nacional (1958) y el trípode del Partido Liberal, el Conservador y el M-19 que permitió aprobar la Constitución de 1991.
Es muy diferente, por supuesto, a aplicar a los consensos políticos una versión de la Paz Total, la fracasada iniciativa de Gustavo Petro. Será difícil que ingresen a él la extrema derecha rugiente o la extrema izquierda insensata. Y si alguien cree que Iván Cepeda es la extrema zurda, es porque no conoce los especímenes sovietoides que campean a la izquierda del Pacto Histórico. En este sentido, la presencia del grupo liberal de Juan Fernando Cristo en el ala cepedista implica un ejercicio alentador de tolerancia y compromiso.
Cuando uno alza la mirada y observa cómo va el mundo, se da cuenta de que una fórmula de la estirpe que vengo describiendo debería extenderse a la agitada selva internacional, donde no faltan los lobos feroces dispuestos a quemar el bosque aunque los calcinen las llamas en el intento: Trump, Netanyahu, Putin, los ayatolas iraníes…
Es difícil que los dómines universales escuchen otras voces que las suyas y las de los misiles. Poco a poco, sin embargo, se oyen más claramente los ecos de líderes sensatos de segundo nivel, como el presidente del gobierno español Pedro Sánchez, el primer ministro canadiense Mark Carney y el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. Sus argumentos pacifistas y transformadores abren un tragaluz de optimismo en medio de la locura violenta de los camajanes.
No sé si el mundo saldrá avante de la encrucijada en que lo metieron los intereses personalistas, étnicos, imperialistas y económicos de los grandes responsables de esta catástrofe. Tampoco está en nuestras manos salvarlo.
Pero los colombianos sí podemos llegar a algunos acuerdos para adelantar una lucha común contra la pobreza, la corrupción y la polarización.
Mujeres periodistas
Falleció Lucy Nieto de Samper, y prácticamente todos los órganos de información la despidieron con pesar y cariño. No era para menos. Desde 1963 hasta 2022 examinó la actualidad nacional e internacional en sus escritos y fue una de las columnistas más leídas del país. Hija y madre de sobresalientes periodistas, sobrepasó los cien años llena de interés por su entorno.
Al lamentar su desaparición, nada más justo que recordar con ella a las pioneras de nuestros medios de comunicación. A riesgo de olvidar figuras claves, hay que mencionar quizás a la primera: Soledad Acosta de Samper en el siglo XIX. Décadas después siguieron otras nacidas en la primera parte del siglo XX (en orden alfabético): María Carrizosa de Umaña, Cecilia Fonseca de Ibáñez, Inés Gutiérrez de Montaña, Anna Kipper, Elvira Mendoza, Sofía Ospina de Navarro, Emilia Pardo Umaña, Flor Romero de Nohra, Ofelia Romero de Wills, Consuelo Salgar de Montejo, Gloria Valencia de Castaño, Maruja Vieira, Clara Zawadaski y otras que lamentablemente se me escapan.
A ellas siguió una ola, la de mi generación, procedente, sobre todo, de las universidades, que encabezó la toma de los medios por mujeres preparadas y valerosas. Son tan sardinas mis contemporáneas que no caben en aquel escuadrón inaugural que irrumpió hace más de medio siglo en la prensa y del que aún están activas, salvo equivocación, Gloria Pachón de Galán y Teresa Tita Manotas de Cepeda, esta última una verdadera turbina que sigue ocupándose de la vida cultural de Barranquilla.
Impuntualidad = insulto
Parece increíble que cuando ya el sol se pone sobre su mandato, Gustavo Petro aún no haya aprendido mínimas lecciones de cortesía que, en el sensible mundo de los protocolos, son parte esencial de las buenas relaciones humanas e internacionales.
En días pasados, Colombia fue sede del foro económico CELAC-África al cual asistieron, entre otros, los presidentes de Brasil, Lula da Silva, y Uruguay, Yamandú Orsi. Petro apareció con más de cuatro horas de retraso en el centro de convenciones donde se realizó la asamblea, lo que, por supuesto, constituyó un desaire con las delegaciones invitadas.
Ignoro si adujo que no lo despertaron a tiempo, que se olvidó de la cita o que, como otras veces, estaba ocupado “estaba explicando a Hegel”. ¡Pobre Hegel!
