Elucubraciones. La política, espectáculo.

Una de las celebraciones políticas de la semana. Foto La Patria

Por: Eduardo Aristizábal Peláez.

La actual contienda electoral por la Presidencia de la República en Colombia no deja de ser extraña y preocupante. Lo que debería ser un ejercicio de reflexión política, inspirado en las bases que nos legaron Sócrates, Platón, Aristóteles, Cicerón y tantos otros pensadores, se ha transformado en un carrusel de chismes y vanidades. Los programas de gobierno, los principios partidistas y las propuestas serias han quedado relegados a un segundo plano, sustituidos por titulares triviales y anécdotas personales.

No es nuevo que la política se vea tentada por el espectáculo. En la Roma republicana, Cicerón advertía que el populismo y la demagogia podían vaciar de contenido la vida pública. En la Grecia clásica, Platón denunciaba que la política sin filosofía se convertía en mera retórica, incapaz de guiar a la polis hacia el bien común. Hoy, en Colombia, asistimos a un escenario similar, candidatos que cambian de credo según la conveniencia, fórmulas vicepresidenciales escogidas más por impacto mediático que por coherencia programática, relaciondes sentimentales convertidas en noticia política.

La democracia no puede reducirse a un reality show. La historia enseña que cuando los pueblos olvidan los principios serios de la política, la justicia, la equidad, la responsabilidad social, terminan debilitando sus instituciones. La República romana cayó en manos de los emperadores cuando el Senado se convirtió en un teatro de vanidades. La democracia ateniense se desmoronó cuando la retórica vacía sustituyó al debate filosófico.

Colombia necesita recuperar la esencia de la política como servicio público. Los ciudadanos merecen conocer propuestas claras sobre educación, justicia, economía, seguridad y medio ambiente. Merecen escuchar debates profundos sobre el rumbo del país, no chismes de alcoba ni espectáculos de campaña. La política, recordemos, es el arte de gobernar para el bien común, no un concurso de popularidad.

Esta columna es una invitación a la reflexión. Que los medios, los candidatos y los ciudadanos exijan altura en el debate. Que volvamos a mirar la política con la seriedad que merece, porque de ello depende no solo el futuro inmediato de Colombia, sino la dignidad de nuestra democracia.

La política no puede seguir reducida a un espectáculo de trivialidades. Si los candidatos insisten en convertir la campaña en un concurso de vanidades y si los ciudadanos aceptan ese juego, el costo será la degradación de la democracia misma. Colombia no necesita más chismes ni gestos mediáticos, necesita proyectos serios, coherencia ideológica y compromiso con el bien común. De lo contrario, el vacío de principios abrirá la puerta a la improvisación y al autoritarismo. La historia ya nos ha mostrado las consecuencias de sociedades que renunciaron a la seriedad política; no repitamos ese error.

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