Terruñear es un arte

Los pueblos, nostalgias desde lejos aunque estemos cerca. Foto Google

Por Óscar Domínguez Giraldo

Terruñear es visitar Montebello, donde nací, y Versalles, donde desperté a la vida en la huerta de mi casa con un espantapájaros mirándome fijamente a los ojos. Es tocar piano con los dedos de los pies sobre el tablado del más que centenario Puente de Occidente con el Cauca Río a los pies.

Es ir a regiones del campo como Santa Bárbara donde si a usted no le gusta equis arcoiris se lo cambian por otro, y le enciman los mejores mangos del mundo.  Es hablar con misiá Emperatriz Botero en la plaza de Jericó. Es tan buena cachadora que se hace visita a sí misma.  Es remplazar el ruido de la gran ciudad por la dialéctica de los arroyos campesinos tapizados de musgos verdes de todos los colores. En Cocorná no le niegan una quebrada a nadie. Lo dicen sus charcos, pequeños cartagenas sin mar.

Es tomar “postrera” de vaca topa (sin cachos), directamente de la ubre a la boca, acompañada de arepas de pelao como las que preparan las González, de Fátima, en predios de La Ceja.

Es visitar el municipio de Guadalupe donde vivía don Otilio Londoño, de 95 años, quien debía su longevidad a su profesión de enamorado: Esposa que se le moría, esposa que remplazaba. Londoño decía que los matrimonios duran más mientras más fiel sea… la mujer. Reveló la fórmula para que el matrimonio sea eterno: Que ELLA diga siempre sí.

En Guadalupe, un bus escalera con cargaderas, también llamado teleférico o garrocha, transporta a los montañeros en menos de cinco minutos del frío al calor a través del abismo.

Terruñear es pedirle al Caído de Girardota o a la Chinca, de La Estrella – a cuál más teso para hacer milagros-, que los guerrillos vuelvan chatarra sus  fierros. Si hizo primero de primaria en La Estrella, como yo, le figuró selfi.

Óleo del Puente de Occidente, por Gloria Luz Duque Ochoa.

Tan exquisito como su gente es el paisaje de Santa Rosa de Osos. La medicina naturista está en mora de recetar gotas de paisaje santarrosano para volver hilachas el estrés citadino. Cuando vaya a la tierra de Barba Jacob atragántese de chorizos y pandequesos. Y pídale una medallita a alguno de los tantos curas que allí se fabrican en serie.

Terruñear es conocer en el kiosco de la plaza de El Retiro a «Chamizo», dueño de la única guardería para boas que hay en el mundo. Sus boas tienen el mismo nombre de su mujer: Margarita. O al revés.

Es descubrir en algún centro comercial de oriente que los poetas terminan pareciéndose a sus versos. Lo constaté al toparme con mi exprofesor de preceptiva literaria en el Colombiano de Educación.

Al sentarse a la mesa, terruñear es repetir la frase que solía decir el prolífico don Ricardo Jaramillo, de Envigado, vecino de Fernando González, cuando iba a comer: «Hagámonos matar de estos frisoles con coles».

Es conocer que una monjita hecha en Jericó acuñó la expresión «estar enfermo de la fe de bautismo», como sinónimo de vejez. Es comprar los bizcochuelos del Espíritu Santo que preparan las monjas de clausura del barrio Mesa, de Envigado. Pregunten por la madre Margarita, de san Pedro, dueña de la receta para hornearlos.

Es conocer, en Cocorná, Antioquia, a la madre Teresa de Calcuta del ajedrez. Se llama Ramiro Soto Ríos. Demuestra la existencia de Dios a partir de la apertura peón-rey.

Es «tanquiar» para todo el año comiendo buñuelos de Rosa Rubiela en san Antonio de Pereira (=Ríonegro), o de doña Beiba y doña Inés, en Fátima, la otra vereda de los sueños, en La Ceja adentro.

Es recitar de Gregorio Gutiérrez González, cerca de algún fogón montañero: “Salve, segunda trinidad bendita, salve, frijoles, mazamorra, arepa, con nombraros no más se siente hambre, no muera yo sin que otra vez os vea”. Si no ha visto amanecer o atardecer en Ojo de Agua, Rionegro, que le devuelvan la plata. Terruñear es untarse de historia en San Antonio de Pereira, escenario de la novela Lejos del Nido, de Juan José Botero.  

En el marco de la plaza de Támesis, debajo de un madroño, suele sentarse a tomar tinto el doble del Nobel de Aracataca. Aproveche la visita a Támesis para volverse ducho en petrogrifos y comprar las famosas colaciones.  ¿Necesita un pensador? En el Bar Baco, arribita de la plaza, en el mismito Támesis, se puede topar con un mechudo devoto-zen que se pasa horas despachando una copa de vino en compañía de sus satánicas majestades los Rolling Stones. “¿Usted qué hace?”, le pregunté al pensador: «Pienso», respondió lacónicamente. Y el Rodín de Támesis siguió existiendo.

Terruñear es desatrasarse de nostalgias atisbando rostros conocidos o por conocer, mirando paisajes siempre vírgenes o calles mil veces barridas por el viento y su carnal el olvido.

Es desestresarse sabiendo que a la hora en que visita el imponente Salto del Buey, entre La Ceja, Abejorral y Montebello, hay gente en las oficinas triturando horarios. Es sembrar una ceiba de un piecito robado en el marco de la plaza de Caramanta, cerca de donde nació Tartarín Moreira.

Es caminar por caminos de herradura con 200 años de historia al lado de espantos que hablan el lenguaje de las sombras.  Es leer en algún recodo del camino el libro  «Viaje a Ixtlan», de Castaneda, donde encontré subrayada esta frase del brujo yaqui don Juan: «¿Cómo puede uno darse tanta importancia sabiendo que la muerte nos está acechando?».

(Notas pasadas por latonería y pintura).

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