Por Carlos Alberto Ospina M.
Uno de los ejercicios titulados “democrático” es fiel reflejo de la decadencia, la ridiculización y la falta de oficio. La pantomima del tal “gabinete en la sombra o alterno” no solo está conformada por fracasados, vagos, mediocres, resentidos e ineptos exfuncionarios del gobierno anterior, sino que parece cubierta con la carpa desgastada de un circo pueblerino.
Ninguno de los ensayados “ministros” dizque nombrados por los frustrados y adictos al desorden es autoridad moral para dar ejemplo de transparencia, conocimiento, cruzada decente, trabajo denodado y, en especial, de ética a toda prueba en su proceder.
Cada cual en su libre albedrío puede hacerse el pajazo mental, proceder a punta de sandeces a fin de superar la tusa del fiasco y pretender inventar un nuevo caos institucional. El hecho es que en el fondo siempre estará la macabra intención de implementar todas las formas de lucha que, en definitiva, van contra el bienestar de la población civil. La izquierda radical parte de la expresión coloquial “untado el dedo, untada toda la mano”, aunque ellos, en sí mismos, son la boñiga.
Igual que en plena pandemia confeccionaron, movilizaron y financiaron el mal llamado “estallido social”, hoy tienen la capacidad para fabricar espectáculos inútiles, como ellos. El ridículo en la política nacional no conoce techo, puesto que el nombrado “gabinete alterno” no pasa de ser un ejercicio de vanidad colectiva y lucha sin cuartel de egos alicaídos.
Mentiras que es una herramienta democrática, un espacio de reflexión o una instancia de control ciudadano. La realidad va por otro lado. No existe el mínimo atisbo de conciencia crítica dispuesta a señalar los errores del gobierno, porque da la impresión de que es más una colección de opinadores, travestis desesperados por salirse del clóset y políticos reciclados que no suscitan la admiración pública. Todos llevan la impresión sobre la camisa de andar por la vida sin pena ni gloria.
Apoderarse del Estado no convierte a nadie en estadista ni obtener un cargo otorga superioridad intelectual, y tampoco convierte a alguien en referente de integridad. La autoadulación no aporta a la democracia colombiana. Así que dictar lecciones desde ese imaginario pedestal nada tiene que ver con poseer credibilidad; en cierto modo, ilustra la incapacidad patológica para retirarse.Hay algo bastante divertido y es la solemnidad para anunciar el gabinete en la sombra de los nadie que ratifica que no existe una oposición seria, rigurosa y preparada capaz de desmontar argumentos con datos reales y no con poses de delatado sugar daddy. Al final, ciertos personajes confunden notoriedad con liderazgo, visibilidad con legitimidad y nostalgia con autoridad. Por lo visto, son como esos niños que se ponen una capa y creen que pueden volar.

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