Yo viajaba en ese tren

El choque de los trenes de alta velocidad en la provincia de Toledo, España

Antonio Jiménez Barca, periodista de EL PAÍS, se encontraba en la cafetería del AVE en el momento en que impactó en el Iryo. Relata los primeros momentos de caos

ANTONIO JIMÉNEZ BARCA

Pedí un café en la cafetería del tren a Sevilla. La camarera me lo sirvió. Otro camarero pregonó que estaba listo un sándwich mixto para alguien. Es lo último que recuerdo. Noté un empujón brutal del que no me acuerdo bien y sentí un golpe en la cabeza mientras me preguntaba qué pasaba. Después me vi en el suelo del vagón, en el otro extremo de la cafetería. Alguien dijo que era un accidente y eso me hizo reaccionar y comprender lo que me pasaba. Lo primero que pensé es que estaba bien, que no tenía nada roto, que me podía mover y hablar. Lo primero que pensé fue en llamar a mi mujer para informarla, pero me di cuenta de que había dejado el teléfono en la barra y había salido despedido. Por un milagro que aún no entiendo el móvil apareció a mi lado. Estaba lleno de sangre. Ahí caí en que estaba herido. “Un rasguño”, me dije. Y me lo creí. Con la voz más tranquila del mundo llamé a mi mujer y le conté lo que había sucedido, pero que a mí no me pasaba nada.

A mi lado, un hombre mayor respiraba con dificultad. Otro tenía el brazo roto. Un poco más allá, una mujer me pidió que le alcanzara su bolso, que estaba a mi lado. Yo me guardé mis gafas de sol, perfectamente inútiles en ese momento. Es curioso cómo reaccionas en situaciones así, la colección de gestos absurdos que haces, supongo que para tratar de devolver la realidad a su eje.

Salimos por un agujero que se había abierto en el vagón. Me sobrecogió el silencio, el paisaje precioso de almendros que se dibujaba a la primera luz de la mañana enfrente de nosotros.

Yo seguía pensando que había sido un accidente no muy grave. Hasta que oí, 15 metros a la derecha, a una mujer que lloraba a gritos. Cuando alguien llora así es que algo grave, horrible, monstruoso, acaba de pasar. 

Los servicios de emergencia atienden a las víctimas del accidente de trenes de Urda (Toledo).ANTONIO JIMÉNEZ BARCA

Me acordé del accidente de Adamuz, que yo cubrí como periodista. Me acordé de las víctimas con las que hablé, de los trenes retorcidos y no podía creer que yo estaba dentro de una tragedia parecida. Me invadió una sensación completa de irrealidad. Pero un hombre empapado de arriba abajo de un líquido que ni él ni yo sabíamos de dónde salió, con los ojos atiborrados de miedo, me sacó del ensimismamiento. Ayudé lo que pude, poco. Después llamé al periódico y les conté lo que pasaba, lo que nos pasaba. Durante un tiempo hice fotos, mandé audios y le conté a una compañera lo que veía para armar una crónica de urgencia. Trabajar de reportero, lo que he hecho toda la vida, también ayudaba a tratar de volver a colocar la realidad en su eje.

Pero esta vez era distinto. La gente se desperdigaba por el bosque de almendros. Muchos se sentaban apoyados en un árbol. Vi un hombre solo, de pie, en medio de las hileras de almendros, llorando. Me acerqué a él. Se fijó en mi herida, que sangraba mucho, y me contó que tenía tres hijos pequeños y que lloraba por ellos, porque había estado a punto de dejar de verlos para siempre. Sentí su desamparo, la confusión que mostraba en medio del bosque de almendros. Le abracé, le ordené que dejara de pensar en eso porque, simplemente, no tenía sentido y no servía. Me volvió a abrazar y dejó de llorar. Caminamos juntos hacia la vía. 

Empezaron a llegar guardias civiles, policías, bomberos, médicos, voluntarios. Alguno me dejó su móvil porque el mío no funcionaba bien por el golpe. Otro me ofreció un paquete de kleenex para limpiarme la herida. Me acerqué a lo más duro del accidente. El primer vagón, el más afectado, era un montón de hierros sin paredes extendido encima del campo, con maletas, cuerpos, ventanas rotas. Un hombre estaba sentado en su asiento, cubierto de sangre, mirando hacia los almendros. Todo era absurdo, irreal, alucinado. Me alejé. Ya había mucha gente ayudando y no iba a servir para mucho. 

Alguien se fijó en mi herida y me indicó que me desplazara hacia la izquierda, a una cola de gente que iba a ser trasladada al pueblo. Me puse en la fila. Un chico joven me dijo que había dejado a sus dos amigos en el vagón malheridos, después de que la policía le ordenara que abandonara el tren. Todo el mundo en esa maldita cola tenía una historia espeluznante que narraba con una frialdad aún más espeluznante. Yo me acordé del hombre malherido que apareció junto a mí justo después del golpe y me pregunté qué habría sido de él. No lo sé. Seguramente no lo sabré nunca.

Un vecino de un pueblo cercano nos trasladó en coche a un polideportivo de Urda. Allí me encontré con dos compañeros periodistas de EL PAÍS, compañeros míos, que hacían exactamente lo mismo que yo hice meses atrás en Adamuz y volví a experimentar la sensación intolerable de vivir en un mal sueño, de que ni yo —ni nadie— debería estar allí. 

Me curaron la herida y cuando me acerqué a una barra a pedir un café —el café que había saltado por los aires tres horas atrás— vi al hombre que lloraba en el bosque de almendros. Me acerqué a él. Nos abrazamos en silencio, sonriendo, sin hablar. Nos dijimos miles de cosas en un segundo. Se llama Antonio Lucena, es de Córdoba y tiene tres hijos pequeños.

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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