
El jesuita Francisco de Roux, expresidente de la Comisión de la Verdad, reflexiona sobre la llegada de Abelardo de la Espriella a la presidencia y sus constantes invocaciones a Dios, a Cristo Rey, a la Virgen de Fátima, a Trump y a las armas como fuentes de sus milagros y de su ejercicio del poder, y advierte sobre los riesgos de mezclar religión, militarismo y poder político en un país todavía atrapado en la polarización. Dice, además, que «la paz total fue un error» y que «la desobediencia civil puede ser necesaria para casos sólidamente pensados, pero no debe contribuir a que el país se reviente».
Por: Marta Ruiz
El jesuita Francisco de Roux, economista y expresidente de la Comisión de la Verdad, reflexiona sobre la llegada de Abelardo de la Espriella a la presidencia de Colombia y sus constantes invocaciones a Dios, a Cristo Rey, a la Virgen de Fátima, a Trump y a las armas como fuentes de sus milagros y de su ejercicio del poder.

CAMBIO: Padre Francisco, quisiera comenzar pidiéndole un mensaje para la Colombia que acaba de sufrir el terremoto del 10 de agosto y está en emergencia y duelo.
Francisco de Roux: En un momento en que el país está viviendo tanto dolor, uno no puede menos, sobre todo si viene de una experiencia cristiana profunda, que conmoverse ante Jesús al lado de quienes sufren. Y quienes venimos de la Comisión de la Verdad, como tú, Marta, y yo, donde vivimos juntos el dolor humano de Colombia y la sangre del pueblo colombiano por la violencia, tampoco podemos permanecer indiferentes.
Ahora que he visto al presidente Abelardo de la Espriella enfrentarse con la profundidad del dolor de Colombia, me parece muy valioso que haya llegado al territorio y permanecido allí durante toda la semana, porque eso ayuda a comprender. Hay algo que le dijo Rodolfo Londoño, el capellán de Presidencia: usted tiene que mezclarse con la profundidad del dolor colombiano hasta llegar a “oler a oveja”, como decía el papa Francisco.
CAMBIO: Abelardo de la Espriella acaba de comenzar su gobierno. ¿Cuál es su impresión sobre este primer momento?
F.D.R: La primera percepción que tuve fue compleja. Por una parte, sentí que lo que estaba pasando causaba alegría y tranquilidad entre quienes votaron por Abelardo; confusión y preocupación entre quienes votaron en blanco; y confrontación y enorme preocupación entre quienes votaron por Iván Cepeda. Yo me he sentido parte de esos sentimientos complejos.
El país está profundamente dividido. La verdad que nos arrojaron las elecciones es que en Colombia no solamente hay dos maneras diferentes de vivir el país, sino que, de lado y lado, hay gente buena. En esos dos lados existen miradas muy distintas sobre el país: cómo desarrollarlo, cómo integrar las regiones, cómo unir la seguridad con la paz, cómo cuidar el medio ambiente, cómo situarse en el contexto internacional y cómo integrar a las poblaciones negras e indígenas.

El punto ahora es ver cómo logramos configurar esas diferencias dentro de un espíritu que nos saque de la tremenda polarización que hay en Colombia.
«Usted tiene que mezclarse con la profundidad del dolor colombiano hasta llegar a ‘oler a oveja’, como decía el papa Francisco».
CAMBIO: El proyecto que acaba de ganar las elecciones es muy radical, y probablemente el que se le oponía también lo era. ¿Cómo llegamos a estar tan divididos?
F.D.R: Marta, el acuerdo de paz con las FARC fue un acuerdo extraordinario. El acuerdo terminó la guerra armada, pero dejó a Colombia en una guerra política que no se ha resuelto después del acuerdo de paz. Estamos en una piscina emocional de odios, señalamientos, inaceptación y trato del otro de la manera más fuerte posible.
A mí me preocupa el escenario que vi el día de la posesión. Aquí continuamos en la confrontación. Y si uno escucha el discurso del presidente, encuentra una invitación a enfrentar a todos y la idea de que esto se va a solucionar con los militares. Eso me preocupa mucho.
CAMBIO: El presidente ha dicho que se acabó el diálogo y que lo que viene es una política de fuerza. ¿Cuáles son los riesgos de un modelo militarista y qué reflexiones le deja su experiencia en la Comisión de la Verdad?
F.D.R: Quiero dar dos respuestas: una sobre el militarismo y otra sobre el diálogo.
¿Qué pasa con el militarismo? Yo estoy de acuerdo con los militares. Un país necesita eso que se llama law enforcement, es decir, instituciones que hagan cumplir la ley.
Me pareció muy bien cómo se llevó el acuerdo de La Habana y la forma como se desarrollaron las negociaciones. Había negociación y había guerra. Eran unos militares que trabajaban por la paz y estaban dirigidos por el gobierno que conducía la paz. En un punto se declaró el cese al fuego total y se procedió a concluir las negociaciones.
Eso no se hizo con la llamada paz total. La paz total fue un error. Por eso los militares dejaron de actuar y se consolidaron empresas criminales en los territorios.

Pero quisiera detenerme en el militarismo. El militarismo es la sacralización de lo militar, y eso es gravísimo, porque lo único sagrado realmente es el ser humano.
Esa sacralización de lo militar ha llevado a cosas brutales. Basta mirar las guerras que seguimos viviendo hoy y aquello que vio el presidente Eisenhower en Estados Unidos: la construcción de un complejo militar-industrial dominado por las grandes firmas de producción de armas.
Esas grandes empresas terminan teniendo una enorme influencia sobre la política y pueden poner a presidentes y congresistas en función de apoyar guerras. Y eso nos ha llevado a la necesidad de producir cada vez más armas.
Tenemos hoy varios países con armas nucleares, entre ellos Israel. Y Colombia puede terminar mirando hacia allá o buscando alianzas con países que las tienen, para meternos en esa locura.
El papa Francisco I decía que no hay guerras justas, que cualquier guerra en este momento es contraria a lo que Dios quiere. Y quien mata a un ser humano es como si hubiera matado a toda la humanidad.
Y eso también lo está diciendo el papa León XIV, directamente a Trump: hay que ir al diálogo.Las cosas tienen que solucionarse mediante el diálogo. La guerra contra Gaza no tiene sentido. La solución es política.
«Yo estoy de acuerdo con los militares. Un país necesita (…) instituciones que hagan cumplir la ley. Me pareció muy bien cómo se llevó el acuerdo de La Habana (…) Había negociación y había guerra. Eran unos militares que trabajaban por la paz y estaban dirigidos por el gobierno que conducía la paz. En un punto se declaró el cese al fuego total y se procedió a concluir las negociaciones. Eso no se hizo con la llamada paz total. La paz total fue un error».
CAMBIO: Pero lo que vemos es una simbología religiosa vinculada a una simbología de guerra. ¿Acaso los símbolos religiosos son útiles tanto para la paz como para la guerra?
F.D.R: Sé que muchos católicos y muchos cristianos en Colombia están felices de ver que, durante la toma presidencial, se apagaron las luces y apareció una Virgen de Fátima coronada. Esa Virgen ha sido utilizada por la extrema derecha en distintos momentos. Ha sido utilizada comouna bandera anticomunista, porque se creó la ideología de que la oposición era comunista.
Eso hace parte de la guerra política y de la falta de paz política que ha habido en el país. Pero María de Nazaret fue una mujer pobre, una mujer que no aceptó ni quiso ninguna forma de poder. En el Magníficat dice que Dios levantó a los pobres del suelo y humilló a los poderosos.
¿Qué hace la Virgen María allí? ¿Qué hace nuestra Señora allí? Y luego nos encontramos ese escenario ante los militares gritando que el tigre va a actuar y que el tigre va a morder, y termina gritando “¡Viva Cristo Rey!”, es una mezcla que me duele profundamente.

CAMBIO: ¿Por qué le duele particularmente lo de “Cristo Rey”?
F.D.R: Porque Jesús se opuso completamente a lo militar. Jesús es la expresión de una manifestación del misterio de Dios que niega profundamente lo militar. Es la expresión de un Dios absolutamente desarmado.
Es el grito del papa León cuando inicia su pontificado: “La paz con ustedes”. La paz desarmada y desarmante. Eso lo va a llevar a una confrontación con Trump, cuando le dice directamente: usted no puede tratar militarmente a los migrantes, no puede tratarlos policialmente. Son seres humanos igual que usted.
Ahí hay un problema de fondo. Y puesto en la piscina colombiana de los sentimientos de guerra, es muy delicado.
CAMBIO: Entonces, ¿hay una instrumentalización de la religión para objetivos políticos e ideológicos? Porque De la Espriella era ateo y de manera reciente se convirtió.
F.D.R: Uno tiene que creerle a la gente lo que dice. Yo creo que la conversión de Abelardo es verdadera y creo que eso hay que respetarlo inmensamente.
Pero la mezcla de eso, de una manera tan descomunal, con la política, me parece extraordinariamente delicada y una absoluta falta de claridad.
Cuando veo al presidente yendo a los santuarios y haciendo, por ejemplo, lo que hizo en Buga, un espectáculo para mostrar su conversión, me preocupa porque inmediatamente pienso en Jesús.
Jesús decía: cuando ustedes vayan a orar, no sean como los fariseos que salen a orar en las calles y en los lugares públicos para que la gente los vea. Váyanse a su cuarto, cierren la puerta y pónganse en silencio delante de Dios.
Recuerdo también a Jesús diciendo: si vienes a un santuario a traer una ofrenda y te das cuenta de que tienes algo contra tu hermano, deja la ofrenda allí y ve primero a reconciliarte con tu hermano.

«La desobediencia civil puede ser necesaria para casos sólidamente pensados, pero no debe contribuir a que el país se reviente»
CAMBIO: En esa matriz religiosa del presidente existe también la promesa de convertir a Colombia en un milagro. ¿Existen los milagros?
F.D.R: Hay un milagro cuando permitimos que Dios haga lo que Dios quiere. Y si Dios quiere algo, es la unión de todos los colombianos, la aceptación entre todos, la paz y la reconciliación. Pero la reconciliación no va a ser un milagro del Señor de los Milagros de Buga, ni del Señor de Monserrate, ni de San Pedro Claver. Si nosotros no hacemos la paz entre nosotros, nadie va a hacer la paz en Colombia.
Si los colombianos quieren seguir en la piscina del odio y los señalamientos, se jodieron, porque Dios no les va a arreglar eso.
Y si quieren seguir en el militarismo —no en los militares de la paz, sino en el militarismo que dice que esto se soluciona con la guerra—, se jodieron, porque Dios tampoco va a arreglar eso.
CAMBIO: ¿Está usted de acuerdo con el Estado laico?
F.D.R: He visto que han estado discutiendo constitucionalmente si Colombia es o no es un Estado laico. Lo que puedo decir es que no estoy de acuerdo con la utilización de los símbolos religiosos, y además mal utilizados, para imponer una teoría política que puede ser legítima, pero que no debe mezclarse con Dios.
La utilización de Dios en la política es lo más peligroso.
Mire lo que le pasó a Franco en España, que gobernó utilizando símbolos religiosos y terminó enterrado en el Valle de los Caídos, en una basílica, y el pueblo español terminó rechazando profundamente esa utilización de lo religioso.
En México ocurrió algo parecido con la guerra de los cristeros. Se produjo una ruptura mucho más allá de la discusión sobre el Estado laico, con prohibiciones incluso para que los sacerdotes se vistieran como sacerdotes.
Esas cosas producen una magnificación de lo religioso, como han producido las guerras religiosas en el mundo.

CAMBIO: ¿Cómo ve usted la adhesión que parece tener el presidente Abelardo de la Espriella a la política de seguridad de Trump, a su alineamiento con Israel y Estados Unidos?
F.D.R: A mí me causa más que preocupación. Estoy convencido de que Trump es una desgracia para Estados Unidos, para el pueblo americano que quiero mucho y para la intelectualidad americana.
Es un hombre con contradicciones éticas muy profundas, con muchísimas mentiras, que destruye la democracia y que sigue negando la elección que hicieron los demócratas cuando tomaron el poder. También está relacionado con el episodio de la invasión al Capitolio, donde hubo muertos, y ha premiado a quienes participaron en esos hechos.
Además, está involucrado en la guerra de Irán y es absolutamente cómplice de la destrucción de Gaza. Nunca se puede olvidar el ataque de Hamás que mató a personas y tomó rehenes, pero responder a eso acabando completamente con un pueblo me parece gravísimo.
Trump está completamente metido en el complejo militar-industrial. Al comienzo de su presidencia dijo que iba a hacer un gobierno de paz, pero rápidamente fue absorbido por las grandes empresas que mueven no solamente la economía norteamericana, sino una parte fundamental de la economía mundial.
Estamos hablando de la inteligencia artificial, de la manipulación de la biosfera y de armas que pueden matar directamente sin necesidad de que haya personas manejándolas.
Estamos hablando de la guerra como negocio, como un gran negocio. Y en Colombia eso también puede convertirse en un negocio.
Si llegan grandes cantidades de dinero, como ocurrió con el Plan Colombia, uno puede esperar que una parte importante de esos recursos termine vinculada a armas manejadas por inteligencia artificial para atacar directamente donde se considere que puede haber resultados inmediatos.
Lo grave es que hoy las empresas criminales internacionales también pueden comprar las mismas armas o cosas parecidas. Podemos convertir esto en un incendio.
Y la insistencia de Trump en la unipolaridad de Estados Unidos y en que su proyecto debe extenderse por el mundo es muy preocupante. Es un gran olvido de la grandeza de esa nación.
«La utilización de Dios en la política es lo más peligroso».
CAMBIO: Uno de los pilares que soportan al presidente De la Espriella es el sector privado. ¿Por qué los empresarios le apuestan poco a la paz y son tan entusiastas con las salidas de fuerza y la mano dura?
F.D.R: Porque para el sector privado la seguridad, la estabilidad de largo plazo son absolutamente necesarias. Quiere seguridad no solamente a cuatro años, sino a diez o treinta años, porque apuesta capitales productivos cuya recuperación necesita años de desarrollo. Pero un país constantemente en guerra no ofrece esas garantías.
Mi sensación, viendo otros países que estuvieron en guerras terribles y salieron de situaciones muy difíciles, tanto en Europa después de la Segunda Guerra Mundial como después de la Primera, es que empezaron a pensar que lo más importante era el pueblo, que lo más grande que tenemos es nuestra gente.
La gran inversión no puede ser solamente extractiva. Tenemos que construir un pueblo productivo y conectar a las empresas con la gente, con una educación muy seria: educación cultural, por supuesto, para conocer nuestra historia, pero también matemáticas, tecnología, formación empresarial e industrial y una visión de país.
Pero necesitamos un desarrollo económico dirigido por el Estado, no por las empresas ni por las élites, como ha ocurrido aquí. Que el Estado diga, desde un principio: vamos a desarrollar el Pacífico, pero no de una manera extractiva. Vamos a poner industrias en el Chocó, con la gente del Chocó; vamos a poner industrias en los Llanos y, además, vamos a proteger la naturaleza.
Eso no ha sido así.

CAMBIO: Muchos empresarios que tienen opiniones públicas dijeron, al terminar el gobierno de Petro, que “cesó la horrible noche”, considerando que fue un desastre para el mundo empresarial y privado. ¿Realmente les fue tan mal?
F.D.R: No les fue tan mal. La economía colombiana, excepto por el problema fiscal, que me parece delicado, sale muy bien parada para el sector privado, con utilidades muy buenas para las empresas.
Sin embargo, tienen razones para estar preocupados. La desconfianza sobre Colombia aumentó y también la desconfianza frente a la inversión que el país necesita.
CAMBIO: Ahora mismo una parte importante del gabinete viene de los gremios económicos, ¿existe un riesgo de conflicto de intereses?
F.D.R: Por supuesto que sí. Esos intereses están muy metidos dentro del Gobierno. Pero a mí eso me preocupa menos porque, de todas maneras, los empresarios son parte de la sociedad civil del país.
Yo estoy convencido de que los únicos que realmente crean valor son los empresarios. Incluso los empresarios criminales, los que manejan las mafias y los que están en esos territorios criminales.
Pero precisamente por eso tenemos que meter al mundo sano de la economía formal en la profundidad de Colombia. Hay que pedirles que no sigan haciendo inversiones de empresas colombianas en Estados Unidos, Perú, Chile, Bolivia o Centroamérica. La inversión hay que hacerla aquí, con la gente de aquí. Que dejen de tenerle miedo al pueblo, porque si no, no vamos a ninguna parte.
Y el Gobierno no puede estar gobernado por los empresarios ni por los gremios. Debe existir un Gobierno que dirija la economía y piense en Colombia.

CAMBIO: Otro campo de batalla que propone Abelardo de la Espriella es el cultural. Se habla de una “contrarrevolución cultural”. ¿Qué piensa de esto?
F.D.R: En primer lugar, me molesta mucho la utilización de la palabra “batalla” para hablar de la cultura en Colombia. Eso no tiene ningún sentido, porque nos vuelve a meter en la piscina del modo de guerra: a ver quién gana.
El esfuerzo de la Comisión de la Verdad estuvo muy ligado a eso: sintamos el inmenso sufrimiento de este pueblo. El papa Francisco, en Medellín, les dijo a los obispos que, si querían que hubiera tranquilidad y reconciliación, tenían que poner sus manos en el cuerpo ensangrentado de su pueblo.
Espero que esta entrada del presidente en contacto con un pueblo que está sufriendo el terremoto pueda ser realmente un misterio de la gracia y le ayude a ver cuál es la realidad del país.
Pero además ese pueblo grita por la paz.
CAMBIO: Pero también hay una parte del país que está contenta con la idea de la mano dura y que vuelva la guerra.
F.D.R: Por supuesto. Pero yo los invito que reconozcan el Acuerdo que firmaron el Estado Colombiano y las FARC, como lo ha hecho la ONU.
Fue un Estado que no estaba luchando por acabar con la gente, que no estaba diciendo “hay que matar a todos los insurgentes y perseguir a todos sus aliados”, sino un Estado que estaba luchando por acabar con la guerra. Y lo consiguió.
Eso no se hizo con la paz total. Por eso la gente se enfureció más con la paz total: porque creó más intranquilidad e inseguridad en el país. Las víctimas siguieron creciendo.

CAMBIO: Parte de esta batalla cultural tiene que ver con modificar el sentido común de la gente. Hay también un componente negacionista frente a lo ocurrido durante la guerra y frente a la responsabilidad del Estado en muchas violaciones de derechos humanos.
F.D.R: Es cierto. En la misma posición del presidente ya resuena esa idea del Estado bueno, democrático, del país del orden atacado por unos terroristas.
Yo estoy convencido de que la guerra en Colombia no nos dejó nada: ni la guerra de la guerrilla ni la guerra del Estado pensando que podía arreglarlo todo eliminando al enemigo. Al contrario, los problemas se hicieron cada vez más graves.
Ahí están los grandes problemas que, si no se solucionan, vuelven a alimentar el conflicto armado: el narcotráfico, la corrupción, la impunidad, la destrucción de la naturaleza y una economía agresiva contra la naturaleza.
Si esos problemas no se arreglan y no reconstruimos la arquitectura del Estado, estas cosas van a continuar.
Y eso nos lleva al negacionismo al que te acabas de referir. La guerrilla cometió gravísimos crímenes de guerra y de lesa humanidad, pero el Estado colombiano, con grandes complicidades con el paramilitarismo, también cometió crímenes atroces. Eso está a la vista del mundo, de Naciones Unidas y de la historia que se haga sobre Colombia.
Si nosotros no asumimos eso, más allá de señalarnos, o decir quién es el malo, no podremos construir un país distinto, donde no haya más máquinas de producir víctimas.
CAMBIO: Ese escenario que usted plantea parece cada vez más lejano porque estamos cada vez más polarizados. En la Comisión de la Verdad usted habló de la Paz Grande. ¿Dónde quedó ese llamado?
F.D.R: Se la pedimos a Petro. Fue la primera idea de nuestras recomendaciones y atraviesa todas ellas. Pero Petro rápidamente entró en una posición adversarial y de confrontación y fue parte de la polarización del país.

CAMBIO: Y en medio de ese vacío de paz política ¿qué pasó con esa sociedad civil?
F.D.R: Los partidos políticos son muy importantes hoy en día a nivel mundial, pero están totalmente desprestigiados porque están preocupados sobre todo por las elecciones, pero no dan respuesta a las transformaciones científicas y tecnológicas que sacuden este mundo.
La gente tampoco encuentra respuestas en los congresos, ni en la manera como se administra la justicia, ni en las instituciones nacionales o internacionales. Y por eso la sociedad comienza a pensar: ¿qué podemos hacer?
Para la gente lo que importa son sus hijos, sus nietos y el futuro de su territorio. Que sus bosques no se acaben y que el agua no se acabe.
Yo sí creo que, en este momento del mundo, la sociedad civil mundial está viendo que las cosas tienen que encontrar otros caminos.
Pero esa sociedad es muy frágil y muy manipulable cuando se utiliza el miedo, el terror o el discurso de la inseguridad, si no se comprende que seguridad y paz van juntas siempre.
Entonces aparecen líderes como Trump, Milei o el presidente de El Salvador, que dicen: “Yo traigo aquí la solución. Las instituciones no funcionan y yo les arreglo todo”.
Y, por supuesto, tienen que ser soluciones muy verticales y soluciones de fuerza. Funcionan en el corto plazo, pero la cosa es muchísimo más profunda.
CAMBIO: ¿Cómo podemos conservar una conciencia, una empatía y un pensamiento propio en un mundo tan manipulable por los algoritmos y por tecnologías dominadas por un puñado de tecnócratas?
F.D.R: El Papa lo entiende inmediatamente. Por eso se inspira en Rerum Novarum, porque estamos frente a algo profundamente nuevo. Su primera encíclica -Magnifica Humanidad- plantea que aquí hay un problema profundísimo que viene contra la dignidad humana.
No es aceptable que las máquinas lleguen a decidir las cosas por los hombres y las mujeres. No es aceptable que lleguemos a la locura de que, por voluntad de unos pocos, el mundo se maneje mediante guerras dirigidas por inteligencia artificial o gobiernos de la inteligencia artificial.
Y gobiernos que, a su vez, sean manejados por grandes empresas.

Para el desarrollo de ese tipo de inteligencia están llegando enormes recursos de las grandes empresas de la guerra, porque se están desarrollando tecnologías para gobernar el mundo a través de armas cada vez más potentes, que permitan atacar al otro con menor riesgo para quien las utiliza.
La inteligencia artificial está recibiendo cada vez más dinero. El complejo militar-industrial se está dirigiendo hacia allá.
«Yo estoy convencido de que los únicos que realmente crean valor son los empresarios.«.
En esto el Papa es muy visionario. Dice: lo primero es el ser humano. Lo primero es la grandeza de la humanidad, no la grandeza de un país o de una nación.
Está hablando de algo que también decía el papa Francisco: en lugar de volver a los nacionalismos radicales, a los grandes proyectos de hegemonía, tenemos que crear una comunidad mundial con confianza y acabar con las armas nucleares y con cualquier cosa que pueda dominar sobre la alegría, la espiritualidad y la profundidad del ser humano.
CAMBIO: Frente a esos enormes desafíos hay sectores de la oposición que llaman a la desobediencia civil. ¿Qué mensaje le daría a la oposición?
F.D.R: Les invitaría a mantener una actitud constructiva, a que esto no nos lleve de ninguna forma a profundizar ahora la guerra política y, muy posiblemente, a volver a poner en marcha la fábrica de víctimas.
Les invitaría, por supuesto, a estar atentos a todas las cosas que tocan la dignidad humana, que destruyen los derechos humanos y que impiden que la vida tranquila de la gente, especialmente la gente de la base, sea posible en el país.
Me parece muy importante utilizar la no violencia activa en los momentos oportunos. La desobediencia civil puede ser necesaria para casos sólidamente pensados, pero no debe contribuir a que el país se reviente. Debe ayudar a que el país comprenda.
Desde el lado de la oposición hay que entender que la vara está muy alta. El escenario en que comienza esta nueva presidencia es muy confrontativo. Pero justamente, por el bien de este país, hay que estar dispuestos al diálogo y demostrar que el diálogo, como lo piden los papas, es absolutamente necesario en Colombia.

CAMBIO: Finalmente, ¿qué quisiera decirle al oído al presidente Abelardo de la Espriella?
F.D.R: Yo quisiera decirle: no piense en Trump ni en ese mundo de Trump, para resolver desde afuera los problemas del pueblo colombiano.
Crea en el pueblo colombiano. Métase en el pueblo colombiano en profundidad. Confíe en los muchachos que participaron en el famoso estallido social. Confíe en los indígenas. Confíe en las multitudes afrocolombianas. Confíe en los pequeños empresarios.
Confíe también, por supuesto, en los empresarios, que usted los tiene cerca, pero conduzca hacia donde el pueblo quiere.
El pueblo quiere ver a Colombia produciendo valor, no para las empresas criminales, sino con desarrollos industriales en el Cauca y en otras regiones, y produciendo el valor de la naturaleza, que es el valor que nos hace vivir mucho más felices.
Crea en la gente de aquí. Confíe en el acercamiento a la gente con este terremoto. Póngase en eso. No tenga miedo. Allí está el futuro de este país.
Y, por favor, por favor, eso sí se lo digo de todo corazón: no utilice las imágenes religiosas, el grito de “Cristo Rey”, para entusiasmar una especie de guerra religiosa. No haga eso. Eso destruye lo más profundo de la experiencia espiritual y desvaloriza completamente el catolicismo.

Yo estoy convencido de que los únicos que realmente crean valor son los empresarios.
Hay que pedirles que no sigan haciendo inversiones de empresas colombianas en Estados Unidos, Perú, Chile, Bolivia o Centroamérica. La inversión hay que hacerla aquí, con la gente de aquí.
No estoy de acuerdo con la utilización de los símbolos religiosos, y además mal utilizados, para imponer una teoría política que puede ser legítima, pero que no debe mezclarse con Dios.
La utilización de Dios en la política es lo más peligroso.
Jesús decía: cuando ustedes vayan a orar, no sean como los fariseos que salen a orar en las calles y en los lugares públicos para que la gente los vea.
Cuando veo al presidente yendo a los santuarios y haciendo, por ejemplo, lo que hizo en Buga, un espectáculo para mostrar su conversión, me preocupa porque inmediatamente pienso en Jesús.
El papa Francisco I decía que no hay guerras justas, que cualquier guerra en este momento es contraria a lo que Dios quiere.
Y eso también lo está diciendo el papa León XIV, directamente a Trump: hay que ir al diálogo.
Esas grandes empresas terminan teniendo una enorme influencia sobre la política y pueden poner a presidentes y congresistas en función de apoyar guerras.
La verdad que nos arrojaron las elecciones es que en Colombia no solamente hay dos maneras diferentes de vivir el país, sino que, de lado y lado, hay gente buena.
Ahora que he visto al presidente Abelardo de la Espriella enfrentarse con la profundidad del dolor de Colombia, me parece muy valioso que haya llegado al territorio y permanecido allí durante toda la semana, porque eso ayuda a comprender. Hay algo que le dijo Rodolfo Londoño, el capellán de Presidencia: usted tiene que mezclarse con la profundidad del dolor colombiano hasta llegar a “oler a oveja”, como decía el papa Francisco.

La sabiduría es la mayor enemiga de la injusticia en todos los ordenes