Por Óscar Domínguez Giraldo
Cumpliría 100 años este 1º. de junio día de san Pánfilo, presbítero y no por ello virgen. Los miembros de la Asociación de Devotos Fetichistas de Marilyn Monroe, ADFMM, que me honro en presidir, nos reunimos virtualmente el día de su cumpleaños. Y el de su muerte, a los 36 años, el 4 de agosto (1962). Solemos admitir en ambas ocasiones que “tenía la edad de nuestros sueños eróticos”. De los que mueren temprano se dice que son mimados por los dioses.
En las fotos que le tomó Ed Klark para la revista Life la Monroe tenía 24 años y empezaba a figurar en filmes como La jungla del asfalto, de John Houston, y Eva al desnudo. Fueron pequeños papeles que la pusieron en la mira del público. Y de otros productores y potentados como Howard Hugues, quien ficharla para RKA Pictures. Norman Jean Mortenson, su nombre original, le puso los cuernos laborales con la competencia y firmó con la 20th Cetury Fox.
Conocí (¿¡) a Marilyn en esas célebres fotos. En ellas, Marilyn – sinfonía en azul, nacida en Los Ángeles- emerge de una piscina llevando encima únicamente su Chanel No. 5 y sus espléndidos centímetros: 94-58-90. (La leyenda, o su carnal la realidad, dicen que no usaba ropa interior. ¿Pa qué diablos?). Este número telefónico anatómico llevó a los circunspectos japoneses a ponerle el mote de «el trasero que canta». Décadas después de haber “sido recogida por el silencio”, sigue ganando batallas eróticas. Las fotos de Clark son prueba de ello.
En aquel tiempo, había que sobornar a los porteros de los cinemas de barrio para ver algunas de las películas de MM. “Qué atropello a la razón”.
Si los caballeros “las prefieren rubias”, como la gringuita, ella los prefería «tiernos y delicados», según le confesó a su amigo el novelista Truman Capote en el funeral de la actriz Constance Collier, quien había dicho de la leyenda: “No sé por qué, pero me parece que no llegará a vieja”.
Como en amores platónicos la modestia no es mi fuerte, confieso que me sentí aludido con lo de «tierno y delicado», expresiones que utiliza en “Música para camaleones”, de Mr. Truman.
En otra ocasión me tocó fingir calma cuando la oí cantarle el sensual «japiberdituyú» al presidente Kennedy el 16 de mayo de 1962 en el Madison Square Garden de Nueva York. Ese día su esposa, Jacqueline Kennedy, estaba en otra parroquia. La diva murió se suicidó tres meses después. Sus amores John y Robert Kennedy, hermanos, fueron asesinados.
También agoté las gotas de valeriana cuando descubrí que mi sexapil no aparecía en la lista de los 10 hombres con los cuales le habría gustado hacer el amor y no la guerra de Viet Nam.

El artista yarumaleño Iván Darío Gil en su taller, con el el mosaico de Marilyn Monroe.
Es más: confieso que me dio un ataque de disfunción eréctil cuando descubrí que entre la lista de los privilegiados mencionados estaba un tal Albert Einstein. «Definitivamente, en erotismo todo es relativo», me dije en una de esas pláticas sin retorno frente al espejo.
A este «stradivarius del sexo» le perdoné sus matrimonios con el insípido Jim Dougherty con quien se casó después de cumplir 16 años para huir de su vida en orfanatos, el beisbolista Joe DiMaggio, el dramaturgo Arthur Miller – a quien ella le preparaba el desayuno-, y el novelista Norman Mailer. Miller vio en ella a una actriz de talento. La describió como una mujer “encantadora, muy inteligente, con un gran sentido del humor, ironía y generosidad”.
Décadas después de iniciar el sueño sin regreso por la vía de una sobredosis de «nembutal», nunca sobran un “japiberdi” y un responso por la diva que se encuentra en el pabellón celestial, octavo piso-ascensor, donde de pronto evoca lo que más le gustaba: hacer las cosas bien y ser feliz, otra de sus confesiones hechas a Capote en el funeral de su protectora.
El padre Ernesto Cardenal, por fuera del libreto teológico, se lamentó en una de sus oraciones: «Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes», escribió el poeta nicaragüense dateado por el Espíritu Santo, a quien de pronto se le sale el poeta que “lo habita” por interpuesta persona.
Volvamos con el padre Ernesto:
La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono.
Y los detectives no supieron a quién iba a llamar.
Fue como alguien que ha marcado el número de la única voz amiga
y oye tan solo la voz de un disco que le dice: WRONG NUMBER
O como alguien que herido por los gangsters
alarga la mano a un teléfono desconectado.
Señor: quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar
y no llamó (y tal vez no era nadie
o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de los Ángeles)
¡contesta Tú al teléfono!

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