Por Jesús González Barcha, MD
Yo defiendo la siesta con fervor, casi como si hiciera parte de la constitución nacional. Para muchos, una siesta breve después del almuerzo es una pausa elegante, un pequeño “reinicio del sistema operativo” antes de volver a enfrentar la vida, las cuentas del banco y esa lista de pendientes que parece reproducirse sola.
Si pudiera, yo también haría siesta todos los días, como algunos colegas privilegiados que se echan “su motoso” en la camilla del consultorio con una serenidad que uno casi envidia. Pero en mi caso, la versión realista ocurre los fines de semana: después de caminar el almuerzo, cuando el cuerpo baja la guardia y antes de abrir esos mensajes familiares que empiezan con la frase más frecuente de la medicina doméstica: “doctor, una preguntica rápida”. Sin embargo, un estudio publicado en JAMA Network Open nos obliga a mirar la siesta con un poco más de cuidado y menos romanticismo de hamaca.
Los investigadores analizaron a 1.338 adultos mayores del Rush Memory and Aging Project, con una edad promedio cercana a los 81 años, a quienes no les preguntaron simplemente “¿duerme siesta?”, porque todos sabemos que la memoria para esas respuestas a veces funciona como responder “qué almorzaste ayer?”. En cambio, usaron actigrafía de muñeca, unos dispositivos que registran movimiento y permiten estimar cuándo una persona está dormida o muy quieta durante el día.
El hallazgo llamativo fue que las siestas más largas, más frecuentes y especialmente las siestas en la mañana se asociaron con mayor mortalidad durante el seguimiento. Por cada hora adicional de siesta diurna, la tasa de mortalidad aumentó aproximadamente 13%; por cada siesta adicional al día, aumentó cerca de 7%; y quienes dormían siestas predominantemente en la mañana tuvieron una tasa de mortalidad alrededor de 30% mayor frente a quienes dormían más temprano en la tarde.
Ahora, esto no significa que una siesta mate. La siesta no entra al cuarto con capa negra y guadaña. Más probablemente, una siesta matutina frecuente en una persona mayor puede ser una señal de que algo no anda bien: sueño nocturno de mala calidad, apnea del sueño, depresión, enfermedad cardiovascular, deterioro cognitivo inicial, fragilidad o inflamación crónica. De hecho, cuando los autores excluyeron a personas con deterioro cognitivo leve o demencia, la señal se debilitó bastante, lo que sugiere que la siesta podría ser más marcador que verdugo.
Mi lectura práctica es esta: no hay que satanizar la siesta. Una siesta corta, especialmente después del almuerzo, puede ser normal y hasta culturalmente bendecida. El problema es la siesta que aparece cuando el día apenas está arrancando, esa siesta de “me levanté, desayuné y ya necesito volver a apagar el sistema”. Si una persona mayor empieza a quedarse dormida en la mañana con frecuencia, no hay que decirle simplemente “no duerma”. Eso sería como ver la luz roja del carro y taparla con cinta negra para que no moleste. Lo sensato es preguntar: ¿cómo está durmiendo de noche?, ¿ronca?, ¿se despierta ahogado?, ¿tiene depresión?, ¿ha cambiado su memoria?, ¿está más cansado?, ¿toma medicamentos sedantes?, ¿ha reducido su actividad física? La siesta matutina puede ser una pista clínica, y en medicina las pistas no se regañan.

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