Contravia. Siete Palabras

El sermón de Jesús crucificado.
  • YO, Poncio Pilato

Por Óscar Domínguez Giraldo

Me jacto de haber estudiado con los agustinos recoletos, la comunidad a la que pertenece el papa León XIV. Si hubiera seguido la  carrera religiosa a lo mejor el papa sería yo… (Modestia, apártate). Además, en Semana Santa me habría tocado echarme más de un sermón de las siete palabras. El siguiente es una sospecha de sermón:

  • «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23,34). Yo lo pensaría antes de perdonarles a Trump, Netanyahu y Putin. Entre los tres no hay con qué hacer un caldo.  Debería darles pena con su mamá,  sus esposas o hijos,  con sus parientes pobres, o con los vecinos del noveno piso. Son de esas personas a las que nunca invitaría a almorzar a mi casa. Tampoco les prestaría el baño en caso de emergencia. De mal gusto la utopía del  amigo del pedófilo Epstein de sumar más estrellas a la bandera norteamericana (americanos somos todos) anexando  Canadá, Groenlandia, Venezuela, Panamá, Cuba.
  • «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lucas 23,43). Adhiero a Borges para quien el paraíso es demasiado premio y el infierno demasiado castigo.  En plena crucifixión, Jesús le promete el paraíso al buenazo del  Dimas quien robaba por humor al arte y por filantropía redistribuía su ingreso mal habido. Dimas era familiar del ladrón que “se robó las llaves de la noche”.
  • «Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre» (Juan 19,26-27). El hijo al que se refiere es Juan, el discípulo amado. Como tal, tenía en Jesús a su “garganta profunda”, su excepcional fuente informativa. Me habría gustado cubrir la campaña de Jesús. Al pie de la cruz estaban tres Marías famosas: la madre de Jesús, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena con quien le inventaron romance al Galileo. Khalil Gibran, el poeta del Líbano, pone estas palabras en labios de la Magdalena: “… era bello, de un cuerpo incomparable. Todas sus líneas se habían uniformado adecuadamente, de modo que parecían estar enamorados unas de otras”.
  • «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?» (Mateo 27,46). Atahualpa Yupanki lo dice distinto en una bella blasfemia: “Dios por aquí no pasó”, aludiendo a los achaques que golpean a los de abajo.
  • «Tengo sed» (Juan 19,28).  Tengo ganas  de que se acaben los egos y funcione el “Todoscontraiván”  para enfrentar con éxito al candidato que puntea en las encuestas. Cepeda nos puede “cepedear” en primera vuelta. Claro que si gana, “y el, día esté lejano”, será mejor que el que entregará las llaves del bar y la alhacena dentro de unos meses.
  • «Todo está consumado» (Juan 19,30). Al paso que va la dirigencia mundial, no habrá ese último que apague la luz.
  • «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23,46). Toca encomendarnos al que “pierde su tiempo haciendo estrellas” porque con los juegos pirotécnicos en que andan los cacaos del mundo podríamos volar en átomos. 
  • YO,  PONCIO PILATO
  • Por Óscar Domínguez G.
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  • Debido al  papelón que me tocó hacer en  la muerte de Jesús  me han  dado hasta con el palo de la escoba.  Nadie reconoce que me jugué la carta de Barrabás para liberar a Jesús pero los judíos no comieron cuento. También le endosé Jesús a Herodes, pero se me hizo el loco y  me lo devolvió (Lucas 23,7). De allí  nació la expresión ir de Herodes a Pilato.
  • Lamento no haberle parado bolas a Claudia, mi mujer, que me mandó decir (Mt. 27,19) que no me metiera con “ese justo”. Dos mil años después y monedas después, considero que el  mundo será mejor en la medida que les paremos bolas a los pálpitos o sueños de las mujeres.
  • Le hice a Jesús las preguntas que a ningún periodista se le habrían ocurrido. Ni siquiera a Oriana Fallaci:  ¿Eres tú el Rey de los judíos? ¿Qué has hecho? ¿Luego, tú eres Rey? ¿Qué es la verdad?
  • Todavía espero que me den las gracias por inventar un certero verbo. Me refiero a “ponciopilatiarse” las manos. Créanle a Mateo (27, 24)   que me pilló en esas. No fui el primero en lavarme las manos. Tampoco seré el último.
  • En esta eternidad sin reloj en la que vivo me cuentan que hay un jabón marca Pilato. No está mal el nombre. Pero ¿y de los derechos de autor qué?
  • De mí se conocen solo asuntos menores. Y no propiamente los mejores. ¡Qué mala prensa he tenido! En mi época me defendí: al fin y al cabo solo circulaba el eco que hacía las veces de CNN.
  • Como pocos tienen Pilatoteca les cuento: “Escrito está” –otra feliz frase mía que utilizan sin darme el crédito- que durante diez años fui el tercer procurador de Judea. Como procurador nada de regalar contratos, nada de hacerme elegir a punta de puestos. Yo estaba por debajo del gobernador. Pero sin pensión de jubilación de algo tenía que vivir para pagar el arriendo, las túnicas, el trago y las viejas. 
  • Por lo Poncio, pertenecía a la gens Poncia. La gens era el “grupo compuesto de varias familias que llevaban el mismo nombre”. (Gracias, Larousse, por el dato recibido). Y en cuanto al segundo nombre (Pilato) se trata del cognomen romano y me perdonan tantos latinajos pero  todavía falta unito. El Pilato está relacionado con el término pilum que significa venablo, dardo o flecha. En mi árbol genealógico, pues, hay un belicista pato Donald Trump infiltrado … a mis espaldas.
  • No era racista, pero tampoco me gustaban los judíos, ¿qué hago? Además, no nos digamos mentiras: en mi caso, como en el de Judas, las profecías mataban  libre albedrío. Pregúntenselo a Judas. Era pelea de toche con guayaba madura, de empanada contra serenatero trasnochado.
  • Terminado mi camello en Palestina, me di el ancho con mi familia y arrancamos para Marsella, Francia. ¡Voilà! Allí tampoco me perdonaban que sufriera de alzhéimer. Cuando en Marsella me preguntaban por Jesús yo respondía: “¿Jesús? Ni idea”. Reclamo el derecho a tener mala memoria en los sucesos incómodos. (Para ser feliz hay que tener buena salud y mala memoria, diría luego Greta Garbo).
  • Ahí les dejo el cuero no sin antes reconocer que ha sido tenaz el INRI  que me tocó arrastrar. (Ojo: también yo soy el autor del INRI que pusieron en la cruz. Viéndolo bien, soy más importante de lo que creía. Por eso a veces no creo ni en Poncio). (Las líneas sobre Poncio han pasado por latonería y pintura)
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